¿Estamos listos para una Presidenta?

Por supuesto, en México abundan las mujeres con experiencia en las lides políticas. También, sobra decirlo, las mujeres con preparación académica, fogueadas en los negocios, con dotes de liderazgo. Mujeres, en fin, perfectamente capacitadas para gobernarnos. Pero el anuncio de Margarita Zavala de que peleará por la Presidencia despierta otras inquietudes: ¿hay en efecto condiciones para que una mujer acceda a la Presidencia? ¿Las leyes garantizan una mínima equidad en la competencia o, dada la sucia realidad, son deficientes sino es que decorativas? ¿Se han disipado las pulsiones machistas de un número suficiente de votantes? ¿Cuenta una candidata con el apoyo de sus pares o en realidad no votan las mexicanas con perspectiva de género?




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30 años para que llegue la comandanta

Galia García Palafox

Editora en jefe de Milenio Digital.

Nunca he vivido en una ciudad o un país gobernado por una mujer; sólo un par de veces en mi vida profesional he tenido una mujer como jefe; en primaria tuve cinco profesoras mujeres, pero conforme avanzaba la escuela se hacían menos, hasta que en la universidad eran muy pocas y curiosamente casi todas impartían las materias de Derecho familiar o civil.

Me preguntaba si era ahí donde ellas querían estar: ser maestras de primaria y menos de preparatoria, dar clases de redacción y no de física, de derecho familiar y no de amparo; ser líderes de barrios y colonias y no alcaldesas. Si era que más mujeres quieren ser enfermeras y menos neurocirujanas, o si en cambio era ahí donde las circunstancias y esos pequeños detalles cotidianos y culturales –que no son una gran conspiración contra las mujeres como creerían algunos– las habían puesto; si era una zona de seguridad, o si era donde, sin decirlo, la sociedad les había dicho que es donde deben estar.

Un poco de todo, seguramente.

En unas cuantas generaciones las mujeres pasaron de no tener educación formal a llenar las aulas universitarias. En México, mujeres y hombres estamos casi a la par en grado de estudios. La brecha educativa ya se cerró.

En la política, las mujeres votamos desde 1953, pero pocas son votadas. Se establecieron cuotas de género en cargos legislativos y en candidaturas, pero el porcentaje de mujeres en  el poder crece sin despuntar. En la política –como en otros sitios– seguimos peleando por un lugar que es nuestro, seguimos teniendo que probar y demostrar que somos capaces. Dice ONU Mujeres que “al ritmo del progreso actual, se necesitarán más de 30 años para lograr el equilibrio entre mujeres y hombres en los puestos de toma de decisión”.

Cuando una encuesta de Parametría preguntó si hombres y mujeres tienen las mismas oportunidades en la política y si tener una mujer presidente traería beneficios al país, una gran mayoría respondió que sí. Y uno pensaría que ya estamos del otro lado, que lo logramos, que los mexicanos tenemos ceguera de género.

Pero luego, tres de cada 10 mexicanos cree que si las mujeres ocuparan más cargos públicos descuidarían a la familia y que no tienen la experiencia necesaria –lo que nunca se dice de un político hombre. Casi cuatro de cada 10 encuestados creen que las mujeres son influenciadas fácilmente y que son muy emocionales –esa imagen de la mujer abnegada y débil.

Me resisto a creer que las mujeres somos más honestas, menos corruptas, más compasivas, como nos han querido vender algunas campañas electorales –hemos visto a Indira Gandhi y a Michelle Bachelet, y también a Elba Esther Gordillo. Pero sí sé que hombres y mujeres hacen política y ejercen liderazgos de maneras distintas, que sus formas no se oponen sino se complementan, y eso sólo puede hacer una política más diversa, equitativa e incluyente, y que el día que tengamos una mujer en Los Pinos eso permeará otros ámbitos, empoderará a otras mujeres.

No votaría por una mujer sólo porque es mujer, por una que no me proponga un país que me guste, en el que quiero vivir, que no sea una activa promotora de los derechos humanos, de las mujeres y de las minorías. Pero a la hora de decidir mi voto, juzgaré sus principios y su proyecto en las mismas circunstancias que el de los candidatos hombres.

El día que vote por una mujer, no me preocupará que no estemos listos –porque no lo estamos– para tener una mujer al mando del país, jefa de Estado, comandanta suprema de las fuerzas armadas. Seguramente sobrarán los memes y chistes baratos sobre la mujer que “lleva los pantalones”, sobre sus hormonas y sus días sensibles. Si tiene marido, le pondremos mandil, o lo llamaremos el presidente en la sombra. Algún medio amarillista le buscaría un amante, la dibujaría con rasgos y actitudes masculinas, criticaría sus vestidos como si fueran políticas de Estado. Cuando llegue esa mujer a ocupar la silla presidencial, no dudo que la juzgaremos como política, y también como mujer.

Aun así, aunque tal vez nos falten décadas –esos 30 años– para aceptar a una presidenta, no hay momento perfecto. Si a la próxima boleta electoral llega una mujer capaz y dispuesta a gobernarnos, con un proyecto del país en el que queremos vivir, no hay razón para esperar a estar listos, porque aunque no lo estemos, aprenderemos. Y tal vez las próximas maestras de primaria lo serán sólo porque esa es su decisión, no su opción, y más mujeres ingresarán a las facultades de Física y Matemáticas, y querrán ser alcaldesas y gobernadoras y secretarias de la Defensa, porque no hay razón ni obstáculo para no serlo.