¿De veras somos tan machos?

Las redes sociales y los medios ofrecen espectáculos tan dignificantes como el de un alcalde chelero y transa que le alza el vestido en un baile a una chica, o el de la crucifixión de la nueva procuradora no en función de sus virtudes o defectos, sino de los de su hermano, y eso incluso entre sectores orgullosos de su progresismo. Estas historias, ¿son excepciones o síntomas? ¿Qué tanto reflejan nuestra propensión al prejuicio, el arraigo de nuestra condescendencia o nuestra abierta agresividad, en fin: nuestra propensión al machismo?

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Leyes de avanzada, cultura machista

Ricardo Bucio Mújica

Presidente del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación.

En materia de igualdad de género tenemos leyes, tratados, normas de todo tipo, presupuestos con perspectiva de género; hay áreas en las instituciones, coordinaciones, unidades, fiscalías, comisiones. Creo que en ningún otro tema México ha desarrollado tanta legislación, institucionalidad, incluso formación, y promoción, en los últimos 15 años. Pero tenemos una cultura social atorada en el machismo, anclada por resistencias a perder cualquier espacio de privilegio, paso necesario en el camino a reconocernos iguales en derechos.

Los prejuicios contra las mujeres están presentes y tienen consecuencias en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Las mujeres son más afectadas o son, en un gran porcentaje, las víctimas de la violencia intrafamiliar, de la exclusión educativa, del desempleo, de la trata de personas, de la explotación sexual comercial, de las crisis económicas, de los recortes presupuestales, de la impunidad, de los abusos de autoridad, de la corrupción, del analfabetismo, de la falta de acceso a servicios financieros, de la inseguridad pública, o de la protección contra riesgos. La desventaja, medible y evidente, se reproduce en todos los ámbitos de la vida pública y privada.

Hay ocho millones más de mujeres que de hombres que trabajan y no cuentan con seguridad social. Menos de 1% de los puestos de alta dirección en las grandes empresas es para mujeres. Hay 2.5 millones más de mujeres que de hombres en pobreza. El 7.6% de las mujeres mayores de 15 años es analfabeta. El 51% de mujeres en edad de trabajar tiene ingresos, en relación con 81% de los hombres. Hay 93% de hombres en las presidencias municipales. Un 94% de la población cree que hay discriminación contra la mujer. Todos son indicadores de un país para los hombres y de una discriminación estructural y cultural hacia las mujeres.

En ello tiene un peso particular la cultura del machismo. De entre todo lo que hay que modificar para disminuir la discriminación que se vive en nuestro país, sin duda lo más complejo es la cultura. Durante siglos hemos generado formas de percepción colectiva y de organización social acerca de quiénes son "los otros", de quiénes son las mujeres, que dan cuenta de las distinciones que hacemos y de que éstas son desventajosas, sistemáticas, normalizadas e injustas, particularmente para las mujeres.

La visión paternalista hacia las mujeres no es sino el reflejo de una cultura social que considera que el ejercicio del poder, público o privado, es asunto de hombres. Una situación de esta naturaleza coloca a las mujeres en desventaja porque son vistas como objetos y no como sujetos de derechos. Por ello es que Jacqueline Peschard, citando un estudio de la CEPAL, dice con justa razón que "la lucha de las mujeres por conquistar las mismas oportunidades y derechos que los hombres no es solamente un asunto de justicia, sino de aspiración de mayor bienestar humano".

México sigue siendo una sociedad patriarcal y andrógina. Al igual que en el ámbito de las religiones o de la economía, el ámbito político es mayoritariamente masculino, no sólo numérica sino culturalmente. Y pese a ello hay importantes cambios, como el hecho de que, a partir de 2014, en los cargos de elección popular federales y en los congresos estatales debe haber paridad en la postulación de hombres y mujeres.

Pero frente a cambios de un calado como éste, difícilmente imaginados hasta hace poco, siguen actos tan reprobables e inaceptables como el del alcalde de San Blas, Nayarit, que son el resabio de una cultura machista y misógina. Venturosamente hay signos de cambio más allá de lo legal, y lo que hace algunos años hubiera pasado desapercibido o se hubiera visto como una gracejada, hoy fue reclamado por instituciones y organizaciones de la sociedad civil como un acto sexista, en contra de los derechos humanos.

Las bases estructurales de nuestro sistema cultural fueron construidas y siguen siendo sostenidas por una predominante visión patriarcal y machista. Ante esta realidad, todas y todos somos responsables de que los avances logrados no sufran retrocesos y de que logremos que la democracia mexicana, y la igualdad establecida por la Constitución Política, sean una práctica cotidiana, y no una aspiración formal.