¿A río revuelto, ganancia de Morena?

Por un lado, la crisis de los tres grandes partidos entre escándalos de corrupción, cifras de  crecimiento que nunca se parecen a las prometidas, compadreos con el crimen organizado, crónicas de deserciones anunciadas e intercambio de golpes en la prensa. Por el otro, la efervescencia de movimientos cada vez más radicales, más violentos, de la CNTE a Ayotzinapa y a los “anarquistas”. En este contexto, ¿ha llegado el momento de Morena? ¿Se impondrá el movimiento obradorista a las inercias electorales de toda la vida, a las bien aceitadas maquinarias electorales de los partidos, a las tendencias autodestructivas de su líder?

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Cambiar para seguir iguales

Alfredo Ávila

Historiador. Autor, con Alicia Salmerón, de "Partidos, facciones y otras calamidades".

Morena no es un partido político. No como los otros. No resulta extraño escuchar de sus principales dirigentes expresiones como “Morena no es un partido palero” o “Morena no es un partido electorero”. Desde 1977, las reformas en materia de representación política han dado prioridad a la pluralidad, y sólo en menor medida se ha avanzado en responsabilidad de partidos y gobiernos frente a la ciudadanía. De allí que tengamos elecciones cada vez más competitivas, al menos las federales, y también partidos cada vez más fuertes, opacos y privilegiados. Numerosos mexicanos sienten a los partidos como algo ajeno, únicos beneficiarios de la apertura democrática. Por eso Morena se ha deslindado de los otros partidos. Esta posición resulta atractiva en el creciente sector de ciudadanos críticos de los partidos políticos actuales y de sus dirigentes.

Morena no es un partido político. Al menos, no lo fue desde su fundación hasta su aprobación por el Instituto Nacional Electoral. Es un “movimiento nacional”, como en su momento se pensaron los partidos del siglo XIX, a partir de uno de los principios del gobierno representativo: todos los individuos tienen la capacidad racional para autogobernarse. Dado que la razón es una, los que discrepan no pasarían de ser “simples intrigantes”, como Agustín de Iturbide calificó a los que pensaban de manera diferente al “verdadero sentir de los buenos mexicanos”. Los conservadores de mediados de ese siglo descalificaron así a los liberales, a quienes consideraban arribistas con intereses mezquinos. Entre 1946 y 1977 el PRI se asumía también representante de la nación y no admitía la legitimidad de otros partidos (algunos de ellos, ilegales), por considerarlos meros facciosos, contrarios al interés nacional. En esta tradición se inscribe Morena, un movimiento que acusa a los demás partidos de tener una agenda alejada del verdadero interés nacional que ellos representan. Esta posición resulta atractiva para los ciudadanos que consideran que los partidos se han distanciado de sus comitentes y, por lo mismo, parecen tener intereses facciosos.

Morena no es un partido político. Al menos no tiene el participio de “partir” en el nombre. Recupera una tradición más larga aún de rechazo a la división. Esta tradición que podemos encontrar en los siglos coloniales se forjó en una lógica corporativa y cristiana. La máxima de que todo pueblo dividido será asolado, se encuentra en numerosos documentos de aquella época. Por ello, las elecciones no siempre eran bien vistas: podían mostrar pluralidad de opiniones y ser manipuladas. De allí que las corporaciones emplearan también métodos que garantizaran la imparcialidad y la unidad, como los sorteos o las decisiones unánimes, tomadas a mano alzada. Esta cultura política sigue presente en México cuando buscamos consensos y desconfiamos de la “aplanadora”, es decir, del triunfo de una opción apoyada por la mayoría. Tal vez por eso en Morena se valoran consensos, unanimidad, imparcialidad, con todo y sus decisiones a mano alzada y tómbolas. Tal vez por eso no se llama “partido”.

Y, sin embargo, Morena sí es un partido político, registrado y reconocido ante la autoridad electoral y beneficiario de privilegios y financiamiento, como los demás. Sólo que sus dirigentes han sabido apreciar el cada vez mayor rechazo de la ciudadanía frente a las organizaciones partidistas, que se manifiesta desde críticas en periódicos hasta la promoción de boicotear los procesos electorales. Ante la crisis de los partidos, ha pretendido mostrarse como una opción diferente y recurrir a algunas de las tradiciones históricas más arraigadas de nuestra cultura política. Es un partido que critica a los (otros) partidos, una característica que, después de todo, lo hace igual a los demás.