¿Dónde nace la violencia en Guerrero?

No mejora el panorama en Guerrero. Según pasan los días, crecen las protestas en frecuencia e intensidad y, del gobierno estatal al PRD, del PRD al gobierno federal e incluso a López Obrador, son cada vez más los damnificados políticos de la que ya luce como la crisis más grande entre las surgidas durante la administración de Peña Nieto. Sobre todo, la violencia no cede, eso en un estado que hace ya demasiado que la padece hasta niveles inadmisibles. ¿Qué provoca esa violencia? ¿Dónde rastrear sus orígenes? ¿En la clase política, en la guerrilla, en el crimen organizado, en los caciques locales, en las autodefensas? ¿Hay condicionantes históricos detrás de ella? ¿A cuándo se remontan? ¿Qué ocurre en las Normales del ámbito rural? ¿Qué cuota de responsabilidad le corresponde a cada estrato de gobierno? Enseguida, una breve radiografía. Ojalá que nos ayuden a enriquecerla.

REGRESAR
    1. Laura  Castellanos

      Antes y después de Iguala

      Autora de México Armado (1943-1981).
    2. Carlos Illades

      Una historia de violencia

      Autor de Guerrero. Historia breve.
    3. Siddharta Camargo

      La combativa historia de ...

      Investigador de la Universidad Pedagógica ...

Cacicazgos y contrainsurgencia

Fernando Montiel T

Profesor en la Maestría en Estudios de Paz de la Universidad de Basilea.

Son pocos los reporteros que, habiendo visitado la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos en Guerrero, hayan pasado por alto la estética insurgente y su mensaje asociado. Juan Pablo Becerra Acosta reporta “...las caras, dibujadas con pintura negra, del Che Guevara, Marx, Engels y Lenin, vigilan el sitio. Al lado, reinan la hoz y el martillo de las luchas proletarias y campesinas del siglo pasado.” (Milenio, Oct. 17, 2014). Aunque con un par de apreciaciones adicionales (“Entrar en Ayotzinapa es un viaje al pasado, como llegar a la Cuba comunista…”), el retrato de Melissa del Pozo no es muy diferente (VICE, Oct. 7, 2014) y pocos son los reportajes que dejan de recordar que de ahí egresaron personas y personajes como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez.

Los retratos, éstos y otros, generan correlatos. Diputados locales sugieren hoy desaparecer actores (“se debe replantear la existencia de las escuelas normales rurales porque son núcleos de guerrilla”, La Jornada, Oct. 16, 2014) tal y como lo hiciera algunos años atrás un liderazgo sindical defenestrado (“No se olviden que las normales rurales han sido semilleros de guerrilleros: Elba Esther Gordillo”, La Jornada, Oct. 6, 2010). Así, con las mismas palabras y por los mismos motivos.

Como si la estética fuera dogma, como si la historia de unos fuera la de todos, como si los legisladores fueran auténticos representantes populares, como si los “líderes morales” (Proceso. Jul. 4, 2014) lo fueran de verdad y como si los normalistas victimados –los asesinados, los torturados y los desaparecidos– estuvieran condenados a la miseria y cuando no, a la represión o incluso al martirio, el gobierno, el Estado, el sistema –llámesele como se le quiera llamar– respondió con los usos y costumbres de los caciques de Valle Nacional retratados en México Bárbaro: contra los fuertes de entre los sometidos, castigo ejemplar.

O tal vez no. Tal vez ellos –los caciques, el gobierno, el Estado, el sistema, quien sea– sí han evolucionado y no fue a Rosenta Bejaca –el yaqui gigante y rebelde flagelado en la obra de John Kenneth Turner– a quien disciplinaron resucitado en el cuerpo de los normalistas de Ayotzinapa, sino al Che, a Mao, a Ho Chi Minh o peor a aún: a Lucio y Genaro. Sí, tal vez no fue la lógica caciquil del siglo XIX sino la de la contrainsurgencia del siglo XX la que efectivamente dominó la masacre. Después de todo ¿qué no son los periodistas quienes enfatizan mucho eso de la ética revolucionaria, la estética rebelde y la historia guerrillera de la escuela Normal? ¿Qué no El Economista publicó un breve texto cuyo encabezado sintetiza el discurso que ha devenido en normal en los medios (“Normal de Ayotzinapa, tradición de lucha armada desde Lucio Cabañas”, Oct. 18, 2014), y cuyo cierre (“En la actualidad, los alumnos de ese plantel participan en la ocupación de casetas y radiodifusoras. Además se les ha señalado de tomar autobuses”) no deja lugar a dudas?

El ciclo –popular, conocido y aunque no del todo errado, limitado– en el que a la miseria sigue la exigencia que encuentra desdén, mismo al que se responde con protestas que enfrentan represión produciendo guerrilla que entonces es exterminada por la matanza, es una canción de cuna que no por convincente es también suficiente. ¿Por qué? Porqué de serlo estaríamos condenados a reconocer validez a mecánicas primitivas: ¿Son los herederos de la hoz, dice la prensa? Bien: seremos entonces los hijos del martillo.

Las mecánicas del conflicto, los actores, la represión y la violencia así descritas recuerdan mucho a El Señor de las Moscas (“Hicimos todo tal cual lo harían los adultos, ¿por qué no resultó?”) La visión infantilista, simplista, dicotómica, maniquea y brutal compartida, curiosamente, por muchos en la prensa y por casi todos en las fuerzas armadas –civiles y militares– produjo la tragedia de Iguala. O tal vez no estamos frente a un hecho excepcional, sino ante uno común que será corriente en el siglo XXI: el inicio en México de las nuevas guerras de Mary Kaldor, aquellas en las que la frontera entre lo cívico y lo militar, lo público y lo privado y entre lo legítimo y lo ilegítimo se difuminan hasta desaparecer.

Si es este el caso, necesitaremos nuevas instituciones, nuevas políticas y narrativas; instituciones ya sin los lastres que impiden, por ejemplo, que la Secretaría de la Defensa Nacional sea dirigida por una mujer civil; políticas ya libres del racismo que tiene a Guerrero, Oaxaca y Chiapas donde están; y narrativas que retraten seres humanos, con historias propias y futuros por escribir.

“He ido en varias ocasiones a Ayotzinapa para entrevistar a sus alumnos. A partir de mis largas conversaciones con varios de ellos, sé por qué existe esta saña en su contra: son jóvenes de origen humilde y muy estudiosos, que en promedio leen dos o tres libros por semana, más allá de su material de clases, y que además están interesados por los problemas sociales y políticos de su entorno. Es decir, son estudiantes informados y críticos, que además suelen ser tan idealistas y consecuentes con lo que piensan que buscan hacer algo para cambiar las cosas…” (Diego E. Osorno. “Las causas de la masacre de Iguala”, Máspormás. Oct. 6, 2014)

Historia no es destino.



fernando.montiel.t@gmail.com