El fracking: ¿amenaza o cuerno de la abundancia?

El fracking o fractura hidráulica es polémica pura. Sus partidarios aseguran que es un método de extracción de gas seguro, razonablemente limpio y capaz de garantizar la viabilidad energética de un país durante muchas generaciones. Sus detractores, que consume cantidades injustificables de agua, que puede provocar una contaminación del entorno con proporciones apocalípticas y que sus beneficios, en realidad, no son tantos como nos quieren hacer creer. Unos y otros acumulan datos, cifras, hipótesis científicas. Saquen, estimados lectores, sus conclusiones.

REGRESAR
    1. Miriam Grunstein

      ¿Y la información?

      Profesora e investigadora del CIDE.
    2. Jorge  Alcalde

      Con M de manipulación

      Autor de Las mentiras del cambio climático.
    3. Javier Treviño Cantú

      Por la viabilidad energética

      Diputado Federal por el PRI.
    4. Rodolfo Garza

      Los trabajadores como ...

      Integrante de la Asociación de Usuarios del ...

Llamado a la precaución

Beatriz Olivera

Vocera de la Alianza Mexicana contra el Fracking.

Para algunos especialistas, el shale gas representa una verdadera revolución energética y es un combustible de transición hacia las energías renovables. Sin embargo, ha causado enormes rechazos entre diversos sectores en todo el mundo, dados los severos impactos ambientales que implica su proceso de extracción, la fractura hidráulica o fracking.

Así, Francia la prohibió definitivamente, en tanto que en otros lugares del mundo se han impuesto moratorias. De acuerdo con el Observatorio Petrolero Sur (2013), en Lafayette, Colorado, la propuesta de prohibición permanente del fracking obtuvo el 57% de los votos y en el mismo estado, en Boulder, tres de cada cuatro votantes avalaron una moratoria para los próximos cinco años, mientras que en Fort Collins se aprobaron restricciones, al igual que en Oberlin, Ohio. Dichas reglamentaciones están basadas en el principio precautorio, un concepto que respalda la adopción de medidas de protección ante la sospecha fundamentada de que algún producto, tecnología o proceso implica un riesgo grave para la salud pública o el medio ambiente.

En México, por el contrario, el proceso de fractura hidráulica va cobrando cada vez más fuerza. Erróneamente, se considera que el gas shale es un combustible limpio e incluso se han generado argumentos para señalar que nuestro país se encuentra en la vía correcta hacia el uso de combustibles limpios y la transición energética, y que la explotación deshale reportará importantes reducciones de emisiones de gases con efecto invernadero. Es cierto que el gas natural es el combustible fosil que tiene menor impacto en cuanto a la generación de emisiones en los procesos de combustión, pero sólo si se le compara con el petróleo o el carbón. El proceso de extracción del shale es extremadamente agresivo con el medio ambiente, ya que implica la perforación de roca mediante la inyección de grandes cantidades de agua, más una mezcla de sustancias químicas usadas como fluido de perforación a profundidades de hasta cinco kilómetros. Durante el proceso, se han presentado casos de contaminación de agua del subsuelo por fugas de gas. Esto representa un grave peligro para la gente que habita en zonas aledañas a los pozos de perforación, ya que el agua de uso cotidiano se contamina. Además, en promedio se requieren de nueve a 29 millones de litros para la fractura de un solo pozo. Es decir; cuando hay un desarrollo generalizado de estos proyectos en una región, se compite por el agua para otros usos, lo que pone en peligro un derecho humano fundamental. Paradójicamente, una buena parte de los recursos prospectivos de gas shale se encuentra en el noreste de México, una región que tiene fuerte escasez de agua.

Por añadidura, el proceso de extracción agudiza las emisiones que acentúan el cambio climático, y estudios recientes señalan su relación con microsismos en las zonas aledañas a los pozos fracturados.

El impulso de los hidrocarburos no convencionales representa un freno a las energías renovables. El gobierno mexicano apuesta al argumento falaz de que este tipo de combustible contribuye en menor medida al calentamiento global y es un puente hacia la transición energética. El conocido Informe Tyndall Coop, de 2011, señala que utilizar el gas shale como un combustible de transición consigue el propósito contrario: implica desviar recursos que deberían invertirse en el desarrollo de fuentes de energía renovable. Incrementar la explotación de shale retrasaría, pues, el aumento de generación de energía a través de estas fuentes.

De acuerdo con las estimaciones de Pemex, para 2016 se perforarán 172 pozos. Al concluir la etapa de prospectividad y prueba de concepto, hacia 2023, se pretende perforar 590 pozos, mientras que para 2045 los pozos perforados serán 27 mil. Pemex estima que sólo para analizar las posibilidades de explotar el también llamado gas de esquisto de manera comercialmente viable en México, será necesaria una inversión de unos treinta mil millones de pesos del presupuesto público entre 2010 y 2016.

El gobierno mexicano insiste en su interés en extraer estos recursos de manera intensiva, sin importar la gran incertidumbre que representa y sus peligrosos impactos.