¿De quién es la ciudad?

Nuestras disculpas por el terminajo, pero llegó para quedarse. Hablamos de gentrificación cuando una zona de clases bajas o medias bajas es repoblada por la burguesía. No son pocas sus ventajas: los barrios se embellecen, se vuelven seguros, se llenan de cultura y buena comida. Pero hay costos: se dispara la inflación, los especuladores descorchan la champaña y las distancias entre pobres y ricos crecen en un sentido literal. La gentrificación es entonces el síntoma por excelencia de la vida urbana actual: pensarla, discutirla, equivale a pensar el tipo de ciudad en la que queremos vivir.


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    1. Alejandro  Hernández Gálvez

      Nuestra escasa gentrificación

      Arquitecto. Director editorial de Arquine.
    2. Alonso Ruvalcaba

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      Poeta, crítico gastronómico y restaurantero. ...
    3. Felipe Leal

      Un proceso inevitable

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En defensa del orden natural

Alejandro D' Acosta

Arquitecto

La ciudad se reinventa todos los días no por planificación, sino por el producto, como la llaman los biólogos, de la " inteligencia colectiva". ¿Qué pájaro decide hacia dónde y cuando viaja la parvada? o ¿por qué todos vuelan al mismo tiempo, creando estas formas alucinantes en el aire?, son cosas inexplicables a simple vista. La ciudad funciona de la misma forma: es parte de un proceso biológico en constante evolución y adaptación. Todos reaccionamos a los mismos estímulos inconscientes y estamos en constante movimiento. La ciudad crece y se trasforma sin descanso. El crecimiento urbano es, entonces, más fácil entenderlo desde el punto de vista de la biología. Somos un "virus" que muta y se recrea constantemente, adaptándose a su propio desarrollo. Los urbanistas (una raza, por cierto, en extinción) piensan que este proceso es justo a la inversa.

El fenómeno de " gentrificación", es decir reciclar la ciudad que ha llegado a la madurez –pues de eso se trata: de reciclar barrios--, es escribir la historia en un libro, lo cual parece ser algo muy llamativo para la memoria colectiva. Cuando reciclamos un barrio --que propiamente ya evoluciona desde algunas generaciones atrás-- la búsqueda de sentido comunitario cambia, sustituimos algún engrane de la “relojería urbana” para que la maquinaria se reinvente. Esto es el principio básico de "hacer ciudad". La ciudad va mutando en algún sentido, los espacios regenerados van cohabitando con la historia, con los personajes que se han convertido en un hito,  que están insertos en la memoria colectiva. Somos lo que recordamos: ¿quién no recuerda al maletero de la calle de Michoacán de la colonia Condesa? Heredamos los espacios a través de la vivencia de las personas, y eso humaniza el espacio. Estos procesos de acomodo y reacomodo renuevan el flujo sanguíneo.

Pero cuando termina el proceso de mutación de la ciudad ya madura, aparecen en el entorno los señores del dinero en contacto con la corrupción, mismos que hemos heredado y seguimos alimentando. Los especuladores, como desarrolladores, lucran vendiendo el deseo de pertenecer de las nuevas generaciones, y así deshumanizan la ciudad. Gente como "los  Sánchez ", por ejemplo, siguen destruyendo inmuebles históricos catalogados en la colonia Condesa y ahora en la Roma, sustituyéndolos con espacios cool de mala factura. Ellos no consideran al barrio como un valor.

Por el contrario, existen muchos buenos ejemplos de "acupuntura urbana” --Barcelona, París--, ejemplos que demuestran que sí, que se puede regenerar el espacio urbano con calidad. Pero nuestras autoridades, atrincheradas de la opinión pública, aunadas a nuestra pobre participación ciudadana, permiten que sobrepoblemos la vía pública, asfixiando el entorno urbano. Necesitamos defender la escala humana: el orden natural.