¿De veras es tan listo el Chapo?

Asómense las redes sociales, lean a los articulistas en la prensa, escuchen a los especialistas en la radio o la TV. Las explicaciones a la fuga del Chapo Guzmán, oscilantes entre el conspiracionismo más demencial y predecible –aquello de que el capo es realmente parte del sistema–, el análisis mesurado pero siempre perplejo y el escarnio satírico de las autoridades, ofrecen, más allá de la fuga misma, un diagnóstico del país y del modo en que lo percibimos, es decir, de la medida de nuestra confianza en los guardianes del orden, de nuestro respeto por los que diseñan políticas o leyes, de las sensación creciente de que la corrupción ya no deja resquicios. De ahí la pertinencia de la pregunta de esta semana en Tribuna: ¿de veras es tan listo el Chapo?

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Una acreditación dudosa

Juan Salgado

Profesor investigador del CIDE.

La reciente fuga de Joaquín Guzmán Loera El Chapo del Centro Federal de Readaptación Social (CEFERESO) del Altiplano ha desatado reacciones mediáticas y sociales que oscilan desde apologías a sus habilidades delictivas, hasta acusaciones concisas de corrupción. Hay dos referencias comunes en tan diversas aproximaciones a un mismo fenómeno. Por una parte, se destaca la incongruencia de que la fuga se haya producido en un centro penitenciario de máxima seguridad. Por otra, se señala la necesidad de lo que la literatura penitenciaria en inglés llama un inside job; es decir, la colaboración de personal penitenciario para hacer posible la fuga.

El confinamiento de internos altamente peligrosos tiene una importancia simbólica para legitimar al sistema de justicia penal y una importancia funcional para proteger a la sociedad. Desde el punto de vista práctico, esto requiere de políticas y servicios de seguridad penitenciarios que mantengan a los internos de alta peligrosidad dentro de los muros de las prisiones. Esto es en extremo primordial para quiénes no sólo han reincidido en el delito, sino en la fuga, como es el caso del Chapo Guzmán. Parece simple y obvio, pero son objetivos que el sistema penitenciario mexicano no ha logrado con éxito. Además de la falta de mecanismos efectivos para combatir la corrupción interna (es preciso recordar que el personal de seguridad del CEFERESO del Altiplano ha pasado por controles de confianza), tampoco ha logrado establecer estrategias que identifiquen y atiendan efectivamente los riesgos relacionados con el tratamiento a delincuentes de tan alto perfil.

Las imágenes que se han hecho públicas de un túnel de 10 metros de profundidad, 1.5 kilómetros de longitud, iluminado, ventilado y con capacidad para que circule una motocicleta, hacen imposible pensar que esto se haya realizado sin colaboración del personal penitenciario y apuntan hacia la necesidad imperiosa de priorizar el control de integridad de estos funcionarios públicos entre el conjunto de reformas para este sector.

Entre febrero de 2011 y enero de 2012, este CEFERESO invirtió en capital humano e infraestructura para cumplir con los 127 estándares para lograr la acreditación de la Asociación de Correccionales Americana (ACA). Cuarenta de esos estándares corresponden a la Dirección de Seguridad del CEFERESO y se reportaron como cumplidos. ¿Realmente el Chapo y sus cómplices tienen capacidades extraordinarias para burlar a una Dirección de Seguridad tan formalmente acreditada o la acreditación es incongruente con las prácticas reales?

En el Informe de la Acreditación del CEFERESO del Altiplano en 2012 se notificaba que 81 de sus internos pertenecían al Cartel de Sinaloa y que debido al perfil delictivo de esos internos se les mantenía en grupos separados. ¿Cómo es posible, entonces, que el Chapo haya estado en cercanía de miembros de su cártel, mismos que lo ayudaron a salir y se fugaron con él? En ese mismo informe, se da cuenta de que la Dirección de Seguridad logró que los sistemas de vigilancia fueran monitoreados continuamente e invirtió en infraestructura para fortalecer la seguridad interna y perimetral del CEFERESO, incluyendo la compra de sensores tecnológicamente avanzados para proteger de riesgos en ductos y azoteas. Si la vigilancia fue acreditada como efectiva, ¿por qué demoró el aviso de fuga del Chapo? Y ¿cómo pudieron los delincuentes conocer los requerimientos técnicos para excavar un túnel que no activara los sensores de alta tecnología?

La Encuesta realizada en 2012 por el CIDE en ocho centros penitenciarios federales (incluyendo el CEFERESO del Altiplano) da a conocer asimismo que más de la mitad de los internos ha sufrido malos tratos por parte del personal penitenciario. Los testimonios de privilegios en el trato al Chapo, documentados en varios medios, tampoco contribuyen a confiar en la actuación del personal penitenciario. Hacia el interior la autoridad necesita fortalecer el análisis estratégico de riesgos endógenos (corrupción de personal penitenciario) y exógenos (actuación de la delincuencia organizada); hacia el exterior es necesario generar mecanismos transparentes de rendición de cuentas y hacer que los membretes de acreditación concuerden con la práctica.