¿A quién debo apostarle en el Super Bowl?

Cuatro millones de dólares por un anuncio de treinta segundos, ciento y pico millones de espectadores sólo en los Estados Unidos, shows que incluyen lo mismo a los Rolling Stones que a Madonna o Beyoncé. El Super Bowl es, sí, abrumador en términos de nombres, de cifras, de despliegue publicitario. Pero también por lo que pasa en el emparrillado: el que tal vez sea el mayor espectáculo mediático del deporte es todavía una contienda deportiva eléctrica, insuperable y, sobre todo este año, competidísima. No es fácil para nadie apostar la quincena a uno de los dos equipazos que chocarán el primero de febrero en Arizona, Seattle y Nueva Inglaterra: las fuerzas están igualadas. Por eso, para ver por su bienestar económico, estimados amigos, hemos convocado a un grupo de especialistas y aficionados obsesos que, esperemos, los orientarán debidamente en sus apuestas.

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Por un Super Bowl grunge

Hugo García Michel

Periodista. Aficionado al tochito y mago de las quinielas.

Y en el principio fue el odio. El odio a los Vaqueros de Dallas.

Eran mis épocas de adolescente híper izquierdoso y antiteleviso (bueno, en esa época creo que la empresa era aún Telesistema Mexicano) y en la tele sólo pasaban los partidos de los Cowboys, lo que hacía que todos mis cuates y parientes fueran seguidores del equipo de la estrellita en el casco. Yo lo aborrecía. Supongo que por llevar la contraria y mostrar mi posición antisistémica (¿se dice así, alguien de Ciencias Políticas que me lo aclare?), anticapitalista, antiimperialista, etcétera. De hecho, aficionado al futbol soccer desde mi más temprana infancia, mi odio a los Vaqueros se extendió al fut americano en general (no me interesaban ni los encontronazos en CU entre la Universidad y el Politécnico)…, hasta que al iniciar los 80 me topé con Joe Montana.

Fue amor a primera vista el que me dio por los 49’s de San Francisco. Un amor que prevalece. Entonces me empecé a interesar más por el americano y a conocer sus reglas, que hasta entonces me habían parecido demasiado intrincadas, sin que en realidad lo sean tanto. Hasta empecé a jugar tochito en el parque tlalpeño en el que solía reunirme con los amigos, convocado por la niña de 14 años que vivía enfrente y que fue, ¡ay!, mi gran amor platónico de puberto. Pero ya me estoy desviando…

Jugábamos tochito, con tacleadas, y nos dábamos buenos madrazos. Lo que más recuerdo es la ocasión en la que mi gran amigo Federico Cantú (exacto, nieto del gran pintor, escultor y muralista regiomontano), al querer taclear a un rival, se siguió de largo y fue a estrellarse contra una de las bancas de hierro del parque. Sus dientes frontales volaron y –lo juro– quedaron marcados en el metal. Esto sucedió hace más de 40 años, pero aún debe existir esa marca.

En realidad, nunca fui un gran aficionado televisivo del juego. La temporada regular me la pasaba por el Arco del Triunfo y sólo veía algún partido de los playoffs y, claro, el Super Bowl. Era medio villamelón, pues.

Montana se fue a los Jefes de Kansas y llegó Steve Young a los de dorado y rojo, otro quarter back (o corebac, como decíamos todos) de leyenda. Luego viene en mi vida un largo vacío, un hoyo negro en lo que tiene que ver con el deporte de las tacleadas que retomé en realidad de diez años para acá, ya en mi vida de divorciado (aunque mi ex mujer resultó bastante aficionada al juego: es fan de Payton Manning y los Broncos de Denver).

A pesar de que en el más reciente decenio los 49’s han destacado muy poco (salvo la sensacional temporada 2012 en que llegaron al Super Tazón –el cual perdieron–, comandados por el extraño Colin Kaepernick), debo aceptar que me he clavado un poco más en los juegos y los equipos, muy especialmente en la temporada 2014-2015 que este domingo culmina y en la que me enamoró, por cierto, otro equipo: los Cuervos de Baltimore, con Joe Flacco a la cabeza.

No es por presumir, pero desde que semanas atrás quedaron establecidos los playoffs, pronostiqué que el Super Bowl lo jugarían los Patriotas de Nueva Inglaterra (que no me resultan muy simpáticos, a pesar de que en el beis me gusten los Medias Rojas de Boston) y los Halcones Marinos de Seattle (y digo los nombres de los equipos en español, porque me parece bastante chocante que en ESPN y en Fox siempre y como por consigna los mencionen en inglés: los Peitriots, los Sijocks, los Tecsans, los Dolfins, los Igls, los Yiayants… ¡puf!).

Le atiné pues a quienes llegarían a la gran final y ahí está mi Facebook para atestiguarlo. Ahora se me pide que vaticine quien se llevará el trofeo y por qué.

El encuentro está parejísimo. Hasta los apostadores se encuentran inhibidos. Yo voy sin embargo con Seattle, por simpatía personal (me cae bien y no sólo por ser esa ciudad la cuna de Jimi Hendrix y de la música grunge o por el precioso uniforme del equipo) y porque creo que aunque Russell Wilson y los suyos no estarán amparados por el jugador No. 12 –su ruidosísimo público–, tienen los suficientes argumentos ofensivos y defensivos como para hacerles pasar una mala tarde a Tom Brady y sus engreídos Patriotas.

Cierto, Nueva Inglaterra es un equipazo y tiene a un mariscal de campo ya histórico, pero confío en mi intuición y pienso –y siento– que este domingo los Halcones Marinos jugarán (dice el lugar común) con el cuchillo entre los dientes y saldrán a matar o morir. La garra que han mostrado los de azul-gris habrá de combinarse con un Wilson que jugará inspirado, como lo ha hecho muchas veces y como lo hizo en la parte final del partido del pasado domingo 18, cuando sus milagrosos pases eliminaron angustiosa e increíblemente a los Empacadores de Green Bay (con todo y Aaron Rodgers, otro grande, todo un héroe del emparrillado, llamado a convertirse en figura mítica).

Voy con Seattle, pues. Me la juego por esos intensos y grungeros Halcones Marinos. Que el espíritu de Kurt Cobain los acompañe.