¿Cruzaremos la ciudad en canoa?

Ah, los chilangos: cada año nos sorprendemos por ver nuestra ciudad inundada, como si no fuera la ciudad de los aguaceros, como si no hubiera nacido encima de un lago, como si no hubiéramos entubado todos sus ríos, como si el cambio climático no jugara en nuestra contra o como si nuestros gobernantes fueran dados a estrategias sólidas y planes a largo plazo. La pregunta, pues, no es si seguiremos padeciendo inundaciones. La pregunta es si más nos vale aprender a remar. Esta semana, la Tribuna viste de chaleco salvavidas.

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La ciudad de las inundaciones

Alejandro  Hernández Gálvez

Arquitecto. Director editorial de Arquine.

A principios de 1803 Alexander von Humboldt llegó a México. Recorrió el país por poco más de un año. Al regresar a Europa, empezó a preparar la publicación de sus distintos estudios sobre el continente americano. A los dos tomos de su "Ensayo político sobre el reino de la Nueva España" los acompañó un "Atlas geográfico y físico", impreso en París en 1811. De las 20 láminas que lo conforman, cuatro son secciones o "perfiles" del territorio mexicano. Una traza el camino de Acapulco a México y otra de ahí a Veracruz. Si se unen las dos láminas queda expuesta la condición de la región que el mismo Humboldt calificó como "la más transparente del aire". El Valle de México es lo que los geógrafos llaman una "cuenca cerrada": un cuenco formado por una planicie a más de dos mil metros de altura, rodeada por montañas que, en algunos casos, rebasan los tres mil. No hay salida natural del agua y toda la que llueve y escurre de aquellas montañas se estanca en el poco permeable suelo. Así se formaron los lagos. En un islote en el centro de uno de esos lagos se fundó, por designio divino o por ser el único sitio disponible, Tenochtitlán, que a los europeos llegados a principios del siglo XVI les pareció, con su retícula de canales y calzadas, portentosa. Los geógrafos venecianos recibieron con gran interés las noticias sobre Temistitán, una ciudad que les serviría de ejemplo para entender cómo manejar el agua. Pero los conquistadores no mantuvieron por mucho el equilibrio. Pelearon tanto con el territorio como con sus habitantes. A la larga siempre ganaba el agua.

Tras constantes y prolongadas inundaciones, a principios del siglo XVII le encomendaron a Heinrich Martin, mejor conocido como Enrico Martínez, los trabajos para el desagüe de la cuenca. Otra de las láminas del "Atlas" de Humboldt muestra una sección del Canal de Huehuetoca, también conocido como el Tajo de Nochistongo, la obra que emprendió Martínez y que no estaba lista cuando en 1629 la ciudad padeció otra inundación que duró varios años.

Desde entonces no han cesado las grandes obras, cada vez más complejas y costosas, para sacar el agua de la ciudad y otras tantas para traer agua potable. También son cada vez más quienes nos explican que el agua, aquí, no es un accidente sino una condición. Las lluvias que cada año se califican como "atípicas" no lo son. Llueve más, es cierto: el clima local y el mundial están cambiando. Lloverá más, quizá, pero lo podemos prever. Lo atípico, pues, no son las lluvias, sino la lucha, vieja ya casi de cinco siglos, contra lo que aquí resultaría natural: la acumulación del agua que llueve o escurre de las montañas. Seguimos pensando al lago posible como una amenaza o una promesa demasiado lejana. Se prefiere construir un nuevo aeropuerto en el lecho del lago seco sin siquiera plantear recuperarlo. Se planean autopistas elevadas o subterráneas en calles que aun llevan el nombre de los ríos que ocultan. Y la "vuelta a la ciudad lacustre" o los ríos recuperados se suponen empresas imposibles: costosísimas y casi interminables. Utopías.

La verdad es que cada charco debiera verse como una cisterna desperdiciada. Cada calle anegada como un río en potencia. Hay que evitar aquellas condiciones que ponen en riesgo los bienes y, peor, las vidas de los habitantes de la ciudad, pero cambiando estrategias que ya se han probado erróneas. En una ciudad donde, cuando no se inunda, el agua escasea, lo atípico, insisto, no son las lluvias.