¿Es hora de que Vergara venda a las Chivas?

Como gordo en tobogán: así parecen lanzarse al descenso las Chivas de Vergara, un empresario que no se hizo rico con el club pero que gracias a éste se convirtió en una figura pública. Y le ha dado vuelo a la hilacha: inmune a la autocensura, ironiza, regaña y alecciona sin tregua frente a las cámaras. Hoy, paga “por donde más había pecado”: los medios le caen a patadas. Pero ¿es el único responsable de la hecatombe? ¿Hasta qué punto influyen la  historia, la estructura misma del futbol mexicano, el público? ¿Qué tiene al Campeonísimo al borde del KO?

REGRESAR
    1. Daniel  Moreno

      Ya es hora

      Director de Animal Político.
    2. José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

      Vergara no debe irse, debe ...

      Colaborador de “La Afición” y “As”.
    3. Alejandro Rosas

      La comodidad de la crisis

      Historiador.
    4. Rafael Ocampo

      La maldición de la sagrada ...

      Director de La Afición.

Un equipo en situación de calle

Antonio  Ortuño

Escritor. “Chiva” en suspensión de actividades.

Cada minuto que pasa sin que Jorge Vergara venda a las Chivas es un minuto perdido. Primero que nada, lo es para quien esto escribe, que es un chiva en suspensión de actividades (o, como dicen los masones sobre quien abandona la actividad en la logia, “en sueños”) mientras él sea el dueño del equipo. Pero, mucho más importante que eso, es una pérdida de tiempo para la sufrida afición del Guadalajara y para el futbol mexicano en general.

El Club Deportivo Guadalajara, que tantas batallas emprendió y ganó con recursos menores que los de enfrente, mutó, por obra y gracia de Vergara, en una sociedad anónima y antipática. Tan sólo un título puede presumir el empresario a cambio de sus muchos despropósitos. Sí: construyó un estadio nuevo (que, al contrario del modelo de la vieja cancha popular, es todo un monumento al esnobismo); sí, apostó por las fuerzas básicas y ha propiciado que debuten más jóvenes que nunca antes en la historia del club. Pero, del otro lado, ha mostrado un comportamiento arrogante y burlesco, impropio de un equipo cuya identidad se cifró por años en la humildad; ha intervenido, desde su insondable ignorancia sobre asuntos de futbol, en la conformación de alineaciones y en el auge y caída de entrenadores, presidentes deportivos, gerentes y toda clase de figuras de jerarquía posibles (y ha insistido en que su esposa, otra empresaria que no sabe una palabra del deporte profesional, tenga un rol central en la directiva).

Sus intentos de “reeducar” a los futbolistas para que cobraran menos y para que hicieran “servicio social” (rentándolos para cumpleaños, como si fueran una compañía de payasitos) fueron una vergüenza y un fracaso. Nunca como en su mandato los jugadores de las Chivas han perdido el norte del profesionalismo y protagonizado escándalos de vida nocturna y guateques. Incluso la cacareada postura de apostar por los jóvenes ha tenido como fin último el convertir al equipo en una compañía despachadora de futbolistas, que surte a los rivales y malbarata jugadores y que ha dejado de ser competitiva porque ni contrata con tino ni retiene el talento que genera (o, peor, lo frustra a fuerza de expectativas desmesuradas y prisa para dejar un Everest de responsabilidades en las espaldas de chamacos de 18 años).

Ningún equipo rojiblanco podrá parangonarse con el Campeonísimo (que, además, es y será el episodio más glorioso del futbol jugado por un equipo de puros mexicanos); nadie pretende que una leyenda sin igual deba ser superada. Pero entre eso y la actual “situación de calle” del equipo, que navega sin rumbo y coquetea con el desastre del descenso, hay una distancia abisal.

Jorge Vergara no sabe de futbol ni ha sido capaz de administrar con buen juicio el legado del Guadalajara. Ha pretendido sustituir el arraigo legítimo con mercadotecnia barata. Quizá es imposible que la realidad económica del futbol actual permita un regreso al modelo de la asociación civil. Sea. Pero no debe ser imposible que algún otro empresario, menos arrogante e insensato, reconduzca al equipo.

Si las Chivas van a fracasar y hundirse, que lo hagan siendo las Chivas: un equipo digno, tesonero, que batalla contra las fortunas de los clubes ricos con el puro talento de su band of brothers de muchachos locales, del barrio, como esos once campeonísimos a los que insultaban diciéndoles albañiles y panaderos y que bailaban a los rivales con una sonrisa ladina en los labios, como la de los obreros que se burlan, cortés e infinitamente, del mamonazo de su patrón.