¿Debe seguir el Piojo al frente de la selección?

No es el resultado de una droga nueva, ni un chamán en trance, ni una víctima de Hacienda. El hombre que convulsiona, grita, manotea y vira del blanco al rojo es el técnico de la selección nacional. Con esas herramientas, logró la comunión con el público y los jugadores, fue celebrado hasta en Inglaterra y volvió a poner a los nuestros en segunda fase. Pero ¿ese motivador es también un entrenador? ¿Y ese último cuarto de hora contra Holanda? ¿Sabe de táctica, de balones parados, de acondicionamiento físico? ¿Debe extenderse su contrato hasta 2018?

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    1. Julio Patán

      Menos huevos

      Escritor y periodista.
    2. Juan Pablo Becerra-Acosta M

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      Periodista deportiva.
    4. Carlos  Albert

      Esos quince minutos

      Comentarista deportivo.

Una lección de carácter

Rafael Pérez Gay

Autor de “Sonido local”.

He visto un video en el cual un defensa de la selección mexicana le da una patada descarada al hondureño Dolmo Flores y recibe una tarjeta roja directa. Ese defensor era el joven Miguel Herrera, un sabueso del área, un Neanderthal de la defensa lateral derecha, un hombre de los lobos capaz de emboscadas inhumanas. El futuro de ese jugador parecía más bien el callejón y los cadenazos, no el área técnica de la selección mexicana de futbol, el estudio, la observación y la construcción de un líder. Así pasa con el carácter, un movimiento de menos o de más y te conviertes en otra persona puesta en otro destino.

Nadie daba un peso por la selección de Herrera. Los jugadores mexicanos se habían arrastrado hasta el repechaje para obtener un lugar en Brasil 2014. Los resultados de la selección no sólo han sido razonablemente buenos sino que los vemos de mayor tamaño por la bajísima expectativa con la que el equipo nacional desempacó sus maletas en Brasil.

            Mientras escribo estas líneas me pregunto qué me gusta del Piojo, qué me simpatiza. Desde luego no su sastre, ni su peluquero. Me atrae de ese personaje la lección del carácter que siempre trae consigo asociada a una rara autenticidad. Sus festejos en la imaginaria podrían ocurrir en un hospital psiquiátrico, en el Fray Bernardino Álvarez. Ese desparpajo le dio las primeras planas de los periódicos en todo el mundo: el entrenador mexicano no festeja, más bien tiene brotes psicóticos. No recuerdo ahora quién dijo que la pasión es emoción crónica. Herrera padece ese magnífico temperamento crónico.

            El modelo para armar del Piojo consistió en una línea de cinco con dos salidas claras por las bandas, tres medios y dos puntas, una de ellas volanteando, pero estos números no dicen nada sin algo que en el campo de juego y en la vida misma se llama personalidad, una forma de ser. Miguel Herrera le dio a un equipo desmoralizado y a un conjunto de jugadores enfrentados unos con otros un perfil, un sentido, una misión. Y algo más, el descubrimiento de un jugador extraordinario: Héctor Herrera.

            Miguel Herrera se llevó a Brasil un equipo en harapos y regresó a casa con una selección competitiva y dispuesta a jugar bien frente a cualquier equipo. Mantener esa condición es la prioridad de los directivos de la Federación, su inmediata obligación. Desde luego deben renovarle los votos a Herrera y no sólo para dos años sino firmar con él un contrato para el próximo Mundial. Darle confianza a cambio de la lección de carácter con que Herrera inventó un equipo. Y además, si me permiten, comprarle un baumanómetro al Piojo para medirle la presión después de cada festejo, pues hay un riesgo latente de hipertensión desatada.