¿Es necesario defender el español?

Circulan por ahí dos anuncios maquinados por la Real Academia de la Lengua que, con cierta agradecible ironía, pretenden llamar la atención sobre la plaga de anglicismos que azota al mundo de la publicidad. La polémica está servida, como cada vez que se pronuncia la RAE por el motivo que sea. ¿Son tan tóxicos los anglicismos? ¿Hay idiomas puros? ¿Es deseable la pureza? ¿Necesita el español (o castellano) un organismo defensor? ¿Qué tal lo llevan las lenguas huérfanas de academia? 


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Trendy, rating, boom

Laura García Arroyo

Conduce “La dichosa palabra”. Autora de “Enredados. Las redes sociales más allá de los memes”.

Cada cierto tiempo se retoma de manera sistemática la discusión de la evolución de nuestro idioma. Si bien la conversación siempre ha hecho gracia en la calle, las decisiones se tomaban en los salones de las instituciones encargadas de cuidar y difundir la lengua (lo de fijar y dar esplendor vendría bastante después). Pero con la llegada de internet y la proliferación de la comunicación virtual, ahora los hablantes son más dueños que nunca de dicha evolución y a los académicos no les da tiempo a seguir el ritmo ciberfrenético para dar solución a la mayoría de las interrogantes que surgen en la red.

¿Es mejor decir “password” que “contraseña”? ¿Qué traducción le damos a “to chat”? ¿Es exactamente lo mismo “it-girl” que “chica icono”?

Antes de que las autoridades competentes tomen asiento en sus sillones de letras para debatir estas cuestiones, las palabras ya han dado tres vueltas al planeta. Y para cuando salen a recomendarnos el uso de “yas”, “jipi”, “tur” y “güisqui” no hay norma que nos valga.

Y es que uno se siente más profesional, vanguardista y esnob cuando usa terminología foránea. Incluir palabras extranjeras en nuestras frases parece darnos prestigio. Algo de verdad hay en esto. Los países que van a la cabeza del desarrollo (de cualquier tipo) marcan el vocabulario para definir los adelantos de la modernidad. Por eso usamos tantos anglicismos en esta época de computadoras, redes sociales y celulares que ponen a prueba nuestra propia inteligencia. Si alguien dice “follower” podemos pensar que exagera, pues puede sustituirse perfectamente por “seguidor” y el mundo no deja de girar. Pero cuando nos topamos con otras palabras menos obvias, la solución no parece tener alternativa. Piensen si no: ¿quién se atrevería a criticar la palabra “hacker” y defender la opción castellanizada de “persona que se conecta desde un lugar remoto a mi computadora para encontrar una grieta en el protocolo de seguridad y acceder de forma ilegal al sistema para robarme datos”? La duda ofende.

El español podrá ser muy prestigioso en el mundo literario, eso nadie lo duda, pero nuestras palabras nos hacen ver más cotidianos, desfasados y fuera de lugar en el mundo científico y tecnológico.

Pero quizá no sea eso lo que se discute, pues ya teníamos palabras como “clóset”, “bye”, “póster” y “software” más que integradas y nadie se quejaba. Y no dejemos de lado el hecho de que en el sur de Estados Unidos se habla tanto español como inglés a este lado de la frontera. A lo mejor lo que tratamos de rescatar es el uso y riqueza de nuestro idioma en ámbitos que se están viendo invadidos de léxico forastero. Y el último en pasar a escena es el mundo de la publicidad, donde han saltado todas las alarmas. Según un estudio presentado por el sociólogo español Enrique Yarza, en 2003 había 30 marcas comerciales que usaban el inglés en su publicidad, mientras que en 2015 esa cifra subió un 20% para registrase más de 320 marcas con terminología anglosajona.

¿Qué significa esto? ¿Por qué debe preocuparnos? ¿Para qué entonces nos esforzamos tanto en mandar a nuestros hijos a estudiar a otros países si luego aquí les vamos a prohibir que usen esas palabras? ¿Es discriminatorio usar estos vocablos en un país que no tiene el inglés como idioma oficial y en el que gran porcentaje de la población no lo habla?

Con estas preguntas aún en el aire y sin respuesta concreta, lo cierto es que usar palabras en inglés por alguna mercadotécnica razón hace ver a un producto como más moderno, superior, deseable y vendible, ganándose así una garantía de seriedad, profesionalismo y modernidad. Otra vez el prestigio.

Pasa con las marcas de coches, aparatos electrónicos, bebidas alcohólicas o ropa deportiva, donde los lemas están escritos con frases completas en inglés (lean estas frases y sabrán automáticamente de qué marca se trata: “Innovation that excites”, “Just do it”, “Think different” o “Keep walking”), mientras que para anunciar detergentes, alimentación o productos de uso cotidiano preferiremos siempre el español, tan de andar por casa.

La Academia de la Lengua Española quiso estudiar el fenómeno y lanzó dos anuncios ficticios con terminología inglesa para ver si la gente se mostraba más interesada al oírse extravagante. Así aparecieron el comercial de unos lentes de sol que prometían un “blind effect” (efecto cegador) y el de un perfume llamado Swine (puerco), que ponían a prueba tu nivel de inglés para evitar caer en la trampa o demostrar tu ignorancia. ¡Touché!

Algunos países ya llevan tomando medidas para proteger su idioma de estas “invasiones” desde hace años. Por ejemplo, la última ley en Francia sobre este tema data de 1994, cuando el secretario de Cultura, Jacques Toubon, hacía obligatorio el uso del francés en publicaciones gubernamentales oficiales, anuncios, oficinas, contratos, contextos comerciales y escuelas. Con la obligatoriedad de la Ley Toubon (que suena a tout bon, “todo bien” en francés) se pretendía defender el idioma nacional, enriquecerlo y consagrarlo en todo el territorio. En 2004 se reforzó con la ley Marini (del senador Philippe Marini), que ampliaba los círculos en los que debía usarse el francés (algo tan simple, por ejemplo, como los mensajes de error que aparecen en pantalla). ¿Tendríamos que apelar a algo similar?

¿Estamos exagerando y solo es una cuestión de evolución de la lengua, más rápida ahora que antes? ¿Se estarán globalizando también los idiomas? ¿Seremos capaces de conservar el español, esa lengua que nos une a más de 500 millones de hablantes y que nos da fuerza en el mundo? ¿Podremos evitar el uso de anglicismos en la publicidad, el deporte, la tecnología, la política, la cultura, la gastronomía…?

¿O será simplemente una evidencia más de que la lengua está viva y que sigue trazando su camino? Sea como sea, resulta maravilloso y esperanzador que las palabras sean objeto de atención, debate y reflexión. No dejemos de hacerlo.

Twitter: @Lauentuiter