¿Es hora de reinventar la CNDH?

La Comisión Nacional de Derechos Humanos no es exactamente Miss Popularidad. La administración de Raúl Plascencia, que concluye en noviembre, ha vivido acompañada de críticas de alto octanaje por la suavidad de sus intervenciones en casos que sacudieron a la sociedad entera (recordemos el de la muerte del menor José Luis Tehuatlie), su contrastante propensión a torpedear a otras instituciones, por ejemplo la UNAM, su adicción a los medios y, en suma, su incapacidad para defender… Los derechos humanos, nada menos. Al cierre de caja, con la elección en puertas, se disparan las preguntas. Más allá de la conveniencia de que Plascencia cumpla otro ciclo, ¿qué reformas de fondo necesita la CNDH? ¿Ha llegado el momento de pensar en un rediseño institucional, una reingeniería capaz de volverla más eficaz y más inmune a las componendas con el poder político? Pasen y lean, queridos lectores. Sobre todo, escriban. Somos todo ojos.

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Tiempo perdido

Miguel Moguel

Investigador de Fundar, Centro de Análisis e Investigación.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) cumple el próximo año un cuarto de siglo. A lo largo de esos años, pasó de ser un organismo creado por decreto presidencial --básicamente como parte del aparato administrativo e incardinado en la Secretaría de Gobernación--, a un organismo que cuenta con autonomía constitucional. Después de la reforma de derechos humanos de 2011, esta institución se convirtió en un enclave vital para la vigilancia, defensa y protección efectiva de estos derechos en nuestro país.

Lo que hicieron --o dejaron de hacer-- en sus primeros veinte años quienes encabezaron esta institución (Jorge Carpizo, Jorge Madrazo, Mireille Rocatti, José Luis Soberanes) es algo que por el momento no nos debe ocupar. Lo que sí nos ocupa es la actual gestión de Raúl Plascencia Villanueva que, como lo han sostenido y fundamentado numerosas organizaciones, ha traicionado el mandato institucional a favor de las víctimas de violaciones de derechos humanos.

El saldo a cinco años de la gestión del actual titular de la CNDH es catastrófico: prevalece una crisis de derechos humanos. Una crisis manifiesta en la inestimable cifra de desapariciones forzadas, de ejecuciones extrajudiciales, en la persistencia de la tortura y otros tratos inhumanos y crueles, en las detenciones arbitrarias, en el abuso a migrantes y en la situación que viven sus defensores y también los periodistas. A todo lo anterior, baste agregar la enorme impunidad que continúa prevaleciendo en muchos de estos casos para entonces poder concluir en la gravedad de esta emergencia humanitaria.

Desde mi perspectiva, la persistencia de esta grave realidad de los derechos humanos (que en muchos casos compromete la libertad, la integridad y hasta la vida de quienes los defienden) es la que debe de servir como principal elemento de contraste para evaluar el desempeño del actual titular de la CNDH. La rendición de cuentas tiene un estadio previo que nos remite a la responsabilidad. Un criterio subsidiario que surge en virtud de la dotación de facultades y de recursos que fueron depositados en su actual titular al momento de elegirlo en 2009 y ante la cual tiene la obligación de responder.

El “hubiera” es tiempo perdido. Lo que nos debe ocupar ahora es pensar cómo revertir esta realidad y hacer posible el ejercicio y la vigencia plena de los derechos humanos. Y para ello, habremos de pensar seriamente en el tipo de instituciones que necesitamos para hacerlo posible y, por ende, en el perfil idóneo de quienes las encabezaran. El senado tiene en estos momentos la enorme responsabilidad de propiciar un cambio en el curso institucional de la CNDH; la ciudadanía, el derecho de exigir para hacerlo posible.