¿De veras es tan listo el Chapo?

Asómense las redes sociales, lean a los articulistas en la prensa, escuchen a los especialistas en la radio o la TV. Las explicaciones a la fuga del Chapo Guzmán, oscilantes entre el conspiracionismo más demencial y predecible –aquello de que el capo es realmente parte del sistema–, el análisis mesurado pero siempre perplejo y el escarnio satírico de las autoridades, ofrecen, más allá de la fuga misma, un diagnóstico del país y del modo en que lo percibimos, es decir, de la medida de nuestra confianza en los guardianes del orden, de nuestro respeto por los que diseñan políticas o leyes, de las sensación creciente de que la corrupción ya no deja resquicios. De ahí la pertinencia de la pregunta de esta semana en Tribuna: ¿de veras es tan listo el Chapo?

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La noticia no es la fuga

Ernesto López Portillo

Director y fundador del Instituto para la Seguridad y la Democracia (Insyde).

En estricto sentido, la segunda fuga de Joaquín Guzmán Loera (El Chapo) no trae mayores novedades. El valor del acontecimiento parece estar más bien en su potencia simbólica y no tanto en su constatación empírica. Cualquiera que haya puesto atención a los diagnósticos sobre el sistema penitenciario mexicano sabe que los espacios de encierro suelen ser microcosmos de la precaria institucionalidad en la que se encuentran los aparatos de seguridad pública y justicia penal. Es posible afirmar que esos lugares reproducen fenómenos regulares de autogobierno y violación sistemática a la ley y los derechos humanos. El caldo de cultivo está ahí desde hace mucho. De hecho, cada vez se han producido más estudios empíricos para demostrar la urgencia de la reconstrucción del sistema referido. Especialmente grave ha sido corroborar que el Estado no logra contener el crimen, el de terceros y el de sus propios operadores, ni siquiera adentro de las cuatro paredes que están formalmente bajo su control.

La noticia no es la fuga. Más bien la noticia es que la fuga no sorprende. No es sorpresa para los especialistas que vienen documentando la crisis estructural de las prisiones, pero tampoco lo es para el ciudadano de a pie. Salí a la calle a preguntar: nadie, ni una sola persona me ha dicho lo contrario. Hay quienes me relatan incluso que su primera reacción fue reír. Ríen porque no creen absolutamente nada de la información hecha pública en torno a la fuga y se sienten tratados como tontos a quienes lo más fácil es engañar. Ríen porque es lo único que les queda, me cuentan.

Yo no me río. Ni por la fuga, ni por el juego de bromas y escarnio que la misma viene convocando entre miles en las redes sociales. Pero lo relevante no es si a mí o a alguien le gusta o no la mofa masiva. Lo importante es que la fuga nos ha recordado con especial potencia que en el espacio público a nadie convence el principio según el cual "nadie está por encima de la ley". Vaya, ni los niños que vengo escuchando le dan crédito a la idea de que en México la ley vale más que el poder de cualquiera.

La fuga no es novedad porque está masivamente asimilada la idea de que, en la práctica, la ley está disponible para el que sabe y puede manipularla. Lo he escrito antes: en México la ley parece más un bien disponible, una herramienta que beneficia a quien sabe usarla. Pero el caso de Guzmán Loera va más allá porque parecen combinarse dos poderes: el de pasar por encima de la ley y el de pasar por encima de las instituciones públicas, mismas que, lo sabemos, desde hace mucho no merecen la confianza y el apoyo por parte de la mayoría. Acaso de ahí viene la apología masiva en torno al sujeto, un criminal venido a "héroe" porque sabe ganar y por esa vía "pone en su lugar" a quienes, desde la autoridad, de todos modos no logran convencer de en efecto estar del lado de la ley.