¿Debe seguir el Piojo al frente de la selección?

No es el resultado de una droga nueva, ni un chamán en trance, ni una víctima de Hacienda. El hombre que convulsiona, grita, manotea y vira del blanco al rojo es el técnico de la selección nacional. Con esas herramientas, logró la comunión con el público y los jugadores, fue celebrado hasta en Inglaterra y volvió a poner a los nuestros en segunda fase. Pero ¿ese motivador es también un entrenador? ¿Y ese último cuarto de hora contra Holanda? ¿Sabe de táctica, de balones parados, de acondicionamiento físico? ¿Debe extenderse su contrato hasta 2018?

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Menos huevos

Julio Patán

Escritor y periodista.

Alguien debería escribir un tratado sobre cómo la muy mexicana idea de "echarle huevos", o "ponerle ganas", o "entrarle con todo", ha dado al traste numerosas veces con lo que en algún momento parecían cuentos destinados a un final feliz. En la historia está el caso de Pancho Villa. Sin preparación militar, organizó a la División del Norte como un colectivo de kamikazes que se lanzaba desaforadamente a caballo contra las líneas enemigas. Le funcionó hasta que dejó de funcionarle, pronto, y Obregón, cuyas tropas eran más reducidas y estaban peor equipadas, lo noqueó en las batallas del Bajío. Sólo la manga ancha de nuestros historiadores le ha permitido al Centauro –vaya sobrenombre mamuco, por otro lado-- pasar a la historia como un genio militar.

Y así, de batallas del Bajío en batallas del Bajío, ha caído reiteradamente en el cuarto juego nuestra selección, dirigida en los últimos mundiales, torneos varios y fases eliminatorias por Panchos Villas. Ni a Pancho Villa llegó el Chepo, que no puso en la cancha garra pero tampoco orden. Sí lo fue el Vasco Aguirre, un motivador que acabó devorado tácticamente por la selección gringa. Lo fue también Hugo Sánchez, convencido de que bastaba con extrapolar a su chamba como seleccionador los instintos de combate que lo hicieron un gran delantero. Así nos fue. Porque Hugo olvidó lo que no entendió tampoco nuestro último Villa, el Piojo Herrera: que los huevos son apenas la menor de las virtudes en el futbol, y que elevarlos a la categoría de principio táctico es peligrosísimo. O tal vez es que hay huevos y huevos.

Todas las grandes selecciones los tienen. Pero no son exactamente los huevos del equipo mexicano. Son los huevos del tipo A, para bautizarlos de algún modo. Son los que se necesitan para rematar a puerta y anotar sobre el tiempo, como lo hizo Sneijder contra México, sin que te tiemblen las piernas. O para aguantar un asedio de treinta minutos con uno menos sin perder los estribos, al estilo de las antiguas selecciones italianas. O para tocar el balón en tu área chica durante una final que ganas uno a cero, tipo la España del mundial sudafricano, o para sacarte jugadas a lo Messi cuando todo se hunde. Los huevos que hacen a los campeones tienen que ver, pues, con el temple, no tanto con la hiperquinesis que inyectó el Piojo a nuestra selección.

¿Es esa hiperquinesis, ese tipo de huevos, los del tipo B, un defecto? No, siempre que se los use con cerebro. De hecho, suele ser una virtud, y la selección ha hecho un estilo en torno a ella. Eso lo entendió bien el Piojo. Jugarle a México debe ser una pesadilla, porque el camino lo tenemos muy estudiado: filas juntitas, muy buen cardio, mucha marca en superioridad numérica, muchos toques para compensar la falta de recursos físicos, abundantes raspones a los tobillos del otro y un grado notable de caradura para ir el frente pese a la mediocridad palmaria de nuestros hombres frente a puerta. Pero Herrera sumó a ese estilo una ética del destrampe, desaforada, que tal vez, vistas las circunstancias en que llegamos a Brasil, era indispensable, pero que no da para proyectos a la larga. Porque esa ética nos derrotó. Lanzarse a la brava desde el primer minuto, atacar sin tregua, irte a la guerra, gritar, es una estrategia de alto desgaste. Vale contra Croacia y para sacarle un empatito al marrullero Brasil en la fase de grupos, pero no en los partidos a matar o morir. Porque los grandes no se asustan, no pierden el temple. Cuando los huevos de los nuestros, los del tipo B, dan solo para un gol tardío, le euforia vira en plena pachorra o pasmo absoluto al primer descalabro, ese descalabro que eventualmente vas a sufrir con los grandes. Los muchos huevos, en el sentido mexicano, te vacían, te funden, te derrotan cuando no los canalizas debidamente. Eso nos pasó: 80 minutos de exuberancia dieron tantos frutos como una jugada prefabricada de los holandeses. ¿Cómo te sobrepones a ese revés?

Entonces, que siga el Piojo. Que motive a los nuestros. Que haga un futbol vistoso. Y que le ponga menos huevos. O eso, o nos asumimos de una buena vez como el atractivo folclórico del Mundial.