¿Es hora de que Vergara venda a las Chivas?

Como gordo en tobogán: así parecen lanzarse al descenso las Chivas de Vergara, un empresario que no se hizo rico con el club pero que gracias a éste se convirtió en una figura pública. Y le ha dado vuelo a la hilacha: inmune a la autocensura, ironiza, regaña y alecciona sin tregua frente a las cámaras. Hoy, paga “por donde más había pecado”: los medios le caen a patadas. Pero ¿es el único responsable de la hecatombe? ¿Hasta qué punto influyen la  historia, la estructura misma del futbol mexicano, el público? ¿Qué tiene al Campeonísimo al borde del KO?

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Vergara no debe irse, debe volver

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

Colaborador de “La Afición” y “As”.

El Club de Futbol AC es una figura civil que desapareció cuando los aficionados que la sostenían decidieron invertir la anualidad en otra cosa que las deudas de su viejo equipo. De socios pasaron a simpatizantes, renunciaron a sus obligaciones, perdieron sus derechos. Bajo este modelo deportivo solo quedan tres ejemplos exitosos en el mundo, y aun así necesitan periodos de inversión extraordinarios: el Real Madrid Club de Futbol, el Futbol Club Barcelona y el Athletic Club de Bilbao. Los aficionados que se mantuvieron como socios votan, eligen y deciden su futuro. Mantienen la asamblea como parte fundamental de su existencia.

Ni en Inglaterra o Alemania pudo sostenerse este sistema. Los clubes al borde de la quiebra pasaron a empresarios o fueron rescatados por consejos de administración. Pensar que la figura del club de fútbol podría ser sostenible en México con la aportación de aficionados no es una idea romántica, es una idea estúpida. El aficionado mexicano apenas mantiene implicación con su equipo. Se limita a asistir a su estadio si su equipo anda bien, si le gusta cómo juega, si le entretiene y gana. Hasta ahí llega su compromiso; se queda en una porra. El aficionado mexicano es de butaca, es de sofá. No siente pertenencia porque su afición siempre ha tenido un dueño que pone la plata para mantener al equipo. Las Chivas, nos guste o no, son propiedad privada. Y aunque transiten por esa delgada línea entre el patrimonio social y el personal, entre la institución y la empresa, a final de temporada el balance de resultados llega a casa de Jorge Vergara, quien paga la cuenta.

En los últimos días, una extraña corriente expropiatoria litiga en nombre de la afición con el sombrero y los bigotes del campeonísimo, exigiendo a Jorge Vergara vender el Guadalajara. Vergara no se hizo millonario siendo dueño de Chivas: se volvió famoso, público, y con un estilo dominante, odioso para muchos. La única fuerza capaz de mover algo en el negocio del fútbol es la del mercado. Nada puede obligar a Vergara a vender su equipo. Los activos estructurales y humanos tienen una cotización sometida a esa fuerza. La marca depende de su posicionamiento, su imagen, la fidelidad generada, el respaldo institucional, la inversión realizada en comunicación y de la capacidad para crear valor, así como de los parámetros actuales de explotación comercial relacionados con ella y sus posibilidades para desarrollar negocio. Así, un equipo de futbol vale por las instalaciones en propiedad (estadio, campos), los derechos deportivos (cartas de jugadores, cantera), los contratos comerciales (TV y patrocinio), el nombre, el mote, los colores y el escudo (la marca). Lo difícil es calcular su historia (títulos, leyendas) y la pasión que genera (número de seguidores dispuestos a consumir).

Lo único que puede decirnos el precio de un equipo de fútbol es el tamaño del mercado al que pertenece (futbol mexicano, televisión, redes, publicidad) y las ganancias o pérdidas que haya generado en él. Pero actualmente su precio está muy influenciado por la capacidad para estimular negocios paralelos. Si vemos a Chivas como un equipo de futbol, el precio podría resultarnos caro; si lo vemos como un motor de promoción o bursátil, parecería accesible. Pero si vemos a Chivas como palanca para romper un mercado controlado por dos empresas de TV en los últimos 50 años, entonces su precio podría ser una oportunidad histórica.

En su afán por hacer de Chivas una marca innovadora, Vergara ha tenido enormes aciertos. Invirtió en tecnología, instalaciones, publicidad y comunicación; dotó al club de una estructura moderna. Pero abandonó el llano, dio la espalda al campo, donde crece la raíz del auténtico Guadalajara, en la cancha. Durante la última década Guadalajara se envolvió en la bandera del marketing para evitar el olvido. Vendió a las nuevas generaciones, como todos, futbolistas envasados al alto vacío, niños héroes en “tetra pack”. El espíritu nacionalista del equipo pierde sentido cuando las tradiciones de Guadalajara tienen que aprovecharse como estrategia de negocio para pagar la nómina. El fútbol moderno vive de las sensaciones que provocan las imágenes. Esto es algo que sucede en Chivas, en el United o en la Juve. Es un negocio de símbolos. La privatización de Chivas, por explicarlo de alguna forma, expropió al futbol mexicano una raza de futbolistas bravos, valientes, de bigote y raya en medio. A los jóvenes jugadores no les sobrevive ningún abuelo para corregirlos. Con la muerte de Chava Reyes, último símbolo de aquellos años, se acabó la denominación de origen y llegó la producción en serie. Chivas dejó de ser un bien para convertirse en un producto. Al nuevo jugador de Chivas, educado por las excentricidades del profesionalismo, le duelen menos las derrotas que un piercing en la ceja.

El fútbol mexicano prefiere cavar grandes tumbas antes que levantar sencillos monumentos. En esa fosa común Guadalajara enterró al Campeonísimo, América a las Águilas de los 80, Cruz Azul a la Máquina y Pumas a la generación del 91. Pero de todos nuestros antepasados, los de Chivas quizá sean los más olvidados. Atado a una romántica tradición ejidal, el Club Guadalajara fue obligado a vivir de lo que produce. Con facilidad olvidamos lo duro que es trabajar el campo, seguir tierra adentro cuando el resto pone rumbo al exterior.

Entre 1964 y 2014 Chivas ha ganado cinco títulos de Liga. Cinco títulos en cincuenta años: la estadística es demoledora para un club que vive de la historia, incluso antes de la era Vergara. La decisión de confiar en Rafael Puente Del Rio es acertada. Puente es un tipo con carácter, frontal. Lleva implícito un juvenil afán reformador. Con personalidad. Huye de los convencionalismos del directivo mexicano, se mueve por vocación. Tiene mucho de lo que tenía Vergara cuando irrumpió en Chivas como una fuerza sorpresiva en el rancio medio mexicano. Puente debe recuperar la ilusión perdida de Vergara en el futbol, y Vergara enseñar a Puente los secretos de un empresario exitoso. El fútbol, por más mercadotecnia que apliquemos, es un negocio sencillo, agrícola: necesita tiempo para echar raíces y crecer. El futuro de Chivas está bajo los pies de Vergara, en la tierra de México y del Guadalajara. Pero hay que estudiarla, trabajarla, madurar. Lo mejor que puede pasarle a Chivas no es que se vaya Vergara, es que vuelva.