El fracking: ¿amenaza o cuerno de la abundancia?

El fracking o fractura hidráulica es polémica pura. Sus partidarios aseguran que es un método de extracción de gas seguro, razonablemente limpio y capaz de garantizar la viabilidad energética de un país durante muchas generaciones. Sus detractores, que consume cantidades injustificables de agua, que puede provocar una contaminación del entorno con proporciones apocalípticas y que sus beneficios, en realidad, no son tantos como nos quieren hacer creer. Unos y otros acumulan datos, cifras, hipótesis científicas. Saquen, estimados lectores, sus conclusiones.

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    1. Miriam Grunstein

      ¿Y la información?

      Profesora e investigadora del CIDE.
    2. Javier Treviño Cantú

      Por la viabilidad energética

      Diputado Federal por el PRI.
    3. Rodolfo Garza

      Los trabajadores como ...

      Integrante de la Asociación de Usuarios del ...
    4. Beatriz Olivera

      Llamado a la precaución

      Vocera de la Alianza Mexicana contra el Fracking.

Con M de manipulación

Jorge  Alcalde

Autor de Las mentiras del cambio climático.

Lo escribió magistralmente Nathaniel Hawthorne a principios del siglo XIX. Hay letras que se llevan encima como una condena a muerte. Se refería a la A que la protagonista de La letra escarlata debía portar noche y día para purgar su delito de adulterio. La A de adúltera era el peor de los castigos, el de la palabra. En el mundo contemporáneo sigue habiendo inquisidores de las letras. Pero cambian las víctimas. Hoy se acosa a diestro y siniestro con la N escarlata a los defensores de la energía nuclear, con la T escarlata a los que abogan por el cultivo de alimentos transgénicos y, ahora, con la F escarlata a los que apoyan el fracking.  Los nuevos árbitros de la doctrina (ya no religiosa, sino ecologista) comparten una característica con aquellos sacerdotes de la fidelidad conyugal: sus posturas gozan de graves lagunas científicas.

La fractura hidráulica no es otra cosa que un método de inyección de agua a alta presión en rocas enterradas a más de 3.000 metros de profundidad. Con ello se consigue extraer una gran cantidad de gas encerrado en ellas durante millones de años.  En los Estados Unidos, el fracking es una tecnología de uso habitual desde hace 30 años. Hay medio millón de instalaciones de extracción repartidas por todo el país. Desde su puesta en marcha, la producción de gas se ha multiplicado por ocho. Para 2035 se prevé que la mitad del gas consumido en EE UU proceda de esta fuente, lo que aumentará evidentemente la independencia energética de la nación.

Mientras países como los Estados Unidos vuelan hacia el logro de no depender energéticamente de ninguna región inestable del mundo y, de propina, reducen sus emisiones de C02 a la atmósfera, otros como México y España discuten torpemente, a riesgo de dejar pasar el tren del gas. Porque el gas o se extrae o se compra a terceros. A terceros cada vez más poderosos.

Ninguna fuente de energía es absolutamente inocua ni absolutamente segura. Pero la experiencia de décadas con la fractura hidráulica demuestra que es un método infinitamente más seguro y limpio que la extracción de carbón, la combustión de petróleo y la fisión nuclear de átomos de uranio. Posiblemente, el informe científico más completo jamás publicado sobre el tema sea el firmado por la Royal Society de Gran Bretaña hace un par de años. Sus conclusiones son demoledoras: el fracking es una técnica científicamente avalada. El riesgo de contaminación de acuíferos cercanos a las explotaciones es mínimo y puede ser bien manejado con medidas sencillas de seguridad. La posibilidad de generación de microsismos es muy inferior a la relacionada con las minas tradicionales de carbón. Los riesgos de fuga, roturas de canalizaciones o derrames son similares a los de la industria del petróleo, el gas natural u otras actividades extractivas.

Pero todos estos argumentos de las más prestigiosas instituciones científicas del mundo no serán suficientes para detener la marea inquisidora de la legión de la F escarlata. Los vehementes líderes de opinión antifracking seguirán poniendo en riesgo la libertad energética de sus patrias aireando las más que dudosas afirmaciones que conforman uno de los más sonados patinazos de la reciente historia televisiva: el famoso documental Gasland, cuyo autor, Josh Fox, ha sido entronizado en el olimpo ecologista. Una de sus secuencias más famosas muestra a una familia de Colorado atribulada porque el agua de sus grifos arde en contacto con la llama de un mechero. Dicen que es por culpa del metano filtrado desde la cercanas instalaciones de fracking.  Lástima que la Comisión para la Conservación del Petróleo y el Gas del departamento de Recursos Naturales de Colorado haya emitido un comunicado advirtiendo que las emanaciones de gas en la zona se producen desde los años 70 del siglo XX, mucho antes de que empezara a explotarse gas por fractura hidráulica en Colorado. Su origen es biogénico, es decir, nace como consecuencia de la descomposición de materia orgánica en el subsuelo.

El fracking no hace arder los grifos, pero la ignorancia hace arder las redes sociales.  Aceptaré gustosamente la F escarlata en mi pecho el día que el señor Fox (que, por cierto no termina de convencer a la comunidad científica con sus excusas) porte la M de Manipulador en el suyo.