¿Es conveniente aumentar el salario mínimo?

La propuesta del gobierno capitalino de 'desvincular' el salario mínimo, para que sea posible aumentarlo, fue aprobada hace unos días por los diputados y espera el palomeo de los senadores. Pero no todos la ven con buenos ojos. Frente a quienes sostienen que es una medida razonable para aumentar el poder adquisitivo de los más pobres y alejar a la población de la economía informal, está quienes tachan a esta medida de populista, aseguran que los salarios no pueden aumentarse por decreto y advierten que las consecuencias pueden ser el crecimiento de la inflación y la disminución de la productividad.

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Salarios mínimos y salarios reales

Luis Foncerrada

Director general del Centro de Estudios Económicos del Sector Privado.

La discusión sobre el salario mínimo tiene muchos años. En diciembre de 2000 supimos que el salario mínimo había perdido 76% de su poder adquisitivo comparado con el de octubre de 1976, que fue el nivel más alto. Quiere decir que si ese salario mínimo podía comprar cuatro tortillas en 1976, 24 años después, en 2000, sólo podía adquirir una. Lo que representa un deterioro brutal del poder adquisitivo. ¿A qué se debe que haya caído de esa manera? ¿Cuáles son las variables que hoy nos permitirían recuperarlo? Y sobre todo ¿cómo hacemos para que ese salario mínimo, tenga el nivel que tenga, se traduzca en un salario real digno? Recordemos, lo relevante es el salario real, no el mínimo, es decir, lo que realmente se puede comprar con él. Si subimos el salario mínimo a 1000 pesos diarios, ¿quién se opondría? Pero si el precio del litro de leche fuera de mil pesos, sin importar el nivel del salario, estaría peor de cómo está hoy. El salario real sería un litro de leche.

1. La respuesta para explicar por qué el salario mínimo creció menos que los precios año con año, y menos aún en años de altas inflaciones y alto desempleo, tiene que ver con la historia de la política financiera y de las finanzas públicas de nuestro país.

La explicación está, primero, en la inflación y el nulo crecimiento durante los años 80, provocados por los errores del presidente López Portillo: un exceso de gasto, el endeudamiento para financiar ese gasto y el poner la esperanza en el petróleo, que, como ahora nos muestra de nuevo, es un bien expuesto a los vaivenes de la economía y de la geopolítica global, razón por lo que no fue ni será un ingreso recurrente confiable sobre el cual se pueda construir, sin riesgos, unas finanzas públicas sanas. A esto se aunó el creer que el nivel del tipo de cambio era un objetivo, una meta, cuando en realidad debe flotar libremente. Hoy gracias a la autonomía del Banco de México así se entiende.

La devaluación y la inflación resultantes, por el desequilibrio fiscal y en la balanza de pagos, llevó a una gran ausencia de inversión, de crecimiento, y se provocó gran desempleo. Es claro que no existiera capacidad de negociación, por parte de los asalariados, para mantener el salario en términos reales.

Y un poco más tarde, de nuevo, se debió a los errores del presidente Salinas. La crisis de 1994-95 resultó de repetir algunos de los mismos errores del presidente López Portillo, y no por el llamado 'error de diciembre', que no existió, sino por el verdadero error cometido durante 1992, 1993 y 1994, al mantener el tipo de cambio cuasi-fijo y endeudarse con los Tesobonos para alimentar unas reservas internacionales que permitieran llegar a diciembre del 94 sin devaluación previa.

El efecto más delicado de los errores de esos dos períodos fue una fuerte caída de la inversión. De la inversión pública, sobre todo, pero también de la privada. Sin inversión no hay nuevos empleos, ni manera de subir los salarios. Durante los últimos 15 años, con la autonomía del Banco de México se paró relativamente el deterioro del salario mínimo, pero no se ha logrado crecer ni crear los empleos que requerimos.

