¿Ganó o perdió el Presidente?

Vivimos unas elecciones francamente peculiares. Por un lado, el PRI y sus aliados naturales conservaron, pese a muchos pronósticos en contra, la mayoría en la Cámara, mientras los otros dos grandes partidos, PAN y PRD, sufrieron una sonora caída. Pero el asunto es mucho más complejo: triunfaron varios candidatos independientes; asomaron las narices algunas siglas más que minoritarias, incluidas las de un partido de origen evangélico; y repuntaron Movimiento Ciudadano y dos agrupaciones tan cuestionadas como el Verde y Morena. En tanto unas elecciones intermedias son siempre, en buena medida, una evaluación del trabajo del presidente, ¿qué tan contento debe sentirse Enrique Peña Nieto? ¿Disfruta en realidad de un triunfo sin paliativos? ¿Le espera un final de mandato relativamente amable, o por el contrario hay señales crecientes de tormenta?

REGRESAR
    1. Ricardo Becerra

      La madre de todas las ...

      Economista.
    2. Héctor Aguilar Camín

      Peña Nieto: un triunfo ...

      Escritor e historiador.
    3. Juan Ignacio Zavala

      Hay quien cree que ganó el ...

      Vocero del PAN 2000-2006. Columnista de Milenio.
    4. Marco Rascón

      El pacto de los spots

      Ex dirigente de la Asamblea de Barrios. ...
    5. Javier Aparicio

      Votar sin instrucciones

      Profesor investigador del CIDE.
    6. José Merino

      El sano disenso

      Politólogo.

Las elecciones del fastidio

Esteban  Illades

Editor en la revista Nexos. Su libro La noche más triste, sobre la desaparición de 43 estudiantes en Iguala, sale a la venta este mes.

Cuando uno quiere saber si el presidente perdió una elección intermedia, lo natural es voltear hacia el congreso federal. Si disminuyen los diputados de su partido, se habla de castigo; si aumentan, algunos dirán que se refrenda su mandato. Pero con resultados tan cerrados, emitir un juicio es difícil.

En estas horas y en las que siguen, los analistas, los estadísticos y los junkies de la política hilan fino: hacen cálculos con el PREP, con los porcentajes estimados y con los rangos que presentó el INE la noche del domingo tras el cierre de casillas. Lo que les interesa es una cosa: saber si el PRI obtiene mayoría en la Cámara de diputados o, en caso de no rebasar los 250 tras la repartición de plurinominales, saber qué otro partido les dará la ayuda suficiente para tener control del congreso. Y es difícil: la composición de la cámara se movió un poco, pero no lo suficiente para hablar de un cisma. Vemos que los partidos afines intercambian curules –el PRI pierde algunas, pero las recupera el Verde– y los números apuntan a que deberán pensar en nuevos arreglos, en particular si consideramos la aparición de Encuentro Social. El movimiento evangélico tendrá por primera vez representación en la Cámara; será un grupo pequeño pero significativo, porque se desconoce con quién se alineará y qué tendrán que ofrecerle y hasta sacrificar, tanto izquierda como derecha, para atraerlo a su lado.

Pero los cambios en diputados son tan finos que para entender mejor los resultados de esta elección hay que voltear al terreno local, donde en verdad hubo cismas. Esto se puede ver, por ejemplo en el caso de Jaime Rodríguez, El Bronco. Muchas columnas leeremos sobre él en los próximos días, sobre sus credenciales independientes o no –a fin de cuentas militó 33 años en el PRI. También en el triunfo de Pedro Kumamoto, que con 18 mil pesos venció al establishment en una de las ciudades más importantes del país. A esta lista tal vez podamos agregar a Enrique Alfaro, de Movimiento Ciudadano, alcalde electo de Guadalajara, e incluso a Cuauhtémoc Blanco, del PSD, en Cuernavaca. No por sus victorias, sino por cómo pueden interpretarse.

