¿Estamos en el peor momento de nuestra historia?

Parece claro que en los últimos tiempos no nos sentimos los mexicanos pletóricos de optimismo sobre el "estado de la nación", por decir lo menos. Normal. Y es que mientras la violencia no cesa y la quincena, digan lo que digan, sigue sin alcanzar, las evidencias de corruptelas no desaparecen, la pobreza se multiplica y los pronósticos de crecimiento se ajustan a la baja un día y otro también, como una mala broma. Pero tal vez, sólo tal vez, sea cosa de tomar perspectiva. ¿De veras estamos tan mal? ¿Es que realmente no hemos avanzado un ápice en términos de libertades, transparencia electoral, desarrollo económico? ¿Es que todo se volvió negro, o más bien se nos olvidó que en este país nunca abundaron los blancos?

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¿Cuándo se jodió el país?

Pedro Ángel Palou

Novelista: Zapata, Morelos: morir es nada y Pobre patria mía. La novela de Porfirio Díaz, entre otras.

Recuerdo una imagen muy poderosa del Dalai Lama. Contempla su reloj –Rolex, según parece una de sus únicas posesiones mundanas–, mira la hora y responde a la pregunta del auditorio, que curiosamente es similar a la que nos hacemos ahora: ¿Por qué estamos tan mal? Entonces echa una carcajada y después de recomponerse de su propia risa ensaya su solución a la cuestión planteada. "No es cierto, los ejemplos abundan: nunca habíamos estado mejor". Se vive con más comodidad que hace siglo, hay actividades que eran inútiles y agotadoras que ahora hacen las máquinas, tenemos agua corriente en nuestros baños, hay mucha menos gente analfabeta, y además mucha menos violencia y menos guerra que nunca". Esto lo dice alguien que ha sido exiliado de su propio país por la ocupación China, por supuesto.

En el caso de México, las mismas voces que le preguntaron al líder tibetano implosionan las redes sociales: ¿Cuándo se jodió el país, Zavaleta?, reclaman airados.

Antes de indagar en el pasado si esta es la peor era de nuestro país, entonces, vale la pena pensar qué es lo que hemos ganado desde un año, digamos, anómalo en nuestra cultura política: el 2000. El año en que amanecimos democráticos, en el que el partido único parecía sepultado para siempre, en el que los organismos ciudadanos –con el electoral a la cabeza– eran dirigidos por personas de la calle, por académicos, por intelectuales, no por políticos. El cambio había llegado de la cabeza de un empresario metido a político, echado para delante, sin aparentes ligas con el sistema político tradicional. En 15 años hemos tenido dos presidentes de la derecha (del PAN, el partido que logró captar ese ánimo de cambio, al menos en primera instancia, si aceptamos que la izquierda fue fraudulentamente robada en las elecciones de 2005) y hemos vuelto al viejo partido que nos gobernó más de 70 años, como si fuera una maldición (algo así como el peronismo en Argentina). En estos mismos años, el sistema ha engullido aparentemente todos los organismos que la llamada sociedad civil se empeñó en crear (desde el mentado IFE, hasta los órganos de transparencia) convirtiendo a la joven democracia mexicana en una partidocracia que decide sin consultar a los ciudadanos que dice gobernar. El sistema aparentemente ha sido más fuerte que la voluntad de cambio o que el impulso democrático. Y los medios masivos, que jugaron un papel preponderante en ese transición que tanto nos orgullecía, han claudicado de su lucha y han entrado al mismo juego económico que hoy nos gobierna. Televisocracia y Partidocracia parecen ser nuestros nuevos guardianes, más los llamados poderes fácticos.

Hay muchos movimientos que intentan romper esa concha aparentemente imposible. Movimientos ciudadanos, como Yosoy132, o como el de Javier Sicilia o los padres de Ayotzinapa. Movimientos que nacen y mueren velozmente sin producir ningún cambio. Lo que es cierto es que no nos ponemos de acuerdo en qué es lo que NO queremos, por lo que es más difícil saber qué es lo que queremos.

Ahora a la historia. En nuestro primer siglo de vida como nación, un siglo corto, de menos de cien años, tardamos 11 años en separarnos de España (de 1810 a 1821), luego tuvimos una corte de ilusos, como ha llamado Rosa Beltrán a la monarquía fatua de Agustín I, Iturbide. Una serie de gobiernos centralistas y federalistas que ponían y quitaban a Santa Anna, una intervención norteamericana, la pérdida de más de la mitad de nuestro territorio, una intervención francesa, las guerras y leyes de reforma, una dictadura de 30 años que, aunque nos pese, utilizó la expansión capitalista para pacificar y modernizar el país. Ese México moderno que el anciano dictador se negaba a dejar regresó después de 11 años de luchas revolucionarias y después de la Paz Obregonista, cuando Calles se hizo del país y enriqueció a sus amigos. Tuvimos un paréntesis luminoso con Lázaro Cárdenas y él mismo claudicó de la continuidad de lo logrado, pensando que la institucionalidad permitiría que quedaran cimentados los logros. Después de Miguel Alemán –y la rapiña y la corrupción de ese nuevo periodo de bonanza– nos instalamos en un partido único que fue cada vez más autoritario hasta la ignominia de 1968 y de 1971. Y luego la mal llamada guerra sucia, y luego de infinitas crisis la nueva modernidad que el neoliberalismo salinista nos traería y que 1994 –el año que vivimos en peligro, que dice Carlos Fuentes en su Nuevo tiempo mexicano– se encargaría de clausurar, despertándonos del sueño e instalándonos en la pesadilla de violencia que una película como Amores perros consiguió retratar.

Y sin embargo me niego a pensar que nunca habíamos estado tan mal. Tenemos una libertad de expresión de la que nunca gozamos. Tenemos una sociedad más alerta, más politizada, una clase media que no se deja engañar tan fácilmente. Tenemos contrapesos y organismos que no se dejan vencer del todo por el sistema (como el IFAI o la CNDH) y votamos dividido. ¿Qué nos falta? Me atrevo a pensar que un parlamentarismo que sustituya al presidencialismo y que obligue a la negociación política no en lo oscurito, sino ante todos nosotros. Nos hace falta crecer, por supuesto, y resolver el problema más crucial que el neoliberalismo nos trajo, la creciente y cada vez más lacerante desigualdad (Pickety ha demostrado que es global, no exclusiva de México, y que es crucial resolverla). Necesitamos resolver el problema de la violencia del narcotráfico, pero eso requiere también la legalización o la regulación de ciertas drogas, como ya ha ocurrido en algunos lugares de Estados Unidos. Y desmilitarizar el país para pasar a la inteligencia como forma de combate del crimen organizado. Hoy, en lugar de Amores perros, es Viento aparte, de Alejandro Gerber, el retrato de nuestro país devastado y arrasado por esa violencia sin control. La película, sin embargo, es una especie de antieducación sentimental necesaria. Porque también ahora tenemos eso de lo que antes carecíamos: coraje para decir ya basta. Y ese coraje tiene que ser colectivo, tiene que venir antes de 2017 y tiene que ser ciudadano. Vuelvo a proponer aquí un congreso constituyente y una nueva Carta Magna, como la única forma de festejar: refundándonos.