¿En qué nos beneficia la visita del Papa?

La visita del papa Francisco tiene costos, como es normal. En el entendido de que vivimos en un Estado laico, vale preguntarse, entonces, cuáles son, al margen de la fe, los beneficios de la visita del pontífice. No es una pregunta retórica. Francisco es, sin duda, un Papa diferente a sus predecesores desde muchos puntos de vista –no desde otros, como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo, donde cambian más las formas que el fondo– , y cabe plantearse qué teclas puede pulsar, si es el caso, en cuanto a la política internacional, la lucha contra la pobreza, la corrupción o la violencia, por ejemplo.


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Beneficios y perjuicios de una visita

Roberto Blancarte

Investigador del Colmex.

Medir los posibles beneficios de la visita del papa Francisco a México únicamente en términos materiales sería no sólo inadecuado, sino incompleto. Medir los posibles beneficios de la misma únicamente en términos espirituales es igualmente fútil, además de imposible. Así que cualquier ejercicio de evaluación sobre el impacto de la visita papal tiene que considerar, en primer lugar, que muchos de los beneficios o los perjuicios de la visita son intangibles. No se ven y cuesta trabajo medirlos, por lo menos en el corto plazo.

Doy un ejemplo: Juan Pablo II visitó México cinco veces en sus más de 26 años de pontificado (1978-2005) y sin embargo, durante ese lapso, el porcentaje de católicos en México disminuyó de casi un 93% a alrededor de 85%; es decir prácticamente siete puntos porcentuales, lo que representa millones de conversiones y cambios hacia otras iglesias.

Ahora bien, nadie puede saber si esas conversiones y salida de feligreses hubieran sido mayores sin los viajes de Juan Pablo II a México. Lo cierto, lo medible, es que muchos millones de mexicanos dejaron de ser católicos durante ese cuarto de siglo. De la misma forma, podemos también notar que las visitas de Juan Pablo II a México impulsaron a un sector de la población a ser más comprometido personal y públicamente con sus creencias católicas. Lo anterior se puede medir a lo largo de algunas encuestas, realizadas sobre todo en la década de los años 90 del siglo pasado. Quizá y sólo quizá porque eso es muy difícil de medir, las visitas de Juan Pablo II sirvieron para moldear a toda una generación de jóvenes católicos, que luego empujaron la idea de una mayor participación pública de los creyentes y por lo tanto una mayor influencia en la definición de políticas públicas. El retroceso en materia de despenalización del aborto que tuvo lugar en muchos estados de la República, a manos de legisladores panistas y priístas en su mayoría, podría ser explicado por ello. Pero en la medida que estamos haciendo referencia a una influencia doctrinal o ideológica en algunos creyentes, la medición del fenómeno (la visita) no es sencilla.

Así que el impacto de la visita del papa Francisco a México tampoco puede medirse fácilmente. En términos estrictamente materiales, hay quien ha querido promover la idea de que esto ha beneficiado al turismo religioso. Se habla de una derrama económica de muchos millones de pesos. Pero por otro lado, hay quien ha señalado el enorme gasto que ha representado esta visita y sobre todo su origen público. En efecto, no sólo el gobierno federal sino también los gobiernos estatales se han visto obligados a dedicar no pocos recursos del erario público para sufragar los gastos de la visita: seguridad, transporte, logística, remozamiento de edificios públicos, de vialidades, etc. Las preguntas son inevitables: ¿Era necesario tanto gasto? ¿Es válido que el dinero público sea utilizado para recibir al dirigente de una religión? ¿No significa esto un claro caso de inequidad en el trato hacia el resto de las iglesias y agrupaciones religiosas? Las respuestas no son simples. Los gobiernos están obligados de por sí a ofrecer cierta seguridad a algunos visitantes distinguidos, aunque no sean funcionarios de algún país con el que tenemos relaciones. Pensemos por ejemplo en el Dalai Lama. Pero si el gobierno gasta con uno, tendría que gastar con todos, lo cual no sucede. La mayoría de los dirigentes religiosos que llegan a México se pagan sus propios gastos o éstos son sufragados por sus fieles. En el caso del papa Francisco, es evidente que la Iglesia católica está pagando muy poco y que la mayor parte de los gastos están corriendo por cuenta de los gobiernos estatales, pero sobre todo del federal. La cuestión se complica porque además México tiene relaciones con un sujeto de derecho internacional que se denomina Santa Sede y a cuya cabeza está el Papa.

Todo lo anterior me conduce al punto final de esta reflexión. Efectivamente esta visita podría ser benéfica para el estado de ánimo de los católicos y quizás hasta de los creyentes de otras religiones y los no creyentes. Pero difícilmente la visita tendrá un impacto mayor en cuestiones sociales, como la disminución de la violencia o el mejor trato hacia los migrantes. La mayor parte de la gente quiere ver, más que oír, al Papa. La asimilación de sus enseñanzas, suponiendo que sean positivas para nuestra convivencia plural, lo cual no está garantizado, será probablemente tan efímera como la visita. En cambio, el daño para esta convivencia podría ser muy grande si nuestros funcionarios no entienden la razón de la existencia de un Estado laico. Así por ejemplo, si el presidente de la República decidiera asistir a una ceremonia religiosa de culto público, argumentando que lo hace a título personal (como si la gente pudiera hacer abstracción de que se trata del presidente), la señal que estaría mandando es que cualquiera puede violar las leyes, dándole la vuelta a sus principios. Y eso sí sería un enorme perjuicio causado por esta visita, aunque no sea culpa del Papa.