¿De quién es la ciudad?

Nuestras disculpas por el terminajo, pero llegó para quedarse. Hablamos de gentrificación cuando una zona de clases bajas o medias bajas es repoblada por la burguesía. No son pocas sus ventajas: los barrios se embellecen, se vuelven seguros, se llenan de cultura y buena comida. Pero hay costos: se dispara la inflación, los especuladores descorchan la champaña y las distancias entre pobres y ricos crecen en un sentido literal. La gentrificación es entonces el síntoma por excelencia de la vida urbana actual: pensarla, discutirla, equivale a pensar el tipo de ciudad en la que queremos vivir.


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La uniformidad del precio alto

Alonso Ruvalcaba

Poeta, crítico gastronómico y restaurantero. Le debemos Bretón.

Nadie en su sano juicio puede desear una ciudad más jodida, más insegura, peor atendida. Pero la gentrificación –o aburguesamiento o elitización o, mi favorita por su puritano soniquete, adecentamiento– no sólo implica más lana, más seguridad, mejores servicios para el barrio. También puede implicar la extirpación del vecino “de siempre” y el establecimiento de una terrible uniformidad: la uniformidad del precio alto.

Todo barrio se enriquece de la variedad. Pensemos en comida. Es cierto que en el todavía muy joven Mercado Roma, en la calle de Querétaro, hay una oferta relativamente rica de alimentos. También está centralizada. Hay una panadería, una muy buena tortería (La Barraca Valenciana), una carnicería, una tienda de vinos, una taquería y varias decenas de locales más… Todos uniformemente caros. De madrazo, Querétaro entre Monterrey y Medellín quintuplicó su cheque promedio. Por ahora, la tortería que está junto al mercado y los tacos de la esquina siguen operando con normalidad. ¿Cuánto aguantarán? ¿Cuánto antes de que a un barbero hípster o un mixólogo de los nuevos decida que es buena idea instalarse junto a Mercado Roma y empiece a preguntar en cuánto andan las rentas? ¿Cuánto para que empiece a salivar algún casero?  Un artículo reciente en Letras Libres puso en tela de juicio, muy sanamente, la instalación del hiperdecente Mercado Roma en la calle de Querétaro. “Si consideramos la naturaleza de la especulación inmobiliaria en el DF”, dicen los autores de ese texto, “en el momento en que [esa] calle […] se ‘revitalice’ (forma amable de referirse a su gentrificación), los precios de la misma aumentarán y las comunidades que ya existen ahí se verán, inevitablemente, amenazadas con el desplazamiento”.

Apelar a la tiendita de la abuela o al puesto de la esquina como argumento puede ser fácil. Pero vean esto: con el adecentamiento del lado sur de la colonia también han ido desapareciendo los dílers que solían rondar en sus vochos la esquina de Querétaro y Medellín. Ustedes dirán: ¡Qué bueno!, pero esos dílers también son pequeños empresarios, y proveían grapitas de cocaína más o menos bien servida a buena parte de la vecindad –y me incluyo– a precios mucho más accesibles que los gandallas dílers que ahora circulan, no en vocho sino en Passat, por Tonalá o Colima y pasan a dejar sus paquetes a restaurantes mamones. (Ahora que lo pienso la desaparición de esos dílers nos puede salvar de los pinches tiras que andan por ahí nomás cazando a ver a qué peatón se atoran para sacarle una mordida.) Ya sé que el caso del díler desaparecido no me va a hacer ganar ningún juicio, pero ese díler es nada más el lado ilegal de la moneda: el legal es la abuela de la tiendita.

El jodido no tiene calle en ese mundo.  

 

Posdata o nota mental. Tengo un restaurante: la rosticería Bretón. Está en un barrio de rosticerías: los alrededores del metro Chapultepec, donde también están Pollos Ray, Chicken Pollos y la rosticería de la panadería Condesa. Se parece a ellas pero no demasiado. Es más caro; procura productos orgánicos. Por ahora Bretón podría apostrofarse “de barrio” pero ¿y si el barrio cambiara, si de pronto otro y otro local adecentado se estableciera en Zamora o en Vasconcelos, y si estos nuevos locales desplazaran a la señora de las quesadillas de afuera de la tienda del IMSS, donde comemos por lo menos una vez a la semana, o al de las carnitas a la entrada del metro o, peor, a alguna de las otras rosticerías? ¿Bretón habría de verse como el principio del problema? Mejor no pensar en eso.