¿El amor es una enfermedad?

Llega San Valentín, el Día del Amor y la Amistad, y no es que los editores de Tribuna queramos boicotear el inminente despliegue de cenas con champaña, globos, arreglos florales  y cajas de bombones –somos tan dulces y sensibles como cualquiera–, pero no podemos pasar por alto lo evidente, que el amor duele, y que ese dolor genera preguntas: ¿Por qué estamos condenados a semejante tormento? ¿Somos masoquistas por naturaleza? ¿Es que el amor es un tipo de adicción? ¿O más bien será el resultado de una conspiración, o un castigo divino, o el producto de nuestras fallidas biologías? ¿Será, pues, una enfermedad? Para responder a estas inquietudes hemos convocado a un grupo variopinto de especialistas, una suerte de asamblea de sabios.

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    1. Alberto Barrera Tyszka

      Sin corazón en el pecho

      Cuentista (Crímenes), novelista (Rating), ...
    2. Tere Díaz

      Una epidemia reciente

      Terapeuta de pareja.
    3. Fernando Rivera Calderón

      La mano asesina

      Escritor (Diccionario del caos), compositor y ...

Las andanzas de Narciso

Rosaura Martínez

Filósofa.

El amor puede ser enfermedad, pero en tanto es la fuerza de la vida y la única que mantiene lo vivo como vivo, es una que hay que resistir. Cuando el amor duele, lastima o aniquila es imperativo detenerse (atender los síntomas) y cambiar el rumbo, porque es a ese espacio que el amor abre a la infección de lo amado y/o a la afección autoinmune al que es imperativo vencer.

En el origen de toda política del amor está el amor narcisista. La catapulta primera y originaria hacia el otro no es sino el amor a uno mismo. En el fondo uno ama al otro porque lo quiere para sí, para incorporarlo (comérselo) y hacerse uno con él. El primer objeto de amor del ser humano es él o ella misma, pero poco más tarde el cachorro humano aprende que él/ella no se es suficiente para sobrevivir y es ahí cuando tiene que voltear la mirada hacia un otro, hacia ese que lo cuida y lo mantiene vivo. El segundo objeto de amor es ese que te promete, nada más y nada menos, la vida. Luego, para socializar, la humanidad (casi toda) ha decidido un modelo exogámico, así que uno debe renunciar al segundo objeto de amor (el objeto edípico, según el psicoanálisis) y buscar un tercero. Lo interesante en este itinerario es que en realidad la renuncia al primero (uno mismo) y segundo (cuidadores) objetos nunca es total. De esos amores quedan restos. Así,en el “tercer” objeto uno siempre busca características, rasgos y gestos que nos recuerden a los otros dos. El amor no es una cosa simple que pueda definirse. Todo amor es un tanto narcisista, edípico y revolucionario. El amor que enferma es ese que es más narcisista y/o edípico. ¿Por qué? Porque el reclamo en esos amores es uno imposible de atender, pues lo que se solicita del otro es que responda y nos ame como otro que no es: uno mismo o esos que nos prometieron mantenernos con vida cuando éramos indefensos. El amor que logra domesticar (nunca vencer) los deseos narcisistas y edípicos, ese es el revolucionario en el sentido de provocar un cambio radical en el rumbo de nuestras vidas; es el que abre el camino hacia una historia distinta del destino funesto del drama edípico o narcisista que parecía signado.

El amor al tercero no es una cosa pura, va siempre de la mano de otros deseos. Lo que Freud descubre en su libro Más allá del principio del placer es que la pulsión de destrucción o muerte es tan inherente a la naturaleza humana como la pulsión erótica o de vida. Eros y Thanatos, dice Freud, se presentan siempre juntos. Amar es una acción compleja porque está siempre, digámoslo así, contaminada por el deseo de destruir. Y es que amar es en sus últimas consecuencias un deseo por apropiarse el objeto amado. Eros es una fuerza de trayectoria paradójica, pues si bien tiende en un principio hacia lo otro y hacia hacer de lo uno algo complejo, su intención última es la de hacer de dos, uno y ahí es cuando Thanatos y Eros se trenzan hasta que los deseos de incorporación del otro, el deseo de “comerse al otro”, se torna meramente destructivo. ¿Cómo amar sin hacer daño (o hacerse daño, ya que están también implicados los deseos masoquistas) si la destrucción resulta inherente a la naturaleza humana? Según Freud, Eros y Thanatos son dos batallones siempre en guerra y gana el más fuerte. La tarea entonces es fortalecer al batallón erótico. El amor se devela ya no como una cosa, sino como una acción. Amar es un trabajo, una tarea cuyo sentido es afirmar la vida. Como seres finitos y tanáticos sabemos que al final, al final final, la muerte siempre vence, pero puede hacerlo con la resistencia de Eros. Si la vida se diseña un camino erótico, la muerte llega por causas, digamos, naturales.

Hay dos mitos de Narciso que quisiera recordar aquí, el griego y el del Divino Narciso de Juana de Asbaje. Narciso el griego no le corresponde el amor a Eco y entonces Némesis, la diosa de la venganza, lo castiga por engreído obligándolo a que se enamore de su propia imagen hasta que termina ahogándose en un lago. La historia del Narciso de Juana de Asbaje es distinta en algo fundamental: Narciso sí se enamora de un tercero y no muere. Siguiendo el mito griego, este Narciso no se enamora de Eco, pero tampoco exclusivamente de sí mismo. Narciso amaba a Naturaleza, pero Eco hace que Naturaleza ofenda a Narciso y, como consecuencia, Gracia abandona a Naturaleza; sin “gracia”, Narciso ya no se siente atraído por Naturaleza. Pero, al final de la historia, con Naturaleza ya arrepentida de haberle ofendido, Gracia diseña una estrategia para que Narciso vuelva a enamorase de ella. Entonces, Gracia hace que Naturaleza se esconda detrás de un árbol y espere a que Narciso, sediento, baje al río en busca de agua. Cuando Narciso se inclina para beber agua, la imagen que ve en el reflejo es la de él, pero enmarcado por Naturaleza y así se enamora de una imagen compleja. El “divino Narciso” se enamora de un tercero porque Gracia interviene. Gracia es el otro elemento en la historia de amor que logra cambiar el rumbo tanático del amor narcisista.

Al gran o pequeño Narciso que todos llevamos dentro hay que colocarlo frente a un espejo, pero junto con Naturaleza, enmarcado por ella. Hay que buscar a Gracia (al psicoanalista, podría ser) para que, si se quiere tramposamente, nos muestre a Naturaleza detrás nuestro y que al vernos frente al espejo nos enamoremos de un eco-sistema. Ese es el Amor que queremos…