La inversión ha sido insuficiente para crear los empleos que requiere nuestro bono demográfico, el acervo de capital crece más lentamente que nuestra población en edad de trabajar y por lo tanto el sector formal no puede absorber a los trabajadores que se acumulan año tras año en la informalidad. Esto se exacerba al estar cerrada la válvula de escape que representaba la economía americana. Hoy, ante la ausencia de nuevos empleos formales, la verdadera desocupación en nuestro país es la suma del 5% de desempleo más el casi 8% de subempleo, un eufemismo para desempleo, lo que nos lleva a 13%. Casi siete millones de personas que buscan empleo y a las que cada mes se agregan casi 100 mil nuevos jóvenes. La presión se acumula sobre todo en el sector informal. En el sector informal no hay reglas y no hay salario mínimo. Se paga desde menos de un salario mínimo y se trabaja de una a doce horas o más. Las remuneraciones terminan siendo determinadas por la necesidad, por la búsqueda de trabajo de millones de personas que presionan el salario a la baja. No es sorprendente que en los últimos siete años hayan desaparecido más de tres millones de empleos con salarios superiores a tres salarios mínimos, y que los nuevos empleos sean de menos de tres salarios mínimos.

Con el 60% de los trabajadores y aumentando, el sector informal aporta apenas el 25% del PIB. Poco capital por trabajador, poca productividad. El acervo de capital, la inversión en el país, no crece al ritmo de esta oferta de trabajo y la válvula histórica de escape por años, la frontera del norte, está cerrada.

¿Incrementar el salario mínimo para recuperar sus niveles de hace treinta años va a llevar a más empleo y a mejorar las remuneraciones reales? ¿Va a llevar, en particular, a mejorar la capacidad adquisitiva? ¿Llevará a mayor generación de empleo? Sería ideal que una decisión tan sencilla lo resolviera. No es el caso.

2. Desvincular el salario mínimo es un tema importante y puede permitir que las consideraciones sobre multas y otros ajustes dejen de influir en la definición del salario mínimo. Esta nueva unidad de referencia puede tener su propia lógica, pero parece claro que no debe vincularse al precio de la cebolla y de los limones. Ese es el índice de los precios al consumidor. ¿Por qué debe la unidad de cuenta para fines administrativos depender del precio del jitomate y el chile verde? La respuesta es clara: no debe estar vinculado a los precios de los productos primarios, o de la gasolina, o de la electricidad. En todo caso debería vincularse al avance de la productividad del gobierno. A la eficiencia del gobierno. Una buena referencia para el ajuste de las variables administrativas podría ser, en todo caso, la inflación subyacente que refleja la tendencia de largo plazo de los precios de la economía. Pero no el índice de los precios al consumidor. Y argumentar que las pensiones deben ser protegidas, si estas dependen de la nueva unidad, por el índice de precios al consumidor, es un disparate mayúsculo. Por las pensiones cometeremos el error y caeremos en el riesgo de usar una medida que dependa del precio de los limones para las cuotas administrativas. Lo que hay que hacer es que las pensiones se ajusten con el mismo indicador con el que se definan los salarios, y no con la nueva unidad. No podemos propiciar aún más ineficiencia del gobierno y proteger su despilfarro con el ingreso de la población.

3. ¿Cómo resolver el desempleo y la informalidad y mejorar, en serio, el salario real? Esto depende, casi solamente y sin duda fundamentalmente, de generar mucho más empleo, de tal manera que logremos parar la presión a la baja en los salarios, revertirla y lograr un salario real digno. Generar más empleos requiere más inversión, tanto pública como privada. Por supuesto, finanzas públicas que no pongan en riesgo la estabilidad macroeconómica y el poder adquisitivo de los trabajadores.

Cualquier otro argumento raya en el populismo, en el oportunismo electoral. No engañemos a nuestros trabajadores. Busquemos bienestar real, no ilusiones. Para mejores salarios reales, más empleo y formalidad sólo hay una receta: incrementar la inversión, pública y privada. Las políticas públicas locales y federales no deberían tener más que esa prioridad y ese objetivo.

@foncerrada