¿Hemos perdonado a don Porfirio?

Lo nunca visto: un gobierno de izquierdas, el de Gabino Cué en Oaxaca, saca pecho en una ceremonia pública y pide que se traigan de vuelta al terruño los restos de Porfirio Díaz, ya que se cumple un siglo de su muerte. Y es que en los ámbitos políticos (no en los académicos, que lo han estudiado con detalle y sin tantos prejuicios), desde la Revolución, don Porfirio se convirtió en anatema lo mismo para el PRI, en tanto presunto heredero de la revolución triunfante, que para las izquierdas, que lo veían como un cerdo neoliberal avant la lettre, que incluso para el PAN. ¿Ha cambiado definitivamente nuestra idea del Porfiriato? ¿Hemos logrado desatanizar al viejo dictador? ¿Lo comprendemos mejor? ¿Lo hemos, pues, perdonado?


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La cultura del hueso

Eugenio Aguirre

Autor de Hidalgo, entre la virtud y el vicio, Victoria y La gran traición.

Con motivo del centenario de la muerte de Porfirio Díaz, acaecida el 2 de julio de 1915, vuelve a despertar la polémica acerca de su figura, pero sobre todo la actitud nostálgica de aquellos que desean la repatriación de sus restos, sepultados en el cementerio Pere Lachaise, en París, con los mismos honores que el protocolo político exige se brinden a la figura del Primer Mandatario de la Nación.

Respecto de la personalidad del ilustre dictador y su desempeño como gobernante del país por más de treinta años se han escrito decenas de textos, algunos profundamente sesudos y bien documentados y otros verdaderamente ramplones que, a pesar de su enjundia y vehemencia, no han aportado argumentos que sirvan para definir conclusiones que establezcan si don Porfirio debe ser exaltado o execrado de manera contundente. El debate constreñido a las polaridades de lo blanco y lo negro, de lo virtuoso y lo vicioso, de lo sublime y lo abominable, ha carecido de la objetividad necesaria para poder evaluar el comportamiento de un ser humano que, como todos, osciló entre los matices de gris de una conducta normal, aunque no exenta de exageraciones ortodoxas propias de una liturgia aristocratizante.

Existen, hoy por hoy, personas que ven en el dictador al mejor gobernante que ha tenido México, al promotor insigne de su ingreso a la modernidad y de su progreso, y añoran la mano dura con que doblegó a sus habitantes para que acatasen sus órdenes. Hablan, con voz engolada, de los 19 mil kilómetros de vías férreas, pero olvidan que cada durmiente se pagó con la vida y se regó con la sangre de un esclavo o trabajador masacrado; que la Pax porfiriana estuvo cimentada en la argamasa del dolor, la orfandad y la miseria de un pueblo que no tuvo siquiera la oportunidad de aprender las primeras letras para defenderse de las arbitrariedades, del saqueo oprobioso de sus tierras, y el desconocimiento absoluto de sus derechos laborales. Valgan, como ejemplos, Cananea, Río Frío, la nómina de terratenientes que, bajo su beneplácito, explotaron a miles de campesinos inermes, y la llamada Guerra del Yaqui.

Mas volvamos al asunto de los restos, negocio que para mi gusto tiene el cariz de una zarzuela macabra. Los mexicanos somos proclives, de manera especial, al culto de la muerte y de los huesos que la representan, por supuesto siempre y cuando éstos no sean los propios. Los esqueletos y las calaveras forman parte sustancial del imaginario colectivo, y son componentes indispensables en la dieta azucarada de nuestras fiestas populares. ¡Vaya, hasta tenemos un pan de muertos!

Sí, así es. Por ello, nos hemos visto enfrascados en el rescate histórico de los huesos de Cuauhtémoc, de Hernán Cortés, la cabeza de Pancho Villa y de los fiambres de otros muchos próceres. También, sólo que en avatares criminológicos, en la conservación y guarda de cráneos ilustres como el del Tigre de Santa Julia y la Osamenta del Encanto, por mencionar unos cuantos. El osario nacional es verdaderamente portentoso, sobre todo cuando en el rebumbio patriotero los cráneos, fémures, clavículas, tibias y peronés se revuelven y confunden, y se arman calacas arbitrarias con los restos entremezclados de contrincantes o enemigos acérrimos, para que, muy contentitos, bailen el último tango en las aras de la patria.

Entiendo, no faltaba más, el deseo de sus familiares y prosélitos de repatriar y colocar los huesecillos de don Porfirio, o lo que de ellos quede, en una tumba honorable en el panteón citadino de su predilección, a fin de que ahí, sin necesidad de gastar en pasajes de avión y hospedajes tasados en euros, puedan venerarlos, hacerles recuerdos, con lágrimas o sin ellas, y, por qué no, levantarle un altar de muertos en las fechas señaladas. En lo que no estoy de acuerdo es en que dicho fiambre sea recibido con tamborazos, cornetazos y 21 cañonazos, y adosado a algún monumento público. La verdad creo que no lo merece, porque ello sería tanto como si los cubanos rindieran honores a la carnaza de Fulgencio Batista, los nicaragüenses al huacal de Anastasio Somoza, etcétera, etcétera.

Don Porfirio Díaz, no podemos olvidar y menos perdonárselo, fue el tirano de ¡Mátalos en caliente!; el detractor de los derechos humanos con su connotada Ley Fuga; el padrino, por no llamarlo capo, de los asesinos de La Acordada; el tipo que, gracias a su obcecación y falta de probidad, no supo renunciar a tiempo y obviarnos once años de Revolución y más de un millón de muertos; un angelito, sí, que de la manita del Chacal Victoriano Huerta fracturó los límites de la honestidad para refugiarse en alguno de los círculos del Averno, en nuestro caso Mictlán, donde, sin importar que se traigan sus huesos, debe permanecer tatemándose las patas.