¿Cuántas medallas ganaremos en Río?

La sensación es la misma de siempre: no hay una infraestructura, un programa ni una tradición que justifiquen el optimismo de cara a los Olímpicos, y sin embargo, aferrados que somos, una chispita de optimismo siempre sobrevive hasta en el más endurecido de los corazones mexicanos. Ese optimismo quedó parcialmente justificado en Londres, donde nuestra representación logró una buena cosecha. ¿Y en Río? ¿Algo ha cambiado para bien? ¿Regresarán nuestros atletas con una cantidad digna de medallas? ¿O nos espera una nueva desilusión, como esas que esperan siempre a la vuelta de la esquina, por ejemplo, a los aficionados al futbol?

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Sueño y realidad

Alberto Lati

Periodista deportivo.

Un techo que no luce demasiado alto: México sólo llegó a tres oros y nueve medallas totales cuando fue anfitrión de unos Juegos. Un techo, no obstante, sí lejano: hemos pasado por varios Olímpicos en los que nuestros atletas sólo acumularon un bronce. Un techo que, críticas al margen, se ha ido empujando en la última década y media: una tercera parte de las preseas mexicanas conquistadas a lo largo de la historia se ha cosechado precisamente entre Sídney 2000 y Londres 2012; la mejor de las etapas que haya vivido nuestro deporte es justo ahora.

¿Cuál sería el equivalente olímpico al quimérico quinto partido mundialista? Es decir: ¿cuál es el sueño muchas veces soñado y eternamente pospuesto en este evento? Desde mi perspectiva, más de dos oros y/o diez medallas totales. ¿Qué tan inaccesible es? Entendamos que las únicas delegaciones latinoamericanas que suelen estar en esos volúmenes son Brasil y Cuba.

El asunto es que tras no pocos problemas y polémicas, llegaremos a Río 2016 con posibilidades reales de obtener entre cuatro y ocho medallas.

Entre cuatro y ocho: muy pocas, si se considera el tamaño de nuestra población (aunque, bajo ese parámetro, países más populosos –India, Nigeria, Pakistán, Bangladesh– son mucho menos exitosos).

Entre cuatro y ocho: muchas, si se asume lo descuidado que ha estado nuestro deporte entre pugnas federativas, faltas de apoyo, deficiencias en preparación, tardía detección de talentos, inadecuadas metodologías, corruptelas, intereses, vacíos estructurales desde conceptos tan elementales como educación, salud pública y nutrición, con los preocupantes niveles de sobrepeso.

Con esos antecedentes, cada que un mexicano trepa al podio, no lo hace gracias al sistema, sino casi pese al mismo; cada que destaca al grado de colarse entre los mejores tres del planeta, evidencia su excepcionalidad; en términos del refranero, nuestros medallistas son garbanzos de a libra.

Ciertas disciplinas nos han salvado y es evidente que si las demás trabajaran tan bien como ellas, estaríamos mucho mejor; en clavados y taekwondo México pertenece a la indiscutible élite, un peldaño por detrás de la máxima potencia (en el primer caso, China; en el segundo, Corea del Sur); eso nos da argumentos para aspirar hasta a dos medallas en cada uno de estos deportes. En tiro con arco debería de llegar otra, a lo que podría añadirse alguna en triatlón (Crisanto Grajales) o en marcha (Guadalupe González).

Mención aparte, como aparte vive en el olimpismo, para el futbol. Visualizo al equipo dirigido por Raúl Gutiérrez entre los primeros. El plantel, el momento de ciertas individualidades como Hirving Lozano y Oribe Peralta, la aparente debilidad del resto, permite ser optimistas. Es verdad que el Tri no trae su mejor versión posible (por ejemplo, Jesús Manuel Corona daba la edad y se buscaba a Andrés Guardado como refuerzo), aunque eso aplica en mucho mayor medida para las diezmadas Alemania, Argentina y Portugal, más un Brasil excesivamente dependiente de Neymar y muy presionado.

Lo mínimo aceptable para nuestra delegación en Río son cuatro medallas (sí, por debajo sería un fracaso). Lo máximo aspirable son ocho. La diferencia entre hacer historia y seguir en lo mismo radicará en el color de los metales, en la cantidad de veces que el himno nacional suene en Río de Janeiro.

@albertolati