¿En qué nos beneficia la visita del Papa?

La visita del papa Francisco tiene costos, como es normal. En el entendido de que vivimos en un Estado laico, vale preguntarse, entonces, cuáles son, al margen de la fe, los beneficios de la visita del pontífice. No es una pregunta retórica. Francisco es, sin duda, un Papa diferente a sus predecesores desde muchos puntos de vista –no desde otros, como el aborto o el matrimonio entre personas del mismo sexo, donde cambian más las formas que el fondo– , y cabe plantearse qué teclas puede pulsar, si es el caso, en cuanto a la política internacional, la lucha contra la pobreza, la corrupción o la violencia, por ejemplo.


REGRESAR
    1. Roberto Blancarte

      Beneficios y perjuicios de ...

      Investigador del Colmex.
    2. Alejandro Rosas

      Otro dogma de fe: el ...

      Historiador. Pronto, el tercer volumen de ...
    3. Pedro Jiménez

      Hacia un catolicismo más ...

      Catedrático de Filosofía por Stanford.
    4. Gustavo  Ortiz Millán

      Francisco y la vulneración ...

      Investigador del Instituto de Investigaciones ...
    5. Alejandro Díaz Domínguez

      El ciudadano del reino

      Profesor de la Escuela de Gobierno del ...

Será política o no será

Mario Arriagada Cuadriello

Internacionalista. Editor de "Horizontal".

Iglesia es comunidad y comunidad es política. No es Estado, pero sí es política. Una serie de laicos movilizados es política. El papa Francisco I los está movilizando en el mundo; algo parecido se espera en México. ¿Qué consecuencias puede tener su visita para el país?

Desde hace siglos que a la economía le es irrelevante que el papa diga misa o guarde silencio. Al funcionamiento interno de la policía o del ejército también. A los partidos y a los políticos institucionales algo menos. A la cultura y al discurso político no tanto. A la institución católica definitivamente no le es irrelevante.

La fe católica no está en crisis en México, pero su comunidad institucional lo está de varias maneras. Esa legendaria fe tampoco está bajo ataque en este lugar, ni por el Estado, y salvo en algunas regiones, tampoco por la competencia religiosa. El crecimiento del ateísmo es lento aún, comparado con otros países. El Estado laico instituido está tan saludable como de costumbre.

Si acaso, el punto débil es que la Iglesia católica, la institución, está, más bien, muy acomodada. Con sus notables excepciones, lo que sí padece esta Iglesia es un apoltronamiento secular. Las pocas luces de la iglesia mexicana para reinventar el culto o sus actividades comunitarias están bastante apagadas. Ni Juan Pablo II, ni Benedicto XVI pudieron (o quisieron) darle la vuelta al status quo. Ahí es donde se encuentra el potencial de la visita de Francisco I.

No importarán tanto las reacciones de los políticos mexicanos: es una visita pastoral. Es improbable que importe quién salga en la foto, o que uno de ellos le compre abiertamente la agenda y el lenguaje a Francisco I (aunque a todos, y especialmente a la izquierda partidista, no le caería mal adoptar una posición más cercana a las víctimas y a la reducción de la violencia). Es una visita a la grey y a las parroquias, para ver que todo marche bien, para motivar a que todo avance en el sentido correcto. Lo que importa es mirar cómo reacciona la organización religiosa frente a una pastoral centrada en los débiles y los oprimidos. Como se mueven sus ideas, cómo cambian sus discursos, cómo operan sus redes. ¿Quién es recordado, quién reconsiderado, quién queda marginado y quién es castigado?

Como lo hizo Vasco de Quiroga en 1535, porque hay muy poco también hay mucho espacio para demandar la creación en estas tierras de una iglesia en el espíritu del Renacimiento, de la Reforma católica, del utopismo de Moro y el pacifismo revisionista de Erasmo que tanto inspiraron al primer obispo de Michoacán y hoy acompaña el primer cardenal michoacano (y de esta administración papal) Alberto Suárez Inda. Un mandato pastoral que atienda el problema de la esclavitud y sus nuevas formas, al problema de la guerra, y reavive el anhelo de la solidaridad con el distinto y por un mundo sencillo y con un sentido moral que se le escapa a la Iglesia de hoy.

Para aquellos preocupados por el Estado laico frente a la visita de un papa con acentuado perfil político, los invitaría a reflexionar sobre algo que podemos denominar el dilema liberal del Estado laico. El proyecto laico no trata de ser neutral ni de proteger las libertades de los individuos; su tarea es la separación activa de dos instituciones, aunque tenga que restringir ciertos derechos individuales y renunciar a cierta neutralidad cultural en el proceso. Ahí su dilema liberal, ahí un buen dilema para los políticos mexicanos.

Pero también creo que hay un área de encuentro entre la tradición laica y la liberal: creo que ahí ocurrirá políticamente la visita del papa. Un área donde la ley del hombre seguirá por encima de la ley de dios, donde aún las creencias están sujetas a revisiones críticas periodicas y donde las mayorías religiosas no sean capaces de cooptar las instituciones que también deben atender a las minorías. Este papa, en esos sentidos fundamentales, creo que tiene una actitud que combina saludablemente lo laico con lo liberal en un sentido particularmente moderno: tiene un impulso ecuménico con las minorías religiosas, ha decidido impulsar revisiones de los dogmas propios (y ajenos), y atiene a su iglesia a la ley democrática de los hombres.

Es en ese sentido que este papa no es una amenaza para nuestro Estado laico. Es una amenaza para otras dimensiones de la política nacional. Y no sólo me refiero a visibilizar la violencia y condenar la guerra, el consumismo y las injusticias estructurales en la sociedad. Me refiero más bien a su capacidad de movilizar y renovar símbolos políticos y lenguajes, encontrar héroes atípicos del catolicismo social como lo hizo en Estados Unidos con Dorothy Day; pero, aún más importante: puede contribuir a agudizar las contradicciones internas de la Iglesia católica en México. Francisco puede ejercer una especie de aceleracionismo papal en una de las instituciones sociales más extendidas y más conservadoras del país.

En eso el papa sí es una amenaza política para unos y una oportunidad para otros. Wojtyla dijo "México siempre fiel", Bergoglio podrá decir "México, pueblo fiel, reconstruyan su Iglesia". Esta pastoral será espiritual, pero también institucional. ¿Es eso político? En un sentido no estatal, lo es y mucho. Pregúntenle a los obispos y arzobispos que históricamente han estado asociados políticamente a un partido o a los poderosos en turno, obispos/políticos que gobiernan almas estando más cerca del Estado que de la sociedad que deberían atender; obispos que ahí sí mezclan Estado e Iglesia y se subordinan, de esos ha habido muchos ya. Suficientes.

O el papa habla de política en un sentido amplio, en un sentido comunitario, o no está cumpliendo con su Iglesia. Si en algo podría beneficiar la visita de Francisco a México es en recordar que su iglesia está asediada (como alguna vez lo escribió David Brading sobre el obispado de Michoacán) no por las circunstancias sino por su propia dejadez. A esta Iglesia le falta alejarse aún más del poder del Estado y volverse a acercar a la sociedad.