¿De veras somos tan machos?

Las redes sociales y los medios ofrecen espectáculos tan dignificantes como el de un alcalde chelero y transa que le alza el vestido en un baile a una chica, o el de la crucifixión de la nueva procuradora no en función de sus virtudes o defectos, sino de los de su hermano, y eso incluso entre sectores orgullosos de su progresismo. Estas historias, ¿son excepciones o síntomas? ¿Qué tanto reflejan nuestra propensión al prejuicio, el arraigo de nuestra condescendencia o nuestra abierta agresividad, en fin: nuestra propensión al machismo?

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El juego de no somos machos

Galia García Palafox

Editora en jefe de Milenio Digital.

Mis amigos dicen que soy ruda porque le hablo fuerte al mesero cuando al preguntar qué vino vamos a beber sólo se dirige a mi acompañante del sexo masculino. Dicen ellos que soy ruda, yo les digo que no quisiera serlo.

Crecí en un mundo de mujeres: mamá, abuela, nana, madrinas, tías. Viudas, dejadas, divorciadas, madres solteras, casadas empoderadas. En casa no había nada que alguna de esas mujeres no pudiera hacer: trabajar, estudiar posgrados, ganar dinero, ser jefa de hombres, cocinar, tejer, cambiar una llanta o conseguir quien se las cambiara. Siempre me dijeron que podía yo hacer y ser cualquier cosa.

Papá era, creía yo, un progre que me regaló El Segundo Sexo.

Hasta que un día, llegó la adolescencia. Y entonces mamá me dijo: no vas a todas las fiestas porque parecerás fácil. Deja que tu amigo maneje. Maquíllate para que te veas bonita. Qué bueno que lees tanto, pero creo que a los niños les gusta hablar de otras cosas.

Y de papá empecé a escuchar frases como: la embarazó, la sirvienta, es cotorra, ella lo mantiene.

Entre más leía yo a Betty Friedan, Simone de Beauvoir o Carol Hanisch, mi mundo progre, equitativo y liberal más se desvanecía. Pero mis amigos habían evolucionado, creía yo. El de los padres ya era un mundo de otra era.

El día de mi graduación de licenciatura papá me dijo: ahora la maestría. El día de mi graduación de maestría mamá dijo: dile lo que le tienes que decir. Papá preguntó ¿ahora el doctorado? No, dijo ella, y lo vio con cara de "Ya lo hablamos". Tu mamá pregunta cuándo va a ser abuela, dijo mi papá.

No supe si reír o enojar. Más bien moría de pena. Me preguntaba qué pensarían mis compañeros estadunidenses de familias liberales y políticamente correctas a nuestro alrededor si hubieran entendido lo que yo acababa de escuchar. ¿Estaba yo tocando el techo de cristal en casa? Tenía 28 años y para mi familia ahí se acababa la equidad y la posibilidad de tomar decisiones que podían –o no– salirse de la cajita. Ya había estudiado, viajado, trabajado y crecido suficiente; en otras palabras, ya me había probado. Ahora tenía que hacer lo que me tocaba, no fuera a hacérseme tarde.

Entre más crecía, más cuestionamientos venían: "¿Por qué no te casas? "A tu edad uno no cancela una boda." "Yo no te eduqué para vivir en unión libre." "¿Por qué hablas como un hombre?"

Pero ¿no eran esas las mujeres que me enseñaron a bordar lo mismo que a manejar? ¿No podía yo ser y hacer lo que quisiera en la vida, sola o acompañada? Claro que podía: ellas habían podido. Pero les había costado tanto trabajo, habían sido etiquetadas de tal manera, que pensaban que la vida era más sencilla para las mujeres que dependían de un hombre (que no es lo mismo que tener una pareja). Y como querían para mí lo mejor, eso incluía no salirse mucho de la cajita en la que vamos las mujeres.

Cuando regresé a México, unos años después de la maestría, la mayoría de mis amigas se había casado. Algunas tenían hijos, casi todas seguían trabajando. Se volvían superwomen: varias vivían exhaustas porque, me decían, los progres con los que se casaron –esos amigos que años atrás pensaba yo que eran la generación del cambio– resultaron no ser tan progres a la hora de cambiar pañales.

En el trabajo, ese mundo liberal de los periodistas tampoco era tan liberal como en las películas, me empezaba a dar cuenta. Aunque he tenido la suerte de estar rodeada de hombres –parejas, amigos, jefes– a veces hasta más feministas que yo, ellos no eran la regla. De los machos, no me sorprendía. Al final todo es muy básico, caricaturesco: gritan, condescienden, actúan como si estuvieran en una cantina, luego apapachan. Me sorprendían ellas, las mujeres que lo permitían, que agachaban la cabeza, que aceptaban con resignación ganar menos, que no aspiraban a llegar al puesto del jefe –porque en esa silla nunca se ha sentado una mujer–, que se reían de los chistes machistas, misóginos, groseros. O las otras, que habían aprendido a usar la promesa de su cuerpo para conseguir lo que podrían lograr con su trabajo.

Empecé a ver mujeres con caras de asco en medio del abrazo "sabroso" de un jefe que las saluda así en un día cualquiera; y su rabia callada frente a las miradas morbosas del vecino de escritorio, por un escote o una falda; a la becaria a la que el jefe cuarentón la invitó a comer y ahora ella cree que su vida laboral será siempre así.

El techo de cristal sí existía, y en este país quizá no sea tan cristalino. Esas mujeres –más sabias y menos ingenuas que yo– lo veían clarísimo. Era yo la que se había creído el cuento, la que pensaba que los techos se rompían si uno golpeaba fuerte.

Y no, no se rompen, porque hace unos días me tuve que bajar de un taxi cuando el taxista no dejaba de verme las piernas sin pudor; porque mi prima favorita esperó diez años para ser promovida a directora mientras veía hombre tras hombre brincársela; porque a mi amiga que le dijo a un jefe que no le puede decir "mi vida" la tacharon de amargada; porque a otra su jefe ya le dio permiso de abandonar las juntas cuando se sienta incómoda en las conversaciones de "putas", hazañas sexuales o sobre la compañera de trabajo a la que "se le ve muy bien ese vestidito corto"; porque mi mejor amiga tuvo que dejar un empleo porque el jefe la acosaba y no hubo ley que la protegiera; porque mi amiga divorciada estira el último peso del sueldo para sus hijos, mientras al papá el juez sólo lo obliga a entregar el 20% de sus ingresos para la manutención; porque a la que no le va tan mal, su marido le dice "Yo te cuido a los niños para que salgas con tus amigas".

Porque aunque cada vez hay más mujeres en las empresas, seguimos ganando menos y haciendo trabajos subsidiarios; porque un alcalde le puede levantar la falda a una mujer con la que baila enfrente de diez mil personas y no pasa nada; porque en Ecatepec las niñas de primaria creen que es normal que las chicas de secundaria y prepa desaparezcan, que son desechables.

Porque muchas de esas mujeres que sí ven el techo de cristal con claridad, no han tenido modelos femeninos que les demuestren que no tiene que ser así, ni un jefe que las trate como iguales –pero diferentes–, mucho menos una jefa. Porque no hay políticas públicas ni voluntad que nos haga romper los techos de cristal. Porque nos gusta el cuento de "el machismo es cultural", y en el mejor de los casos "no es que los mexicanos sean machos, es que son caballeros".

Quizá mamá sí tenía algo de feminista, y papá algo de progre. Lo que tenían era miedo (o algo de cobardía) ante el machismo social.