¿A río revuelto, ganancia de Morena?

Por un lado, la crisis de los tres grandes partidos entre escándalos de corrupción, cifras de  crecimiento que nunca se parecen a las prometidas, compadreos con el crimen organizado, crónicas de deserciones anunciadas e intercambio de golpes en la prensa. Por el otro, la efervescencia de movimientos cada vez más radicales, más violentos, de la CNTE a Ayotzinapa y a los “anarquistas”. En este contexto, ¿ha llegado el momento de Morena? ¿Se impondrá el movimiento obradorista a las inercias electorales de toda la vida, a las bien aceitadas maquinarias electorales de los partidos, a las tendencias autodestructivas de su líder?

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El dedo, la tómbola y la boquita de Andrés Manuel…

Juan Pablo Becerra-Acosta M.

Subdirector Editorial de MILENIO.

Casi todos los políticos que he conocido en 31 años que tengo de andar reporteando me han caído mal. La mayoría, muy mal. A los 19 años, cuando empecé a reportear, se decía: “Me dan mala vibra”. Mi abuela materna, que era yucateca y se llamaba Esperanza, era más rotunda: “Son una víboras cabronas”.

De diferentes especies, y con algunas excepciones, sí lo son.

No es, no era, como parece, un asunto de entrañas, de hígado. No. Era, en ese entonces, los 80, producto de conocer y en ocasiones de haber padecido la historia reciente del país: matanzas, represiones, corrupción, desastres económicos, censuras, despojos. Todo lo que caracterizaba a la dictadura imperfecta del PRI, de la cual Andrés Manuel López Obrador formó parte.

Y eso, naturalmente, generaba desconfianza hacia cualquier miembro de la aristocracia política nacional que se me acercara.

El Peje, con todo y su dedo (falange que simboliza su autoritarismo), ese que unge freaks como el Juanito de Iztapalapa, el mismo que hace unas cuantas semanas estuvo a punto de entronar al Abarca de Huatulco, no es la excepción. Y menos después de su más reciente ocurrencia: su tómbola… ¡para sortear puestos políticos! Para repartir dos terceras parte de sus eventuales curules plurinominales. No sé si ese último show de carpa es la trivialización absoluta de la política, o un ingenuo acto de demagogia política.

Pero antes de entrar de lleno con Andrés Manuel y los votos que pudiera obtener en las próximas elecciones su Morena, vuelvo un momento: a mí me enseñaron que, salvo excepciones, como periodista no debes tener amistad con los políticos. Ellos no son tus amigos, sino de tu máquina de escribir: de tu laptop Toshiba, de tu ordenador Mac. Ellos son cuates de los textos que puedas redactar para favorecerlos. Son amigotes de las notas que puedas teclear para hacer trizas a sus enemigos. Son brothers de los reportajes que puedas omitir. Son carnales de las informaciones que puedas dejar de publicar. Mientras ellos tengan un hueso en el erario (o un T-bone a la vista de sus aspiraciones), son compas de tu labor reporteril, o de tu puesto directivo en un medio de comunicación.

Manipularte. Eso es lo que pretenden cuando te hablan, cuando te murmuran, cuando te bisbisean, cuando te revelan, cuando te mandan un WhatsApp, cuando te invitan a desayunar, a comer, a echar un trago. Siempre. Unos buscan sembrar una insidiosa idea en tu mente para que ésta influya en tus dedos cuando teclean. Otros intentan inocular un bicho en tu cerebro para que tus manos se paralicen ante el teclado.

Si te deslizan un documento muy relevante, fundamental para una pesquisa reporteril, lo tomas en tus manos y, aunque su mirada se torne iracunda, porque siempre procurarán hablar con vez sedosa, melosa, seductora, diabólica, les tienes que dejar en claro:

–Y esto, pretendes que sea a cambio de qué…

Ellos, con su apariencia impertérrita, gesticuladores que son, atacarán el punto favorito de Satanás: tu ego.

–Eres un gran reportero, mereces tenerlo… –te tentarán.

O dirán: “N’ombre, mi hermano, cómo crees. Esto es porque la gente tiene derecho a saber”. O perorarán, si te hablan de usted, con su solemne rostro perfectamente producido de estadistas de la nación: “Juan Pablo, tenga usted la seguridad de que no hay más interés que el de servir a la República”.

Y tú tienes la obligación, en ese mismo instante, de tomarles la palabra: “Pues así será: le agradezco, muchísimo, de verdad, pero entonces no le debo nada”.

Si cedes una sola vez, ya te jodiste: nunca cesará de sonar tu teléfono cuando ellos se sientan con el derecho de pedirte un favor. Es decir, cada vez que se les da la gana, cada vez que quieren censurar algo por la buena o por la mala, o destazar a alguien a punta de periodicazos.

Siempre he votado a la izquierda, pero yo no puedo confiar en López Obrador. Es desmesurado. No tiene límites para decir lo que le apetece o para conseguir lo que quiere. Una vez por poco hace que nos lincharan a un compañero fotógrafo y a mí. Si bien recuerdo, ocurrió el 22 de abril de 2009, en Cananea, Sonora, luego de un acto de apoyo los mineros, que en ese entonces estaban en huelga. Al salir del auditorio, donde López Obrador pronunció un mensaje de solidaridad hacia ellos, nos acercamos para hacerle una breve entrevista, pero fue imposible: de inmediato arremetió contra Milenio, dijo que éramos (su frase favorita para denostar) parte de “la mafia del poder”, que habíamos tergiversado la información de los huelguistas (los hechos eran al contrario: con crónicas y reportajes les habíamos dado una amplia información), y claro, los mineros, de por sí humillados y ofendidos, entraron en ebullición contra nosotros. Alcancé a decirle que era falso, que si no leía, que si no se informaba bien, o que si no le informaban bien (miré enfurecido a uno de sus cercanos colaboradores). Intentó recular a medias, pero se subió a su vehículo y se fue. Tuvimos que salir huyendo. Tuvimos fortuna de que de las palabras los trabajadores no pasaran a la violencia física.

Ese es él. Ahora, ¿se va a beneficiar de la debacle del PRD de Abarca? Sí. Nunca se le ha vinculado con criminales. Muchos votos de la izquierda se irán con él. Habrá zonas donde Morena supere al PRD.

¿Se va a beneficiar de los escándalos de corrupción del presidente, de miembros del gabinete y de otros priistas? Sí. Nunca se le ha acusado directamente de corrupto.

López Obrador contará con una buena base electoral para el 2018, para su tercera candidatura presidencial que ya anunció (como si no hubiéramos sabido desde antes que iba por eso): tendrá del 10% de los votos para arriba.

Pero su dedo y su tómbola (y su boquita) no tienen nada de sanos: son una variable dañina de nuestra codiciosa clase política…