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Viernes , 19.10.2018 / 00:43 Hoy

Pobres y sospechosos
Bueno pues, el daño está hecho.Tras décadas de captar datos aquí y allá, millones de cifras y análisis de muy diverso tipo, México parecía haber superado la discusión sobre la medición de su pobreza, colocando el nuevo consenso –incluso– en una ley.El Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) y el Consejo para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) le habían hecho un servicio mayor a la nación durante casi dos lustros, colocando un piso firme y abundante de información, muy difícil de controvertir por su rigor y calidad.Pero algo muy extraño sucedió. Con prisa y sin decir agua va (sin anunciarlo públicamente, sin comunicarlo a los especialistas y sin la coordinación institucional debida), el INEGI tuvo la puntada de encuestar de otra manera, con nuevos criterios en el método, en las muestras y durante un año non (siempre se había medido en año par). El famoso módulo que sirve para el retrato de la miseria se modificó allí, en la puerta de los hogares que tienen el mal gusto de declarar cero ingresos.Casi de inmediato, el CONEVAL salió a la palestra para afirmar que desconocía esos cambios, y lo que era una certeza en nuestra conversación pública regresó por la vereda tropical de la desconfianza, el recelo y la muy bananera discusión acerca de la calidad de los datos, ya no de la pobreza misma y de las políticas para combatirla. La confianza pública retrocedió años. Y ese es el punto, tras el cual se desprenden seis observaciones.1) No soy adicto a las teorías del complot y puedo compartir con el INEGI dos preocupaciones: ¿por qué difieren tanto los ingresos de las Cuentas Nacionales frente a los ingresos que capta el famoso módulo de la Encuesta Ingreso-Gasto? Y más: ¿por qué crece el número de familias que le declaran al INEGI que sus ingresos líquidos son nulos, cuando ellas mismas informan de gastos variados? Algo importante no está cuadrando. Todo esto es muy válido, comprensible, pero ¿por qué el INEGI no lo colocó en el marco de una discusión adulta, seria, pública, en coordinación institucional estrecha, al lado de los especialistas en el tema?Si hay un dato importante en este país, es el de su pobreza endémica. Y si había una discusión instalada durante décadas completas, era precisamente su medición. ¿En qué cabeza cupo cambiar el método, sin explicarlo? ¿Y no sabe el INEGI que la subdeclaración es muchísimo más aguda en el segmento más rico de la distribución? ¿Allí hubo un esfuerzo similar para mejorar la captación? Para mí, este es un misterio, una especie de des-aprendizaje en nuestra principal institución de información.2) También me resulta muy difícil emitir un veredicto metodológico. Pero algo muy extraño pasó con la encuesta de 2015, anunciada hace 10 días, más allá de la técnica adoptada sobre esos "pobres sospechosos" (si declaras reiteradamente ingreso cero, no entras a la contabilidad general de la encuesta y eso, en automático, eleva el ingreso promedio). Pero el tema no era nuevo, y las propias mediciones anteriores hechas por el mismo INEGI, preveían ciertas salvaguardas para detectar una evidente subdeclaración de ingreso. Por eso resulta tan chocante (me imagino) dentro de la propia institución. La sorpresiva y sorprendente encuesta de 2015, a querer o no, lanza un mensaje implícito muy descorazonador: "INEGI estuvo en el error durante casi una década y hemos decidido componerlo de un hachazo". ¿Eso piensan sus dirigentes, sus cuadros técnicos, su equipo humano que, me consta, es de altísima calidad? También por eso, por la moral de la gente que allí trabaja, la cosa merecía una construcción mucho más cuidadosa.3) Ahora haré algo que no debería. Abusando de la hospitalidad de MILENIO, lanzo al público algo obsceno, algo que INEGI ha dicho claramente que no debe hacerse porque las encuestas previas y la de 2015 no son comparables. Pues sí, pero ocurre que todos los "pobretólogos" y los periodistas especializados lo están haciendo, y los resultados, en efecto, son estrambóticos: en un año Chihuahua mejoró 52% sus ingresos y Sinaloa casi 40%. Con todo y Duarte, Veracruz subió 11.6% y Michoacán 35%. Es absurdo. O tiramos el trabajo de una década, o explicamos con toda precisión la novísima captación ejecutada a matacaballo el año pasado.4) Por supuesto que con esos nuevos resultados, me imagino, SEDESOL habrá descorchado variadas botellas de champagne. Resulta que la macroeconomía, las reformas estructurales, las políticas sociales bajo su dirección y responsabilidad, están propiciando una mejora espectacular en las condiciones de vida de millones. Por eso, porque es parte interesada, es muy mala idea que la SEDESOL se erija en una especie de árbitro del diferendo (véase http://www.elfinanciero.com.mx/economia/sedesol-avala-datos-de-ingreso-del-inegi.html). No me imagino, por ejemplo, que el INE comunique resultados electorales y que sea precisamente la Secretaría de Gobernación la que salga a dar espaldarazo. Discreción, distancia, paciencia, que hay mucho que explicar y muchas cuentas que rehacer y que rendir.5) En efecto, tanto CONEVAL como el INEGI nos deben (sí, sobre todo a los mexicanos que padecen la pobreza) una explicación amplia, rigurosa, con la mayor transparencia, pero por favor, que sea coordinada y conjunta. Las estadísticas no cuadran, incluso en donde no hubo cambios. Y es horrible el espectáculo: dos de nuestras principales instituciones de información, distanciadas y a la greña.6) Al final, lo más importante: este año se levantará una nueva encuesta para medir el ingreso y el gasto de los hogares y tiene que ser construida en condiciones especiales: más vigilada, más supervisada, más comunicada, como en ningún otro momento, precisamente por el retroceso de la credibilidad en la medición de la pobreza 2015.Soy de los que desean que los resultados del año pasado se confirmen, pero el contexto que observo no sostiene mi obstinación: se ha rebajado ya (salvo el FMI) las previsiones del crecimiento en México, este año; llevamos tres recortes al presupuesto, en los cuales no se han salvado ni la salud, ni la educación, ni los servicios sociales que provee el Estado y que solucionan una parte de las carencias esenciales de los pobres. Tampoco se ha salvado la infraestructura social. Y por si fuera poco, México sigue empeñado en una política de contención salarial, con los mínimos en el sótano mundial, porque en los modelos del Banco de México, el sueldo digno es inflacionario.¿Lo ven? No hay muchas razones visibles y optimistas en el horizonte, más bien al contrario: lo más probable es que nos encontremos en la antesala de una nueva oleada de empobrecimiento (o dentro de esa nueva ola) y el deber del Estado no es disimularla, sino retratarla con la mayor exactitud para seguir o replantear políticas.A mi modo de ver, allí está el meollo de la exigencia pública para una medición de la pobreza con la seriedad, el rigor y la transparencia que el grave problema reclama.¿Sospechosos los pobres? La sospecha está ya, y por desgracia, en otra parte.
DEBATEN
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Bueno pues, el daño está hecho.

