¿Cruzaremos la ciudad en canoa?

Ah, los chilangos: cada año nos sorprendemos por ver nuestra ciudad inundada, como si no fuera la ciudad de los aguaceros, como si no hubiera nacido encima de un lago, como si no hubiéramos entubado todos sus ríos, como si el cambio climático no jugara en nuestra contra o como si nuestros gobernantes fueran dados a estrategias sólidas y planes a largo plazo. La pregunta, pues, no es si seguiremos padeciendo inundaciones. La pregunta es si más nos vale aprender a remar. Esta semana, la Tribuna viste de chaleco salvavidas.

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Por sus aguas los conoceréis

Alejandro Rosas

Historiador. Último libro, con Sandra Molina: "Érase una vez en México 3" (editorial MR).

El actual gobierno de la Ciudad de México le ha dado por hacer del eufemismo una pieza fundamental en su política de comunicación. Y lo que para todos los habitantes de la capital del país son inundaciones, para el gobierno son encharcamientos; y lo que para el ciudadano común son verdaderas tormentas, para Miguel Ángel Mancera y su equipo son tan sólo lluvias atípicas. (Aplica también para el crimen organizado que no existe en el Distrito Federal en esta administración: son "incidentes aislados".)

Lluvias atípicas, sí, que se repiten una y otra vez desde hace años, desde antes de que comience propiamente el verano, y se extienden hasta el invierno. Es un hecho, Tláloc se ha vuelto inmisericorde con la capital del país: en temporada de lluvias el granizo, las inundaciones y los desbordamientos son el pan nuestro de cada día. Sin lugar a dudas, en la Ciudad de México sí llueve sobre mojado.

Érase una vez un lago

México está condenado a vivir entre las aguas porque resulta que alguna vez hubo un lago, que según los cronistas del siglo XVI "parecía un mar": en algunos puntos era imposible ver la ribera opuesta. Los aztecas eran nautas; si atendemos a la tradición histórica, Aztlán, de donde salió la peregrinación de tribus en el siglo XII, era una isla y por consiguiente hasta que no encontraron otra isla –donde fundaron Tenochtitlan– no estuvieron contentos, lo cual no ocurrió hasta el siglo XIV, en 1325 para ser exactos.

El pueblo del sol nunca vio el entorno lacustre como su enemigo. Al contrario, los aztecas supieron convivir con las aguas y construyeron una ciudad que tenía sus calles de tierra y agua; edificaron compuertas y crearon un gran dique –la albarrada de Nezahualcóyotl– para regular el nivel del lago.

Tenochtitlan nunca se inundó por cuestiones naturales, pero sí por la necedad de uno de sus gobernantes, Ahuízotl (tlatoani de 1486 a 1502), que en una ocasión se levantó caprichoso y con ganas de más agua de la que proporcionaba el acueducto de Chapultepec: la quería para mantener esplendorosos sus jardines. El señor de Coyoacán le advirtió al tlatoani que era muy peligroso; Ahuízotl hizo berrinche, lo mandó matar y ordenó que le abrieran la llave. Y como bajo advertencia no hay engaño, la ciudad se inundó en un santiamén y a tal grado que al intentar salir de su palacio anegado por las aguas, el tlatoani se pegó en la cabeza y pasó a mejor vida.

Consumada la conquista (1521), Cortés decidió fundar la nueva ciudad de México en el mismo islote donde alcanzó su grandeza Tenochtitlan. Las aguas lo tenían sin cuidado, su decisión fue política: no podía darse el lujo de fundar la nueva ciudad en tierra firme y dejar el islote para que se convirtiera en un símbolo de resistencia. El problema fue que para los españoles el agua no significaba nada, lo importante eran la tierra y el estatus que esta concedía.

Así que en 1521 los españoles le declararon la guerra al gran lago y desde principios del siglo XVII comenzaron la obra pública más grande y que más tiempo se ha llevado en toda la historia de México: el desagüe del Valle de México. El objetivo era muy simple: sacar toda el agua del Valle. La obra rebasó dinastías, virreyes, presidentes, formas de gobierno y todo lo habido y por haber, y el que finalmente la concluyó fue el gobierno de Porfirio Díaz.

Durante tres siglos, los mexicanos se la pasaron de inundación en inundación; la peor fue la de 1629, que mantuvo la ciudad de México bajo las aguas durante tres años. En varias ocasiones se pensó refundar la capital novohispana: parecía la solución adecuada, en vez de pensar en hacer las paces con el lago y llegar a un entendimiento, como muchas ciudades europeas lo habían hecho aprovechando los ríos dentro de su propia traza.

Por momentos, los carruajes cedían su lugar a las canoas. Hay varias obras de arte colonial que retratan las procesiones a la Basílica de Guadalupe en canoas y la gente mirando desde los segundos pisos o las azoteas de las construcciones.

Hacia la segunda mitad del siglo XIX, el gran lago del Valle de México no había sido derrotado. Todavía era tan extenso que se crearon varias compañías que prestaban el servicio de barcos de vapor como paseo de fin de semana o para transportar mercancías. Sí, barcos de vapor en toda le extensión de la palabra; no trajineras, no canoas, barcos. La Venecia mexicana que fue destruida.

Érase una vez los ríos

Ya entrado el siglo XX, con el lago desecado en su mayor parte, el sistema político surgido de la Revolución le dio la puntilla final a las aguas del Valle de México. Nunca hubo una planeación urbanística que proyectara el crecimiento de la ciudad a largo plazo y tomando en consideración el medio ambiente como punto de partida para la urbanización.

La capital creció sin orden ni concierto, pero, sobre todo, la corrupción del sistema permitió que la gente se asentara en terrenos irregulares, en barrancas y cerros, juntos a los antiguos ríos, o autorizó, por un ánimo clientelista, la creación de colonias en donde el viejo lago tuvo su lecho durante miles de años. Valle de Chalco o Ciudad Nezahualcóyotl son los mejores ejemplos.

Por si fuera poco, como si acabar con el lago no fuera suficiente, por qué no hacer lo propio con los ríos que corrían libremente por el Valle de México; por qué no cubrirlos con ríos de asfalto. Así inició una cruzada sin precedentes contra decenas de ríos que corrían por los cuatro puntos cardinales de la ciudad. De pronto los ríos La Piedad, Churubusco, San Joaquín, Consulado, Mixcoac, entre muchos otros, fueron entubados para trazar vías rápidas; otros fueron utilizados para desechar las aguas negras.

En 2016 la conclusión es más que clara: la Ciudad de México está condenada a vivir bajo las aguas cíclicamente. A la naturaleza no le importa la corrupción de los partidos políticos ni los eufemismos del jefe de Gobierno; la naturaleza ocupará el espacio que siempre fue suyo. Sin imaginación, sin planeación urbanística, sin orden para la ciudad, la batalla está perdida, aunque sea víctima de los "encharcamientos" provocados por las lluvias "atípicas" que siempre han caído en el Valle de México.

Quizá el reflejo más claro de la tragedia citadina se encuentra en una de las últimas obras públicas realizadas en la capital. ¿Qué puede esperar una ciudad cuando el segundo piso del Periférico se inunda?