¿El amor es una enfermedad?

Llega San Valentín, el Día del Amor y la Amistad, y no es que los editores de Tribuna queramos boicotear el inminente despliegue de cenas con champaña, globos, arreglos florales  y cajas de bombones –somos tan dulces y sensibles como cualquiera–, pero no podemos pasar por alto lo evidente, que el amor duele, y que ese dolor genera preguntas: ¿Por qué estamos condenados a semejante tormento? ¿Somos masoquistas por naturaleza? ¿Es que el amor es un tipo de adicción? ¿O más bien será el resultado de una conspiración, o un castigo divino, o el producto de nuestras fallidas biologías? ¿Será, pues, una enfermedad? Para responder a estas inquietudes hemos convocado a un grupo variopinto de especialistas, una suerte de asamblea de sabios.

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    1. Alberto Barrera Tyszka

      Sin corazón en el pecho

      Cuentista (Crímenes), novelista (Rating), ...
    2. Rosaura Martínez

      Las andanzas de Narciso

      Filósofa.
    3. Fernando Rivera Calderón

      La mano asesina

      Escritor (Diccionario del caos), compositor y ...

Una epidemia reciente

Tere Díaz

Terapeuta de pareja.

El amor no tiene cura, pero es la única medicina para todos los males.

Leonard Cohen

 

Se deja ver en lo cotidiano de la vida actual que el malestar amoroso es un común denominador entre los habitantes del siglo XXI. No hay duda de que nuestros ancestros –y sin duda entre ellos muchos de nuestros abuelos y bisabuelos– se emparejaban con la consigna de reproducirse y producir (en resumidas cuentas, de sobrevivir). La consigna de “Hasta que la muerte nos separe” era fácil de cumplir cuando el promedio de vida era de 40 años o incluso menos, y la satisfacción de las necesidades básicas era la norma. Por tanto, preguntarse: “¿Lo amo?” o“¿La amo?”, no era el asunto central de la ecuación.

En aquellos tiempos, más que hablar de amor como lo entendemos ahora, se experimentaba la necesidad de apego–rasgo característico de nuestra evolución como especie humana–, y sin duda del erotismo –expresión humanizada de nuestra sexualidad siempre presente–. Pero hablar tal cual del amor y, más aun, de sus malestares y dolores, es introducirnos de forma inevitable a una experiencia afectiva relativamente nueva para la humanidad.

No hace tanto tiempo la gente moría cotidianamente de hambre, de infecciones, de inclemencias temporales… Hoy, con tantos asuntos básicos resueltos gracias a los avances de la ciencia y la tecnología, las personas padecemos –tal cual–dolencias amorosas: sobrevivimos a penas de amor, nos desvelamos por dudas de amor, caemos enfermos por falta (o por exceso) de amor, nos neurotizamos por miedo al amor,y en ocasiones –literalmente–morimos por amor.

Con la ya rebasada modernidad y la rampante instalación de la posmodernidad, la complejidad del territorio amoroso queda al descubierto, y entre las muchas confusiones y crisis que atravesamos–efecto de los acelerados cambios sociales y cibernéticos acumulados entre el siglo XX y lo que va del XXI–, el malestar amoroso asoma la cabeza entre la mayoría de las personas,sin distinguir edad, sexo, raza, credo, clase y preferencia sexual.

El “mal de amores” (tomando en préstamo el nombre de esa hermosa novela de Ángeles Mastretta) se deja sentir a diestra y siniestra:lo digamos o no, seamos conscientes de ello o no, el rumbo de nuestra vida amorosa nos mantiene suspicaces y estresados. Los casados tienden a pensar que el matrimonio es “un mal necesario” y que la felicidad está en otra parte. Los solteros,sueñan con alcanzar el gozo al encontrar a su “alma gemela”. Otros tantos pasan la vida de desencuentro en desencuentro, cada vez más incrédulos y vacunados contra el efecto de dicho “mal”.

¿Pero cómo es que hemos llegado a tanta zozobra amorosa? Como dice Esther Perel en su libro Inteligencia erótica: “Es que hoy esperamos de una pareja lo que antes nos daba toda una tribu”. Y tarareando a Benedetti con la voz de Nacha Guevara: “si te quiero es porque sos, mi amor, mi cómplice y todo”. Esperamos de los encuentros amorosos una experiencia idílica, y un amor total.Y es justo en esa expectativa romántica de que el otro sea “todo para mí” y yo sea “todo para el otro” donde se enquistan los problemas: necesitamos demasiado, acrecentamos nuestras expectativas, tememos no dar el ancho, reclamamos no ser el centro, nos frustramos fácilmente, y echamos todo a perder.

No se puede ser “todo” para nadie. Lo sabemos, pero aun así lo deseamos. Y si agregamos la “sensorialidad” que caracteriza nuestra época, también demandamos que nuestra pareja nos haga sentir mucho, y por mucho tiempo. (¿Será mejor arder que durar?) No hace falta decir que ambas cosas son difíciles de sostener.

Así, y en este veloz tren de las comunicaciones, generamos acercamientos que nos producen ambivalencia: hombres y mujeres estamos deseosos de “relacionarnos”, pero desconfiamos del “estar relacionados”, y particularmente de estar relacionados “para siempre” (idea que en la era del cambio permanente está cargada de negatividad). Tenemos miedo de que ese estado anhelado pueda convertirse al mismo tiempo en una carga, en una “cárcel”. Y como dice Bauman en su libro Amores líquidos, “no queremos limitar la libertad que tanto trabajo nos ha costado conquistar”. Pero ¿libertad para qué? ¿Para seguir relacionándonos? ¿Para elegir a alguien mejor?

El amor adulto siempre nos dejará un poco insatisfechos,y es que en el diario vivir con una pareja siempre faltará algo: más tiempo, más atención, más cuidados, más afecto, más... Y sí, el amor infantil lo quiere todo: “Lo necesito ahora, aquí, y solo de ti”. Uf… ¡Si ni nuestros cuidadores primarios han podido satisfacer a cabalidad nuestras necesidades, nuestras demandas y nuestros deseos! ¿Creemos que un amor presente realmente lo hará?

No nos queda más remedio que hacernos cargo de nuestras vidas, y –a como vayamos pudiendo–satisfacer buena parte de nuestras carencias y construirlos más importantes de nuestros sueños, aceptando que la presencia de la ausencia es sello de nuestra condición humana, y capoteando la desilusión de saber que muchas cosas que nos importan y son necesarias del otro, también son imposibles.

No estoy afirmando que reforcemos la añejada sentencia de que “La vida es un valle de lágrimas”, pero tampoco avalo las promesas de que el amor todo lo puede, todo lo colma, todo lo soporta… Propongo que hagamos de los encuentros amorosos y las relaciones de pareja un espacio de gozo, un territorio que nos vincule en lo posible con lo mejor de lo humano. Pero no con amores imposibles o ideales, sino con amores “suficientemente buenos”: humanos, imperfectos y, aun así, gozosos.

Y en este cambio de paradigma amoroso, evitemos que el “mal de amores” se convierta en un problema de salud publica. Mejor vayamos convenciéndonos de esas palabras que escribió Tagore, que no por gastadas dejan de ser sabias: "Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas”.