¿El amor es una enfermedad?

Llega San Valentín, el Día del Amor y la Amistad, y no es que los editores de Tribuna queramos boicotear el inminente despliegue de cenas con champaña, globos, arreglos florales  y cajas de bombones –somos tan dulces y sensibles como cualquiera–, pero no podemos pasar por alto lo evidente, que el amor duele, y que ese dolor genera preguntas: ¿Por qué estamos condenados a semejante tormento? ¿Somos masoquistas por naturaleza? ¿Es que el amor es un tipo de adicción? ¿O más bien será el resultado de una conspiración, o un castigo divino, o el producto de nuestras fallidas biologías? ¿Será, pues, una enfermedad? Para responder a estas inquietudes hemos convocado a un grupo variopinto de especialistas, una suerte de asamblea de sabios.

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    1. Rosaura Martínez

      Las andanzas de Narciso

      Filósofa.
    2. Tere Díaz

      Una epidemia reciente

      Terapeuta de pareja.
    3. Fernando Rivera Calderón

      La mano asesina

      Escritor (Diccionario del caos), compositor y ...

Sin corazón en el pecho

Alberto Barrera Tyszka

Cuentista (Crímenes), novelista (Rating), poeta (Amor que por demás) y guionista de telenovelas (Nada personal, Demasiado corazón).

Yo vivo del amor. Y no es una metáfora. Desde hace más de veinte años escribo telenovelas. Cada mañana, al despertarme, sé que tengo por delante otra jornada de suspiros, lagrimones y deseos. Me pagan por producir sufrimientos, por aprovechar la soledad y el despecho, por administrar de la mejor manera los besos. No tengo escapatoria. Soy un profesional de la cursilería.A veces, algunos viernes, cuando me siento frente al computador y enfrento al Vicente Juan y a la Elena Margarita de turno, sueño con otra chamba, envidio la deliciosa e insensible paz de los burócratas.

Tal vez por eso, la celebración del Día de San Valentín me parece una soberana mamarrachada. Me aburre que me asignen otra fecha especial para seguir festejando el amor. Es demasiado. Y mucho menos un sábado. Llámenme de lunes a viernes y en horario de oficina, por favor.

Porque en las telenovelas todos los días, y todas las horas del día, sólo existen para el amor. La gente no trabaja, no tiene país, no se entera de la crisis de los precios del petróleo ni de la corrupción política, no sabe que hay estudiantes desaparecidos y periodistas asesinados, no padece otras tragedias que no sean amar y no ser amado, en todas sus variables posibles. Se trata de una dedicación exclusiva al romance. Sin agendas. María la del Barrio jamás necesitó de un 14 de febrero para sufrir lo suficiente y, luego, como corresponde, conseguir marido.

La incontinencia del mercado es abrumadora. El día de San Valentín tiene más o menos el mismo valor que el Día del Brócoli, el Día del Obrero Metalúrgico o el Día de la Aspirina.Quizás la diferencia radica en que eso que llamamos amor es mucho más intangible e impreciso. Y se sostiene sobre una serie de supuestos insólitos: la idea de que el amor es una experiencia moralizante y saludable, por ejemplo. Que nos purifica y que siempre nos hace mejores. O la fantasía de que el amor tiene una lógica y una estadística, de que vale la pena invertir en él. O el espejismo de que, en el ámbito amoroso, tenemos todo el poder para elegir y discernir con libertad.La naturaleza suele ser mucho más cruda. Según se vea, estamos destinados o condenados a sentir amor. Sin saber muy bien cuándo y por qué. Sin siquiera poder elegir, la mayoría de las veces, el objeto de ese sentimiento. Acontece y ya. En ese sentido, el amor es gratis e inevitable. Como el hambre. Todo lo demás es adorno, elaboración, protocolo, literatura y mercado: las formas del desorden.

El Día de San Valentín es el día del espectáculo del amor. Es una cosa muy diferente a lo que todos sentimos. Es un día promiscuo. Al menos en el ámbito de la sensibilidad. Es un exceso. Porque solo el amor excesivo puede transitar por el territorio salvaje de los símbolos. Nuestra vida real tiene poco que ver con ese eco constante y amplificado donde rebotan todos los latidos. En 1958, la Sonora Matancera puso de moda un éxito de Aurelio Machindonde un amante se queja porque ya ni duerme ni come por un motivo romántico, a causa de un sentimiento no correspondido. El amor tiene que ser un deporte extremo o, de lo contrario, no es amor. Sólo se puede vivir al límite. Sólo puede haber una entrega total o un vacío infinito: “Yo me paso la vida perdiendo el tiempo/ en mi empeño de hacerte amar y sentir/ Si naciste sin corazón en el pecho/ tú no tienes la culpa de ser así”.O amas o estás muerto. Esa es su única lógica.

En Extraña confesión, una pequeña novela de Chejov publicada por entregas en 1884, una joven bella y ambiciosa llamada Olenka se interroga “¿Acaso sólo son felices los que se casan por amor?” Es una pregunta aguafiestas. Es la realidad que no puede aparecer en las tarjetas del día de San Valentín. Tarde o temprano, de alguna manera, todos descubrimos que estar enamorados y ser felices no es necesariamente lo mismo.

Pero la asociación entre amor, felicidad y vida ha siempre sido muy rentable. Para eso existe también el 14 de febrero. Para que el show continúe palpitando. Es el único perfomance del mundo que convierte un músculo hueco y piramidal en una caja de bombones. Como toda enfermedad eficaz,el amor también vive del contagio.