¿Debe seguir el Piojo al frente de la selección?

No es el resultado de una droga nueva, ni un chamán en trance, ni una víctima de Hacienda. El hombre que convulsiona, grita, manotea y vira del blanco al rojo es el técnico de la selección nacional. Con esas herramientas, logró la comunión con el público y los jugadores, fue celebrado hasta en Inglaterra y volvió a poner a los nuestros en segunda fase. Pero ¿ese motivador es también un entrenador? ¿Y ese último cuarto de hora contra Holanda? ¿Sabe de táctica, de balones parados, de acondicionamiento físico? ¿Debe extenderse su contrato hasta 2018?

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Carlos  Albert

Comentarista deportivo.

Por supuesto que la pregunta es meramente hipotética, porque todos sabemos que el Piojo seguirá en el puesto de seleccionador nacional mientras Televisa así lo quiera; no es, pues, una cuestión en la que nuestra opinión cuenta para nada.

Sin embargo la pregunta esta en al aire y es tema de plática en todo lugar, así que aquí vamos con nuestra opinión.

De primera intención, tendríamos que pensar que su carisma y sus formas lo catapultaron y le generaron una aureola de simpatía y confianza. Fue obvia su empatía con la mayoría de los aficionados que se retrataban en él. En determinados momentos del juego en turno, incluso su look, pero sobre todo sus desaliñados actos histriónicos, fueron motivo de aplauso y contento popular. El Piojo cayó de pie en su papel de técnico nacional. Aunado a esto, tenemos que reconocer una mejoría cierta en el desempeño del Tri en el mundial, mejoría obvia en aspectos fundamentales como el físico, el táctico y, sobre todo, el anímico, factor indispensable para competir en un torneo mundialista. El Piojo les inculcó a los jugadores una filosofía de cuates, un ánimo de camaradería, les aligeró la carga emocional y los convirtió en un grupo alivianado pero consciente y responsable; les enseñó a ser equipo en un momento en el que la moral y el ambiente del Tri estaban por los suelos debido a los pésimos resultados del hexagonal clasificatorio, arrastrando una conducta muy relajada, con mucha incertidumbre en cuanto a la conformación de la lista final, con gran desconfianza deportiva en algunos de los supuestos titulares indiscutibles, una afición fastidiada por tan malos resultados y una prensa cansada de desprecios, acusaciones estúpidas y privilegios injustos, todo sumado a la división de opiniones en los altos mandos federativos que se reparten el pastel a conveniencia y despiadadamente. Así que, ante este panorama, la cosa parecía francamente difícil. Y el Piojo y su carisma resolvieron toda esa telaraña de dificultades.

Cuando la selección de EU nos hizo el favor de calificarnos al mundial, y las televisoras y empresas patrocinadoras finalmente salieron a realizar el negociazo de sus vidas, empezó la catarata de anuncios y comerciales de todo tipo con Herrera como figura central. Sumémosle que, en el tema deportivo, Herrera consiguió una mejoría importante al  lograr que el equipo funcionara adecuadamente durante 350 minutos de los 360 del compromiso mundialista, y tendremos un panorama claro de por qué la mayoría se inclina por la permanencia de Herrera en el Tri para el próximo ciclo mundialista.

Pero…

En un análisis ajeno a las simpatías, y profundizando un poco más allá de esa personalidad carismática y atractiva del Piojo, siendo sinceros y crudos incluso: antes de entregarle de nueva cuenta el Tri  a Herrera, ¿no valdría la pena analizar en serio qué fue lo que pasó en esos últimos 10 o 15 minutos del juego contra Holanda, esos minutos en que volvimos a las andadas, en los que nos volvimos a disfrazar de perdedores, esos 15 minutos que mostraron a una selección mexicana medrosa, temerosa, fuera de foco, achicada, replegada, miedosa? ¿No valdría la pena reconocerlo y meter este tema en el análisis final? ¿Tendremos algún día la capacidad de reconocer nuestras fallas? Sería posible que entendiéramos la necesidad e importancia de algo que se llama autocrítica?

 Pensémoslo bien, porque una cosa es llegar de bombero de último minuto a una selección que estaba prácticamente desahuciada, sin nada que perder y todo que ganar, y otra muy diferente trabajar cuatro años como técnico nacional con todo lo que esto implica, tomando en cuenta que quien llegue ahí sabe que tendrá que convertirse en títere de Televisa y comparsa de los patrocinadores que, bien sabemos, tienen voz y voto a la hora de la toma de decisiones importantes. No es lo mismo trabajar bajo las circunstancias en que lo hizo Miguel Herrera cuando le aventaron a un  equipo agónico, a trabajar cuatro años con la presión del día a día. Y pondré un ejemplo. Bastó que el Tri fuera eliminado para que inmediatamente el Piojo perdiera la cabeza y saliera a despotricar en contra del arbitraje, de la FIFA, etcétera, etcétera. ¿Se imaginan lo que puede suceder a lo largo de cuatro años?

No niego que el Piojo Herrera se haya ganado una oportunidad para seguir como técnico nacional, pero creo que debemos estar conscientes de que no será lo mismo. No es lo mismo trabajar con planes a corto plazo y contrarreloj, que planear un trabajo a largo plazo en el que las intromisiones, instrucciones y órdenes de los dueños del balón lo irán moldeando y transformando. Y créanme: lo digo hoy, en los primeros días de julio de 2014: si confirman a Herrera en el Tri, no llegará al mundial de 2018 en el cargo, y si llega, veremos a un Piojo totalmente diferente.