¿En qué te afecta el matrimonio igualitario?

La sorpresa fue mayor. Nadie esperaba que el presidente Enrique Peña Nieto mandara al congreso una propuesta para prevenir la discriminación contra las personas LGTBI que ciertamente incluye varios cambios de importancia a la Constitución y el Código Civil Federal, el más mencionado de los cuales es, sin embargo, el reconocimiento explícito en todo el país al llamado matrimonio igualitario. ¿Qué explica esta decisión notable? ¿Es el símbolo de lo mucho se ha ganado en el país en estos terrenos o, por el contrario, apenas el primer paso en un camino todavía larguísimo? ¿Qué apoyos y qué oposiciones encontrará la propuesta? ¿Es suficiente?

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Putos pero no malagradecidos

Wenceslao  Bruciaga

Columnista de MILENIO (“El nuevo orden”) y redactor de la sección gay de “Time Out México”.

Dice John Lydon en el libro “La ira es energía: memorias sin censura”: “Cada vez que Joe (Strummer, líder de The Clash) ha venido a verme a las distintas casas que he vivido, ha tenido en las manos un libro marxista que estudiaba y anotaba. Luego quería ver las noticias de las seis, pero en vez de tomarse lo que decía la BBC con cierta distancia y ser capaz de leer entre líneas, oía los titulares y se «inspiraba»”.

Pues bien, después del evento que sucedió en la Residencia Oficial de Los Pinos el Día Internacional de la Lucha Contra la Homofobia, en el que Enrique Peña Nieto firmó una las iniciativas necesarias para reformar el 4º Constitucional que legalizaría el matrimonio entre personas del mismo sexo a nivel nacional, me sentí como el ex vocalista de los Pistols, observando a los portavoces LGBT, activistas, conduciéndose como el Joe Strummer que describía el buen Rotten, aquel que: “se tomaba muy en serio su papel como mensajero de un extraño socialismo y se notaba que quería colgarse una medalla”. Y ahí estaban, los actores pioneros y jóvenes que sin duda han escrito la historia en la lucha mexicana lésbico-gay, pero incapaces de lidiar con la posibilidad de tomar los discursos del presidente Enrique Peña Nieto con distancia. No muy dispuestos a leer entre líneas, pero disparando cuanta foto fuera necesaria para avalar el momento histórico en que la fachada de Los Pinos se iluminaba por primera vez con la bandera del arcoíris.

Tal vez el movimiento homosexual siempre fue egoísta. No lo sé. No soy activista y no tengo el ego tan inseguro como para serlo.

La reforma también contempla una modificación que permita a la población trans acceder a nuevas actas de nacimiento de acuerdo a su identidad, pero esto último no trascendió tanto como el matrimonio igualitario. Y en ningún momento se abordó el tema del VIH y su impacto en la población homosexual, que también genera homofobia. Supongo que hablar de saunas y lugares de “encuentro” (que en otros países, esos con los que México pretende ser equiparado por el “vanguardismo presidencial”, están plenamente regulados) sería inapropiado.

Regatear los alcances de la discusión de la agenda lésbico-gay en el poder ejecutivo sería insensato. Pero siendo la lucha gay una historia de dignificar los rompimientos de esquemas, de marginalidades, considero indispensable preguntarnos: ¿por qué justo ahora? ¿Preferimos enajenarnos sólo con los beneficios y evadir el cuestionarnos si somos los conejillos de indias de un gabinete desesperado por mejorar su imagen, botín electoral, si es que fuera el caso?

Después de abatir el clóset, luchar contra la estigmatización, sobrevivir en la marginalidad, los homosexuales tenemos la obligación de desconfiar de nuestros aliados. No hacerlo me orilla a desconfiar de la lucha gay. Me incomoda la idea de un Presidente “gay friendly” pero atado a una severa crisis de derechos humanos documentada por el órgano jurídico de la Organización de los Estados Americanos (OEA) o el Departamento de Estado del gobierno estadounidense. Bajo ese contexto: ¿en qué posición nos coloca a los homosexuales frente otros ciudadanos a los que solemos exigirles detener su homofobia? ¿Frente a otras minorías? ¿Cómo resolver estas disparidades sin bajar la guardia ni desdibujarnos?

No podemos celebrar un logro mientras el país se derrumba por la corrupción, avaricia e indiferencia de nuestros políticos, hoy solidarios con nosotros los putos.

Decía Lydon que “Gracias a los Clash, el punk se convirtió en un modelo estandarizado y dirigido por los medios de comunicación”.

Después de lo sucedido el pasado 17 de mayo, la lucha gay nacional, como los Clash según el líder de PiL, me parece que se ha estandarizado, asimilando los clichés del bienestar buga, optando por la comodidad de no cuestionar y así no disgustar a los políticos que por fin nos aceptaron. Putos, pero no malagradecidos.