Tras décadas de captar datos aquí y allá, millones de cifras y análisis de muy diverso tipo, México parecía haber superado la discusión sobre la medición de su pobreza, colocando el nuevo consenso –incluso– en una ley.

El Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) y el Consejo para la Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) le habían hecho un servicio mayor a la nación durante casi dos lustros, colocando un piso firme y abundante de información, muy difícil de controvertir por su rigor y calidad.

Pero algo muy extraño sucedió. Con prisa y sin decir agua va (sin anunciarlo públicamente, sin comunicarlo a los especialistas y sin la coordinación institucional debida), el INEGI tuvo la puntada de encuestar de otra manera, con nuevos criterios en el método, en las muestras y durante un año non (siempre se había medido en año par). El famoso módulo que sirve para el retrato de la miseria se modificó allí, en la puerta de los hogares que tienen el mal gusto de declarar cero ingresos.

Casi de inmediato, el CONEVAL salió a la palestra para afirmar que desconocía esos cambios, y lo que era una certeza en nuestra conversación pública regresó por la vereda tropical de la desconfianza, el recelo y la muy bananera discusión acerca de la calidad de los datos, ya no de la pobreza misma y de las políticas para combatirla. La confianza pública retrocedió años. Y ese es el punto, tras el cual se desprenden seis observaciones.

1) No soy adicto a las teorías del complot y puedo compartir con el INEGI dos preocupaciones: ¿por qué difieren tanto los ingresos de las Cuentas Nacionales frente a los ingresos que capta el famoso módulo de la Encuesta Ingreso-Gasto? Y más: ¿por qué crece el número de familias que le declaran al INEGI que sus ingresos líquidos son nulos, cuando ellas mismas informan de gastos variados? Algo importante no está cuadrando. Todo esto es muy válido, comprensible, pero ¿por qué el INEGI no lo colocó en el marco de una discusión adulta, seria, pública, en coordinación institucional estrecha, al lado de los especialistas en el tema?

Si hay un dato importante en este país, es el de su pobreza endémica. Y si había una discusión instalada durante décadas completas, era precisamente su medición. ¿En qué cabeza cupo cambiar el método, sin explicarlo? ¿Y no sabe el INEGI que la subdeclaración es muchísimo más aguda en el segmento más rico de la distribución? ¿Allí hubo un esfuerzo similar para mejorar la captación? Para mí, este es un misterio, una especie de des-aprendizaje en nuestra principal institución de información.

