¿De veras necesita la cultura una secretaría?

Y lo que parecía que no iba a pasar, pasó: hace unos días se anunció la creación de la Secretaría de Cultura, un hecho celebrado casi unánimemente, pero en general con reservas. Y es que, como dice Alberto Ruy Sánchez en su artículo para Tribuna, al día de hoy la noticia trae, sobre todo, interrogantes. ¿Cuántos problemas soluciona realmente la creación de una secretaría, y cuantos puede acarrear? Esta medida, ¿implica un cambio de fondo o son apariencias y nada más? ¿Qué significa, en los hechos y las leyes, este cambio de estatus?

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Secretaría de Cultura

Rafael Pérez Gay

Escritor y editor.

La iniciativa del presidente Peña para crear una Secretaría de Cultura es una buena noticia. Pongo mis asegunes: siempre y cuando no la pongan obesa de burocracia, siempre y cuando no nombren en ese cargo a políticos trepadores (¿hay de otros?), siempre y cuando, el secretario sea un lector, siempre y cuando no sea no sea un escritor fracasado el que encabece a la institución.

O sea, hay una baja posibilidad de que esa secretaría resulte un éxito. Como dice un amigo: nadie pide a un Jorge Semprún al frente, pero la verdad es que la mayor parte de nuestra burocracia cultural está para el arrastre lento. Es lenta y pacata, cuidadosa hasta el miedo, poco audaz y nada imaginativa.

Por lo demás, esa Secretaría puede ser la oportunidad de poner en la mesa pública los dilemas del Estado cultural. Al mismo tiempo una puerta abierta para debatir sobre "la excepción cultural", esa forma de la diversidad que Miterrand y Jack Lang pusieron en acción en los años 80 en Francia y con la cual recuperaron la industria editorial y el cine, ni más ni menos.