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Jueves , 18.10.2018 / 07:33 Hoy

Personas no humanas
Es más que sabido que compartimos con los grandes simios (gorilas, chimpancés y orangutanes) más del 90 por ciento del ADN. Ello ha llevado en otros países a proponer que a los grandes simios se les declare personas no humanas, pues su inteligencia y su vida emocional están altamente desarrolladas. En Argentina se ha concedido el habeas corpus a un chimpancé. Parece que nuestros amigos los ches están mostrando una mayor sensibilidad para estos temas La misma propuesta se ha hecho en la India respecto a los delfines. La reciente muerte de Bantú –presumiblemente por incompetencia médica– ha conmovido a la opinión pública nacional y principalmente a los habitantes de la ciudad capital. Si se hubiese dado otra clase de sensibilidad en el trato a Bantú y a su cadáver, no se habría hecho lo que tampoco se haría a un niño, o a un deficiente mental humano, o a un ser humano común y corriente. Sí, no somos iguales; pero todo ser vivo sintiente es obviamente acreedor a un trato digno. En este sentido, somos iguales en el derecho a un trato ético. Varones y mujeres tampoco somos, afortunadamente, iguales; pero merecemos la misma consideración moral. Me pregunto por qué la muerte de Bantú ha causado mayor conmoción que la muerte previa del chimpancé Lío, del oso Hanuka, del orangután Jambi y la recientísima muerte de un bisonte, todas estas en el mismo zoológico. La respuesta es que Bantú, al igual que el oso panda, es un animal llamado carismático. Su majestuosidad, su fuerza, su bello pelaje, el espacio que se le había destinado, confluían en este halo de simpatía. Pero es necesario darse cuenta de que el trato ético se exige por igual, sin importar criterios de belleza, de fuerza, de tamaño, de simpatía; en fin: de carisma. El despeinado orangután Toto, recluido en un miserable espacio, merece el mismo respeto y trato moral que merecen los gorilas, los osos panda, los delfines, o los bisontes.La opinión mundial está llegando a un serio cuestionamiento de la existencia y el papel de los zoológicos. Y nuevamente los argentinos nos llevan la delantera al haber clausurado recientemente el zoológico de Buenos Aires a sus 140 años de existencia. Quienes defienden los zoológicos argumentan que estos juegan un papel recreativo y un papel educativo, y que gracias a ellos es que muchos han conocido y se han enamorado de los animales ahí recluidos. Pero es dudoso que realmente el paseante se eduque al visitar o ver a un animal, si no es guiado por un adulto sensible. La mayoría van al parque zoológico como quien va a una exposición de ejemplares raros, y si se enamoraran de ellos exigirían que no estuviesen ahí, arrancados de su hábitat original. Se les visita con la curiosidad que probablemente mostraban los visitantes del zoológico de Moctezuma, quien tenía en su colección también a seres humanos deformes. El meollo de la cuestión es, sin embargo, que no tenemos derecho a recrearnos ni tenemos derecho a educarnos a costa del sufrimiento de otros seres. En los zoológicos aumenta el nivel de cortisol en los animales –síntoma claro de estrés– en las horas de visita. Cuando estas horas terminan, los niveles de cortisol de los animales bajan. Podemos sensibilizarnos, recrearnos y educarnos respecto a los animales no humanos de muchas otras maneras, echando mano de tecnologías educativas muy atractivas. Los zoológicos deben ser transformados en santuarios destinados a la protección y rehabilitación de especies amenazadas o en peligro de extinción. Quienes dicen que esto ya se hace, pasan por alto que en los zoológicos hay miembros de especies que no se encuentran en tal condición. Es hora ya de que la ciudadanía de la capital del país muestre nuevamente su posición ilustrada manifestándose a favor de la transformación de los zoológicos en santuarios para la rehabilitación de aquellas especies que nuestra arrolladora acción depredadora ha llevado al borde de la extinción.
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Es más que sabido que compartimos con los grandes simios (gorilas, chimpancés y orangutanes) más del 90 por ciento del ADN. Ello ha llevado en otros países a proponer que a los grandes simios se les declare personas no humanas, pues su inteligencia y su vida emocional están altamente desarrolladas. En Argentina se ha concedido el habeas corpus a un chimpancé. Parece que nuestros amigos los ches están mostrando una mayor sensibilidad para estos temas La misma propuesta se ha hecho en la India respecto a los delfines. La reciente muerte de Bantú –presumiblemente por incompetencia médica– ha conmovido a la opinión pública nacional y principalmente a los habitantes de la ciudad capital. Si se hubiese dado otra clase de sensibilidad en el trato a Bantú y a su cadáver, no se habría hecho lo que tampoco se haría a un niño, o a un deficiente mental humano, o a un ser humano común y corriente. Sí, no somos iguales; pero todo ser vivo sintiente es obviamente acreedor a un trato digno. En este sentido, somos iguales en el derecho a un trato ético. Varones y mujeres tampoco somos, afortunadamente, iguales; pero merecemos la misma consideración moral. Me pregunto por qué la muerte de Bantú ha causado mayor conmoción que la muerte previa del chimpancé Lío, del oso Hanuka, del orangután Jambi y la recientísima muerte de un bisonte, todas estas en el mismo zoológico. La respuesta es que Bantú, al igual que el oso panda, es un animal llamado carismático. Su majestuosidad, su fuerza, su bello pelaje, el espacio que se le había destinado, confluían en este halo de simpatía. Pero es necesario darse cuenta de que el trato ético se exige por igual, sin importar criterios de belleza, de fuerza, de tamaño, de simpatía; en fin: de carisma. El despeinado orangután Toto, recluido en un miserable espacio, merece el mismo respeto y trato moral que merecen los gorilas, los osos panda, los delfines, o los bisontes.

La opinión mundial está llegando a un serio cuestionamiento de la existencia y el papel de los zoológicos. Y nuevamente los argentinos nos llevan la delantera al haber clausurado recientemente el zoológico de Buenos Aires a sus 140 años de existencia. Quienes defienden los zoológicos argumentan que estos juegan un papel recreativo y un papel educativo, y que gracias a ellos es que muchos han conocido y se han enamorado de los animales ahí recluidos. Pero es dudoso que realmente el paseante se eduque al visitar o ver a un animal, si no es guiado por un adulto sensible. La mayoría van al parque zoológico como quien va a una exposición de ejemplares raros, y si se enamoraran de ellos exigirían que no estuviesen ahí, arrancados de su hábitat original. Se les visita con la curiosidad que probablemente mostraban los visitantes del zoológico de Moctezuma, quien tenía en su colección también a seres humanos deformes. El meollo de la cuestión es, sin embargo, que no tenemos derecho a recrearnos ni tenemos derecho a educarnos a costa del sufrimiento de otros seres. En los zoológicos aumenta el nivel de cortisol en los animales –síntoma claro de estrés– en las horas de visita. Cuando estas horas terminan, los niveles de cortisol de los animales bajan. Podemos sensibilizarnos, recrearnos y educarnos respecto a los animales no humanos de muchas otras maneras, echando mano de tecnologías educativas muy atractivas. Los zoológicos deben ser transformados en santuarios destinados a la protección y rehabilitación de especies amenazadas o en peligro de extinción. Quienes dicen que esto ya se hace, pasan por alto que en los zoológicos hay miembros de especies que no se encuentran en tal condición. Es hora ya de que la ciudadanía de la capital del país muestre nuevamente su posición ilustrada manifestándose a favor de la transformación de los zoológicos en santuarios para la rehabilitación de aquellas especies que nuestra arrolladora acción depredadora ha llevado al borde de la extinción.

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