¿A río revuelto, ganancia de Morena?

Por un lado, la crisis de los tres grandes partidos entre escándalos de corrupción, cifras de  crecimiento que nunca se parecen a las prometidas, compadreos con el crimen organizado, crónicas de deserciones anunciadas e intercambio de golpes en la prensa. Por el otro, la efervescencia de movimientos cada vez más radicales, más violentos, de la CNTE a Ayotzinapa y a los “anarquistas”. En este contexto, ¿ha llegado el momento de Morena? ¿Se impondrá el movimiento obradorista a las inercias electorales de toda la vida, a las bien aceitadas maquinarias electorales de los partidos, a las tendencias autodestructivas de su líder?

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Ganancia con sabor a derrota

Fabrizio Mejía Madrid

Autor, entre otros libros, de "Disparos en la oscuridad", "Nación TV" y "Arde la calle".

Llegamos a la elección intermedia de junio con una crisis de representación. Ni los partidos, ni el Congreso, ni las encuestas, ni la televisión, ni el INE nos reflejan. Y, por supuesto, ni las instalaciones censuradas de Hermann Nitsch en el Museo Jumex. La crisis se ha profundizado porque los métodos usados para decidir no han sido democráticos. Lo que importa es madrugar, agandallar, excluir. El propio INE, que se supone –así lo ven ellos mismos– garante de imparcialidad se ha visto envuelto en el conflicto de intereses con el Partido Verde y el PRI. No se digan los regaños de los dueños de casas Higa que nos dicen que no tienen nada que explicar, o las investigaciones sobre desapariciones forzadas que no llegan ni siquiera a tener un móvil del crimen, como cualquier narración policiaca lo exige. La “ganancia de pescadores” en mitad de este caos se mira raquítica: quedar en la lista de candidatos, saltar de un municipio a una senaduría, tener fuero. En estos dos años de gobierno peñanietista la clave ha sido la antidemocracia: pactos comprados a base de canonjías –PAN, PRD–, reformas aprobadas sin el tiempo para revisarlas, interminables discursos oposicionistas en tribuna que nadie escucha, propaganda ilegal en los cines que hace ruborizar a los infomerciales, las liberaciones a botepronto de Raúl Salinas de Gortari, Caro Quintero y La Reina del Sur, en fin. Podría seguir y seguir hasta el “ya me cansé” o el “ya sé que ustedes no aplauden”.

Hay nuevos partidos, notablemente Morena. Pregunta a la mitad de tanta disertación: ¿y a qué horas fueron las asambleas de “Encuentro Social” –pensé que era un club de solteros– y el Partido Humanista, cuyo primer acto público fue salir a sillazos entre sus dirigentes? Morena viene del movimiento, ya lejano, del desafuero de Andrés Manuel López Obrador, sin duda el más creativo desde 1968. Pero decidió hacerse partido, ser una izquierda electoral, o sólo una izquierda electoral. Mientras en el país hay un nuevo movimiento –desde YoSoy132– por los derechos humanos, la libertad de expresión, la defensa de los periodistas, de las comunidades amenazadas por compañías voraces en Puebla, Veracruz, Oaxaca, Chihuahua, contra las desapariciones forzadas en Iguala y las ejecuciones sumarias como las de Tlatlaya, Morena elegió la ruta única de las listas de candidatos. En lugar de cobijar al nuevo movimiento, decidió evadir el golpe.

Puede ser que la táctica funcione para sostener su presencia ante la debacle del chuchismo en el PRD –mira tú: casi dos décadas dedicados a hacer de la primera fuerza de izquierda en el país lo más parecido al PST de Aguilar Talamantes– y obtener posiciones en el DF, Oaxaca, Guerrero –si es que se llama “elección” cuando 23 municipios no votarán– y otras. Luego viene la decisión de usar un método no democrático para elegir a sus candidatos plurinominales –“pluris”, con cariño y desdén–: una tómbola. El azar, lo sabemos, no es democrático. Se dice que es para evitar que se “infiltren” los priistas, las tribus del PRD, los bandidos. Puede ser. Pero lo que el país necesita son métodos democráticos. La política que hacemos los ciudadanos es democrática porque es ética: las decisiones se toman sin importar los resultados. Ahora que se cumplen 30 años del terremoto de la ciudad de México no canso de acordarme: no hay cálculo posible al meterse a un derrumbe para salvar a alguien. Ese fue el origen de la sociedad civil, la que le ha permitido al país la desinteresada construcción de la vecindad, de la comunidad ante la geometría –a veces laberíntica– de los cálculos, los resultados, las evasiones. En esta elección puede que haya “ganancia de pescadores”, pero puede ser que tenga el extraño sabor de una derrota.