2) También me resulta muy difícil emitir un veredicto metodológico. Pero algo muy extraño pasó con la encuesta de 2015, anunciada hace 10 días, más allá de la técnica adoptada sobre esos "pobres sospechosos" (si declaras reiteradamente ingreso cero, no entras a la contabilidad general de la encuesta y eso, en automático, eleva el ingreso promedio). Pero el tema no era nuevo, y las propias mediciones anteriores hechas por el mismo INEGI, preveían ciertas salvaguardas para detectar una evidente subdeclaración de ingreso. Por eso resulta tan chocante (me imagino) dentro de la propia institución. La sorpresiva y sorprendente encuesta de 2015, a querer o no, lanza un mensaje implícito muy descorazonador: "INEGI estuvo en el error durante casi una década y hemos decidido componerlo de un hachazo". ¿Eso piensan sus dirigentes, sus cuadros técnicos, su equipo humano que, me consta, es de altísima calidad? También por eso, por la moral de la gente que allí trabaja, la cosa merecía una construcción mucho más cuidadosa.

3) Ahora haré algo que no debería. Abusando de la hospitalidad de MILENIO, lanzo al público algo obsceno, algo que INEGI ha dicho claramente que no debe hacerse porque las encuestas previas y la de 2015 no son comparables. Pues sí, pero ocurre que todos los "pobretólogos" y los periodistas especializados lo están haciendo, y los resultados, en efecto, son estrambóticos: en un año Chihuahua mejoró 52% sus ingresos y Sinaloa casi 40%. Con todo y Duarte, Veracruz subió 11.6% y Michoacán 35%. Es absurdo. O tiramos el trabajo de una década, o explicamos con toda precisión la novísima captación ejecutada a matacaballo el año pasado.

4) Por supuesto que con esos nuevos resultados, me imagino, SEDESOL habrá descorchado variadas botellas de champagne. Resulta que la macroeconomía, las reformas estructurales, las políticas sociales bajo su dirección y responsabilidad, están propiciando una mejora espectacular en las condiciones de vida de millones. Por eso, porque es parte interesada, es muy mala idea que la SEDESOL se erija en una especie de árbitro del diferendo (véase http://www.elfinanciero.com.mx/economia/sedesol-avala-datos-de-ingreso-del-inegi.html). No me imagino, por ejemplo, que el INE comunique resultados electorales y que sea precisamente la Secretaría de Gobernación la que salga a dar espaldarazo. Discreción, distancia, paciencia, que hay mucho que explicar y muchas cuentas que rehacer y que rendir.

5) En efecto, tanto CONEVAL como el INEGI nos deben (sí, sobre todo a los mexicanos que padecen la pobreza) una explicación amplia, rigurosa, con la mayor transparencia, pero por favor, que sea coordinada y conjunta. Las estadísticas no cuadran, incluso en donde no hubo cambios. Y es horrible el espectáculo: dos de nuestras principales instituciones de información, distanciadas y a la greña.

6) Al final, lo más importante: este año se levantará una nueva encuesta para medir el ingreso y el gasto de los hogares y tiene que ser construida en condiciones especiales: más vigilada, más supervisada, más comunicada, como en ningún otro momento, precisamente por el retroceso de la credibilidad en la medición de la pobreza 2015.

Soy de los que desean que los resultados del año pasado se confirmen, pero el contexto que observo no sostiene mi obstinación: se ha rebajado ya (salvo el FMI) las previsiones del crecimiento en México, este año; llevamos tres recortes al presupuesto, en los cuales no se han salvado ni la salud, ni la educación, ni los servicios sociales que provee el Estado y que solucionan una parte de las carencias esenciales de los pobres. Tampoco se ha salvado la infraestructura social. Y por si fuera poco, México sigue empeñado en una política de contención salarial, con los mínimos en el sótano mundial, porque en los modelos del Banco de México, el sueldo digno es inflacionario.

¿Lo ven? No hay muchas razones visibles y optimistas en el horizonte, más bien al contrario: lo más probable es que nos encontremos en la antesala de una nueva oleada de empobrecimiento (o dentro de esa nueva ola) y el deber del Estado no es disimularla, sino retratarla con la mayor exactitud para seguir o replantear políticas.

A mi modo de ver, allí está el meollo de la exigencia pública para una medición de la pobreza con la seriedad, el rigor y la transparencia que el grave problema reclama.

¿Sospechosos los pobres? La sospecha está ya, y por desgracia, en otra parte.

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