¿De quién es la ciudad?

Nuestras disculpas por el terminajo, pero llegó para quedarse. Hablamos de gentrificación cuando una zona de clases bajas o medias bajas es repoblada por la burguesía. No son pocas sus ventajas: los barrios se embellecen, se vuelven seguros, se llenan de cultura y buena comida. Pero hay costos: se dispara la inflación, los especuladores descorchan la champaña y las distancias entre pobres y ricos crecen en un sentido literal. La gentrificación es entonces el síntoma por excelencia de la vida urbana actual: pensarla, discutirla, equivale a pensar el tipo de ciudad en la que queremos vivir.


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Nuestra escasa gentrificación

Alejandro  Hernández Gálvez

Arquitecto. Director editorial de Arquine.

El origen del término ya es chocante. Viene de gentry, la nobleza, los de buena cuna, los de arriba, ustedes los ricos. Lo acuñó en 1964 Ruth Glass, socióloga británica de origen alemán. Pensaba que cuando los políticos hablaban de regeneración urbana era un eufemismo y que realmente se trataba de gentrificación. En la visión de Glass, el círculo que implicaba que las clases trabajadoras, con escasos recursos, vivieran en zonas depauperadas, con mala o nula infraestructura y servicios, donde el costo por metro cuadrado era, por tanto, muy bajo, propiciando que algunos, invirtiendo poco, pudieran hacerse de construcciones que luego renovarían, no era para nada virtuoso. Pero la regeneración per se no es mala, al contrario: es necesaria. La ciudad debe ser constantemente reconstruida, sea la Roma de los Césares, el París de Hausmann o la ciudad de México. El problema es que esto no ocurra sin que se dé la llegada de nuevos habitantes con mayor poder económico. Tampoco esta movilidad es algo malo en sí; es incluso una característica urbana. En una ciudad es raro pasar la vida entera en la misma casa, ni siquiera en el mismo barrio: la gente se muda y es buena idea comprar una casita con lo mismo que en otra zona se paga por un departamento pequeñísimo. Pero Luis Barragán y Enrique del Moral, al construir sus casas en la calle General Ramírez, no gentrificaron Tacubaya.

El problema, entonces, es la expulsión de los más pobres. La inequidad es lo de hoy. No sólo porque nos reconozcamos como parte del 99% o porque un grueso tomo de economía que trata el tema se convierta en best-seller. Se supone que antes no era igual. No es consuelo, pero en un mismo edificio del París del XIX vivían el burgués en el primer piso y los sirvientes en las buhardillas. Hoy la distancia es de kilómetros. Incluso si el gobierno pretende aminorar sus efectos, la segregación persiste. En Nueva York, donde una ley exige incluir vivienda para los menos favorecidos en los edificios nuevos, el Departamento de Vivienda y Preservación aprobó, para escándalo de muchos, un condominio con dos entradas: la de pobres y la de ricos.

En la ciudad de México la gentrificación actúa con modalidades acaso particulares. En el Centro Histórico han fracasado varios intentos. La Roma y la Condesa, o la Santa María la Ribera y la Juárez, nacieron gentrificadas y hoy viven un segundo o tercer aire. Nadie habla de gentrificación en las Granadas, con todo y su pretencioso cambio de nombre, sus museos y su exuberante arquitectura. Falta ver si se pueden gentrificar la Portales o Vallejo: el oriente de la ciudad es, simplemente, otra ciudad.

Será que la gentrificación exige una clase media más o menos compacta, económica pero también ideológicamente, sean jipis o hipsters, y aquí la clase media, si es algo más que una abstracción, es vaga, difusa. Por eso nuestra gentry se concentra en dos o tres colonias y olvida casi el resto o se dispersa sin generar la reacción en cadena. Eso revela algo que ya era obvio: no es la galería ni el restaurante orgánico, no son los lofts de doble altura, ni las bicis y los camellones. Es todo junto y sobre todo son las redes sociales --no las virtuales, tan de moda, sino las otras, callejeras, de vecinos, de intereses compartidos. Si las redes son débiles, no hay gentrificación, pero si se cierran demasiado a la expulsión se suma algo peor: la exclusión del otro, la exclusividad idealizada. Ese es el momento cuando los gentrificadores originales deciden huir y buscan nuevos territorios para reiniciar el proceso.