Hablemos primero de Jalisco. El estado fue gobernado por el PAN de 1995 hasta 2013. Durante esa época presumió de tener el municipio más panista del país –Zapopan–. Hace dos años buscó una alternativa en el PRI, aunque Enrique Alfaro, entonces candidato a gobernador por Movimiento Ciudadano, se quedó a cuatro puntos porcentuales de distancia. Ahora, en una arena más chica, y frente a un partido que a dos años de volver no ha convencido a los electores, consiguió un triunfo avasallador: casi 51% de los votos, 24 puntos por encima del segundo lugar.

Apenas hasta hace unas semanas, tras una ola de prensa internacional, Pedro Kumamoto comenzó a figurar en la conversación en otras zonas del país. Pero su campaña, distinta a las demás, lo llevó a terminar 15 puntos arriba de su más cercano oponente, a pesar de que las encuestas lo ubicaban en tercero.

Alfaro y Kumamoto son sin duda distintos –Alfaro es militante partidista desde finales de los 90, mientras que Kumamoto es un joven de 25 años cuyo cargo más importante fue la presidencia de la sociedad de alumnos en su universidad–, pero muestran lo mismo: un hartazgo de los electores hacia la dupla partidista dominante en su estado. Decía hace unas líneas que el PAN gobernó Jalisco durante 18 años. Dos años después se quedó sin diputados en el congreso local. El PRI, que se presentó como la alternativa tras el desgaste panista, también salió magullado en 2015. La alcaldía de la capital ahora la controla un partido fundado a principios de este siglo, cuya presencia nacional se encuentra en un máximo histórico de apenas 7%.

En Nuevo León tenemos algo similar. Dejemos de lado los orígenes de El Bronco o lo que haga o no como gobernador. El Bronco significa algo igual de importante que Alfaro y Kumamoto: el amplio rechazo del electorado a los partidos de siempre. Incluso sumados los votos del PAN y el PRI hubiera ganado la elección. Ya que El Bronco no pertenece a ningún partido, no tiene representantes en el congreso local, pero aun así vemos ahí muestras de castigo. Los votantes le regresaron la mayoría al PAN porque no había una tercera opción competitiva. El fastidio está.

El caso de Cuernavaca es tal vez el que menos embone en esta lista, pero igual es significativo. Es difícil saber por qué ganó Cuauhtémoc Blanco más allá de su celebridad. Blanco confundió durante la campaña el nombre del partido que lo postulaba, y también dio cifras ridículas al hablar del secuestro –en una entrevista agregó un cero de más–; candidato modelo no fue. El partido que lo impulsó es, por decirlo de forma amable, turbio. Es un negocio familiar cuyo interés en esta elección era conservar el registro y obtener recursos. Ahora se encontró con la presidencia municipal. Pero hay una clave para afirmar que Blanco es un producto del repudio a los partidos tradicionales, y es el hecho de que Jorge Messeguer, ex secretario de gobierno de Graco Ramírez, quedó en cuarto lugar. No pudo ni con el apoyo del gobernador. La capital del estado mostró lo que piensa del gobierno de Graco.

Estoy hablando en términos generales. No puedo decir que todos los votantes hayan elegido a Alfaro, Kumamoto, El Bronco, El Cuauh, incluso a Manuel Clouthier en Sinaloa, sólo por repudio a la situación; algunos lo habrán hecho para ver qué pasaba, otros por juego –en Cuernavaca, con toda probabilidad–, pero las pérdidas de los partidos ahí están.

No es difícil pensar que en 2018 los independientes, ya con reglas claras –durante la campaña nunca se supo bien cuál era su tope de financiamiento, por ejemplo–, abollen el sistema político. Con actores nuevos, distinguibles de la masa amorfa actual, podremos dejar de hilar fino y hablar de cambios más allá de las curules.

No sé si haya ganado o perdido Peña Nieto, pero sí sé que se abrió una tercera vía. Y eso no es poca cosa.