¿Corresponde a los senadores “defender” a la familia?

Tuvimos una semana de significados únicos: la FIFA dijo que “puto” sólo puede traducirse como “gay” y José María Martínez aseguró que la única familia digna del título es la de un hombre y una mujer casados que procrean hijos. Evidentemente, con esa definición dejó fuera del diccionario a varios millones de personas. Pero tal vez la pregunta que debemos responder es: ¿Debe ser atribución del Senado “defender” a la familia? ¿Es procedente, pues, la existencia misma de una Comisión destinada a tal fin?

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    1. Sabina Berman

      La familia del senador ...

       Escritora.
    2. Angélica De la Peña

      Simplemente, la Constitución

      Senadora por el PRD.
    3. Hugo S.  Ramírez García

      Familia y derechos humanos

      Investigador de Derecho de la UP.

La familia como comunidad

Eduardo Garza

Editor de Ixtus. Autor de El reto de humanizar.

Ayer tuve el gusto de compartir conversación y cena con una pareja de amigos a la que hace años, cuando tenían tres meses de embarazo, les fue pronosticado por un médico que su hijo nacería con síndrome de Down. A pesar de la presión del sistema hospitalario, la de algunos cercanos y la de sus propios fantasmas, decidieron seguir con adelante con su embarazo. Largas semanas después recibieron a un niño que, para sorpresa de todos, nació sin el temido síndrome.

Se trata sin duda de un niño afortunado y especial, gestado no sólo en el orden de la espera, sino en el de la esperanza; querido no tanto por lo que podría hacer, sino por lo que podría ser, por lo que ya era.

Pero se trata también de un espejo único en el que se refleja no sólo lo que muchos somos, sino lo que estamos invitados a ser para otros. Somos hijos de la confianza, de una promesa lanzada como desafío frente al futuro, frente a su carácter impredecible. Es cierto que el derecho a ser concebidos en un acto de amor consciente, ese que Chinchachoma defendiera como el primero de los derechos humanos, no es siempre respetado (no son pocos los que fueron engendrados en la biología aunque no en la dignidad), pero lo es también que quienes fuimos notificados de nuestro valor intransferible nos sentimos llamados a compartir la estafeta del amor, su inconfundible gozo, con otros.

Esta vivencia y esta reflexión me sirven para proponer y compartir la visión que describe a la familia, como una comunidad de amor y vida.

¿Qué implicaciones tiene esta descripción?

En primer lugar la noción de comunidad implica reconocer que la pertenencia a una familia no está sustentada en el hacer, sino en el ser; que más allá de satisfacer necesidades mutuas, nos vinculamos para celebrar y compartir la existencia misma; que no nos vinculamos en virtud de un contrato, sino de una alianza: que es esa nuestra metáfora fundante.

Entender a la familia así supone además entender que su dinamismo es necesariamente contagioso (es decir fértil, incluyente), que es una realidad móvil, transitoria, que se nutre de diferencias al tiempo en que alimenta lo mejor que hay en nosotros.

Supone también, por supuesto, una noción de límites que, siguiendo la tradición ética, cada quien debe imponer y reconocer sobre sí mismo. Recientemente escuché la expresión “familia unipersonal”. Me quedé pensando si es válida. También me quedé pensando que los activismos no permiten matices, que no muestran sus inseguridades, sus búsquedas ni sus dudas y que cuando la discusión moral se reduce a su dimensión política, a la arenga callejera, no acepta ya la fuerza del razonamiento: esa que el Estado debería simplemente propiciar.

Estas reflexiones, apresuradas, sólo hablan de la necesidad de proponer un encuadre no para “dar la razón” a alguno de los activismos encontrados, sino para honrar los aportes de uno y otro bando cimentando una propuesta a la altura de nuestros valores y de nuestro tiempo.

La conciliación de opuestos está en el corazón de la tradición filosófica, como está en el centro de la promesa ética regalarnos criterios nuevos para resolver esas viejas discusiones –trabadas, ideológicas– que, como los zombis, reviven cíclicamente para ocupar un espacio en el debate público y el imaginario colectivo.