¿Estamos en el peor momento de nuestra historia?

Parece claro que en los últimos tiempos no nos sentimos los mexicanos pletóricos de optimismo sobre el "estado de la nación", por decir lo menos. Normal. Y es que mientras la violencia no cesa y la quincena, digan lo que digan, sigue sin alcanzar, las evidencias de corruptelas no desaparecen, la pobreza se multiplica y los pronósticos de crecimiento se ajustan a la baja un día y otro también, como una mala broma. Pero tal vez, sólo tal vez, sea cosa de tomar perspectiva. ¿De veras estamos tan mal? ¿Es que realmente no hemos avanzado un ápice en términos de libertades, transparencia electoral, desarrollo económico? ¿Es que todo se volvió negro, o más bien se nos olvidó que en este país nunca abundaron los blancos?

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México en su hora de fin del mundo

Héctor Aguilar Camín

Escritor e historiador.

Los editores de la Tribuna de MILENIO, Carlos Puig y Julio Patán, proponen cada semana un tema a discusión. Preguntan ahora, con acento provocativo y terminal: "¿Estamos en el peor momento de nuestra historia?".

Algo apocalíptico deben estar viendo Puig y Patán en el momento psicológico de los lectores, algo que autoriza una pregunta extrema en un país cuya historia registra varias guerras civiles y algunos tiempos catastróficos.

Para los que creen que México empieza con los olmecas, será difícil ver en nuestros días daños comparables a la desaparición de las civilizaciones prehispánicas —olmecas, mayas, teotihuacanos— o a la fúnebre caída de Tenochtitlán.

No sé si los que creen que México empieza a existir con la Nueva España puedan ver en los días que corren algo comparable a la caída demográfica del siglo XVI, que redujo el millón y medio de habitantes del valle de México a solo 200 mil. (Gibson: Los aztecas bajo el dominio español).

Quienes creen que México nació en 1810, con la Independencia, acaso también puedan creer que la violencia de hoy es comparable con la de la propia guerra de independencia, que costó 250 mil muertos en una población de 6 millones, y destruyó la economía novohispana. O con la de los años de guerras civiles que marcaron nuestra vida independiente, entre 1821 y 1848, cuando el país perdió con Estados Unidos una guerra oprobiosa y la mitad de su territorio.

En 1849, en el prólogo de su Historia, Lucas Alamán anticipó su duelo por la posible desaparición de "la nación mexicana". Vinieron entonces las guerras de Reforma e Intervención, 1857-1867, que casi cumplieron el temor de Alamán.

¿Qué decir de las buenas épocas de la Revolución mexicana, cuya cifra canónica de pérdidas es de un millón de muertos? ¿Y de los estragos de la guerra civil que llamamos Cristiada, que costó unos 200 mil?

Nuestra historia está llena de "tiempos peores", no hay que añadirle más. Pero la pregunta de los editores de Tribuna dice algo de nuestros ánimos y merece comentario.

Propongo su pregunta en una escala más modesta, pero quizá más debatible: "¿Estamos en el peor momento de nuestra historia democrática (2000-2014)"?