¿De veras somos tan machos?

Las redes sociales y los medios ofrecen espectáculos tan dignificantes como el de un alcalde chelero y transa que le alza el vestido en un baile a una chica, o el de la crucifixión de la nueva procuradora no en función de sus virtudes o defectos, sino de los de su hermano, y eso incluso entre sectores orgullosos de su progresismo. Estas historias, ¿son excepciones o síntomas? ¿Qué tanto reflejan nuestra propensión al prejuicio, el arraigo de nuestra condescendencia o nuestra abierta agresividad, en fin: nuestra propensión al machismo?

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La inequidad en cifras

Gina Zabludovsky Kuper

Socióloga. Autora de Las mujeres empresarias en México.

Como ha sucedido en otras partes del mundo, en México las mujeres han tenido un aumento sin precedente en el ámbito laboral, pasando del 19% en 1970 al 38% en 2014. En la educación superior el avance ha sido mucho más notorio. El número de estudiantes de sexo femenino se incrementó del 17% en 1970 al 50% en el 2013. Además, ellas tienen una mayor eficiencia terminal, ya que su porcentaje dentro de los egresados alcanza el 55%.[i]

Sin embargo, en las esferas de toma de decisiones su presencia disminuye drásticamente. En toda la historia del país sólo hemos tenido seis gobernadoras y en la actualidad no hay ninguna. En las presidencias municipales de 2013, las mujeres apenas llegaban al 8%, uno de los índices más bajos de América Latina. En los gabinetes presidenciales, las secretarias de Estado nunca han representado más del 15% e históricamente se han concentrado en Turismo (1994, 2000, 2006, 2012), Desarrollo Social (2000, 2006, 2012), Contraloría General de la Federación (1988, 1994) y Relaciones Exteriores (1994, 2006). Recientemente ha sido nombrada una procuradora, situación que ya se había dado en 2011.

La exclusión de las mujeres es aún más drástica en las grandes compañías del sector privado. En México, su participación en los consejos directivos de las empresas que cotizan en la Bolsa de Valores apenas alcanza el 7% para el año 2013. Según cifras arrojadas por mi propia investigación en 2012, sólo el 5% de las presidentes (CEO's) de las grandes corporaciones del país eran mujeres, y dentro de los cargos ejecutivos más importantes debajo de esta posición (direcciones generales) su presencia apenas alcanza el 13%. En las grandes empresas nacionales la exclusión de las mujeres en puestos clave es más drástica, ya que sólo hay un 10% (frente al 15% en las corporaciones extranjeras).

Además, las mujeres se concentran en ciertas posiciones como las direcciones generales de Relaciones Publicas (48%), Mercadotecnia y Comunicación (29%) y Recursos Humanos (21%). Su participación disminuye notoriamente en las de Operaciones e investigación (8%), Administración y Finanzas (5%) e Informática y Sistemas (2%). La ausencia de las directivas de estas últimas áreas a menudo implica un aislamiento de los cargos que confieren responsabilidades funcionales y mayores oportunidades de ascenso en la carrera.

Por otro lado, el notable incremento femenino en la fuerza laboral y el hecho de que en muchas parejas el ingreso ya no dependa basicamente del hombre no han transformado siginificativamente la carga de las responsabilidades familiares. En nuestro país, la mujeres dedican hasta 42 horas por semana a las tareas no retribuidas en el hogar. De hecho, muchas de las jóvenes que se dedican al trabajo doméstico fueron consideradas erróneamente como "ninis" (ni estudian ni trabajan) en encuestas recientes.

Las mujeres se enfrentan a una constante presión para cumplir sus responsabilidades en todos los frentes, lo cual se agudiza en los cargos de dirección regidos por "horarios masculinos", donde el buen desempeño se vincula con largas jornadas laborales, sin que esto lleve necesariamente a una mayor productividad o mejor uso del tiempo. A esto se suman una gran cantidad de encuentros informales donde realmente se cierran los tratos de negocios y los acuerdos políticos, como son las citas para comer en restaurantes, "echarse una copa" o jugar un partido de golf.

A pesar de que en estos niveles muchas mujeres no realizan directamente el trabajo doméstico sino que más bien lo supervisan, tienen las responsabilidades de una especie de "doble gerencia", ya que deben asegurarse de que todo funcione bien en la casa y en el trabajo.

No es raro que, ante las cargas desiguales y otros factores, como las exigencias de las compañías y la probabilidad de que ganen más que su pareja, tomen la decisión de no casarse o de una eventual separación. De hecho, tanto entre las políticas como entre las ejecutivas encontramos un alto índice de mujeres que son divorciadas, solteras o viudas. Todo parece indicar que, para hacer pareja, ellas buscan un hombre que no ha llegado, mientras ellos se aferran a una mujer que ya no existe.

Mientras esto se resuelve, las instituciones debieran tener mejor colocados sus radares para combatir el machismo y las diferentes formas de discriminación en el empleo, no permitir que se etiqueten prejuiciosamente las ocupaciones consideradas "femeninas" y las que no lo son, y dejar de reproducir prácticas que excluyen la presencia de mujeres en los cargos de decisión más importante. A la par, las organizaciones laborales también debieran promover la equidad para los hombres, abriéndoles sus vacantes como secretarias(os) y recepcionistas y ampliando las licencias de paternidad que, en nuestro país, apenas se incorporaron de forma obligatoria a la Ley del Trabajo hace un año y tan sólo son de cinco días.

[i]Las cifras se obtuvieron de las bases del INEGI, de la ANUIES, y de otros datos generados en mis propios proyectos de investigación. Para obtener una información ampliada sobre las cuestiones aquí tratadas y las fuentes específicas consultar mi artículo "Las mujeres en los ámbitos de poder económico y político de México" en Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, UNAM, enero-marzo 2015.