¿Ganó o perdió el Presidente?

Vivimos unas elecciones francamente peculiares. Por un lado, el PRI y sus aliados naturales conservaron, pese a muchos pronósticos en contra, la mayoría en la Cámara, mientras los otros dos grandes partidos, PAN y PRD, sufrieron una sonora caída. Pero el asunto es mucho más complejo: triunfaron varios candidatos independientes; asomaron las narices algunas siglas más que minoritarias, incluidas las de un partido de origen evangélico; y repuntaron Movimiento Ciudadano y dos agrupaciones tan cuestionadas como el Verde y Morena. En tanto unas elecciones intermedias son siempre, en buena medida, una evaluación del trabajo del presidente, ¿qué tan contento debe sentirse Enrique Peña Nieto? ¿Disfruta en realidad de un triunfo sin paliativos? ¿Le espera un final de mandato relativamente amable, o por el contrario hay señales crecientes de tormenta?

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La madre de todas las corrupciones

Ricardo Becerra

Economista.

No me uno a la jaculatoria y celebración de los candidatos "independientes". En su implicación real –no en sus anécdotas– significan la vuelta del poder y del dinero privado a la definición de candidatos y gobiernos. En palabras de Sartori, significa dar la bienvenida "a la madre de todas las corrupciones".

No estoy pensando en el joven jalisciense Kumamoto y mucho menos en el meticuloso constructor de estructuras políticas Enrique Alfaro, evidentemente. Estoy hablando de El Bronco, regiomontano investido por algunos como la novedad radical de estos comicios.

Militante priista de larga data, político audaz y populista contumaz que supo olfatear el desprestigio de los grandes partidos en Nuevo León (como en el resto del país) y la multirreprobada gestión del gobernador Medina, su triunfo no es solo la señal inequívoca del hartazgo de una ciudadanía norteña y moderna: es también la irrupción y el escarmiento que grandes grupos empresariales lograron consumar contra el gobierno, sus decisiones recientes y en especial, contra la reforma fiscal.

El taparrabos de la independencia sirve de poco para entender esta implicación profunda, que no sólo ha venido a desmadejar los principios del derecho electoral (la primacía del financiamiento público sobre el privado), sino que coloca al sistema democrático –sin cortapisas ni medidas de precaución– en brazos del poder privado y su dinero.

El Tribunal Electoral puso la primera piedra: concedió todo lo que pedía, el máximo tope de gasto a la candidatura del Bronco (49 millones), y lo igualó al tope de un partido. Pero tiene lógica: porque el Bronco hizo, construyó sobre la marcha un partido (aunque no se atreva a llamarlo por su nombre) sin el cual no podía haber sostenido su campaña. Pero el independiente hizo algo que los demás partidos sencillamente tienen prohibido: aceptar ingentes cantidades de dinero privado. Y ese es el punto.

Se ha dicho que el modelo de financiamiento, vigente desde 1996, no canceló el dinero ilegal en las campañas, ni las grandes transferencias de recursos no sólo ilegales sino también ilícitos. Es posible que así haya ocurrido en varias ocasiones, pero no estoy tan seguro de que los candados y la fiscalización de los órganos del Estado haya sido una nulidad inoperante, rebasada siempre, masiva y sistemáticamente.

En pocos días veremos la realidad funcional de la fiscalización del INE, pero mientras tanto, a pito y porras (ayer Enrique Krauze vio escampar en el horizonte un nuevo capítulo en la democracia mexicana), desde Nuevo León se ha puesto en cuestión –otra vez– el tipo de régimen que regulará la relación entre el dinero y la política, basculando claramente hacia los recursos privados que son, por definición, mucho más difíciles de controlar y detectar.

Más vale que nos hagamos cargo de ese hecho, porque cuando el dinero ingresa a la política –sin fuertes instrumentos de control, como los que alguna vez se pusieron en práctica (Pemexgate y Amigos de Fox)– el poder económico se transforma en poder político y en su enredo éste, a su vez, se vuelve instrumento del poder económico. Como en todas partes.

Las candidaturas independientes son una fórmula ajena al edificio electoral histórico de México y no creo que sea una idea práctica cambiar todo ese edificio, construido por décadas, para que la fórmula se establezca a sus anchas. Al contrario: sin hipocresías, hace falta llamar a las candidaturas independientes lo que son: partidos nuevos, con requisitos más flexibles para aparecer en la boleta, menos financiamiento global y, consiguientemente, topes razonables e idénticos.

Populismo de derechas y dinero privado a manos llenas, vuelven de la mano de las candidaturas independientes. Para mí, esto es lo más desafiante de la jornada electoral, porque de todos los elementos en la mesa, de todo lo comentado y evaluado después del 7 de julio, si tuviera que elegir un solo factor para medir la salud de la democracia en México, allí donde me fijaría primero es en las reglas y prácticas que regulan el ingreso de dinero en la política.

Porque, como mandan los clásicos, calidad democrática es, sobre cualquier otra cosa, evitar que el dinero controle a la política.