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Viernes , 19.10.2018 / 03:06 Hoy

Para qué una Secretaría de Cultura
¿Es o no una buena noticia la Secretaría de Cultura?La respuesta es que depende. ¿Depende de qué? De para qué sirva la tal Secretaría de Cultura.Tan sencillo y a la vez tan nebuloso, porque la verdad es que la noticia llega en un vacío de información. Nadie sabe con precisión para qué recién el gobierno decidió llevar al Congreso la iniciativa de su creación, excepto, es de suponerse, quienes lo decidieron y aún no lo han informado.Pero eso no impide que hayan empezado a fluir los juicios de valor. Una ley de la comunicación: la información no tolera el vacío, siempre hay algo que lo llena.Así Elena Poniatwska, con el saludable escepticismo que estila, adelantó que la tal secretaría servirá para que toda la jerarquía del Conaculta suba un peldaño en la honorabilidad de los títulos de sus puestos y en el monto de sus salarios, y nada más.Y de acertar doña Elena en su pronóstico, la creación de la tal secretaría es una mala noticia, en especial en vista de los recortes presupuestarios que se avecinan. ¿A qué disminuir el gasto en salud y aumentar el de la burocracia cultural? ¿A qué dejar de construir escuelas para que los funcionarios de cultura vacacionen en mejores hoteles?Otra razón podría ser la que han esgrimido durante tres sexenios los propios funcionarios del sector, cuando han solicitado su creación. Una Secretaría de Cultura servirá para que ellos no tengan que pedir (o a veces, como ha sucedido, rogar) al Secretario de Educación por un presupuesto suficiente y por la autorización de programas específicos.Pero la verdad es que esta independencia administrativa de la SEP, que en lo práctico parece juiciosa, en lo filosófico representa una claudicación a los ideales que originaron las políticas culturales del país. José Vasconcelos, fundador tanto de la SEP como del INBA, y todavía nuestro teórico más ambicioso en cuanto a políticas culturales, consideró que la educación se prolongaba en las artes, y por tanto debían ser atendidas por organismos entrelazados.Los niños se educan en el abecedario y los adultos educan sus sentidos y su moral en la cultura. Los niños se vuelven racionales en la escuela y los adultos se vuelven ricos en experiencia vital en los teatros y los libros y los museos. Todavía más: es en la cultura donde un país se mira al espejo y se reconoce, y puede luego imaginarse distinto.Desvincular a la cultura de la educación parece desconocer ese proyecto vasconceliano, un proyecto que a lo largo de medio siglo de la centuria pasada fue una realidad cotidiana, a la que por cierto le debemos el relato que aún empleamos de lo que es México y de lo que podría ser.Un relato de identidad plasmado en los grandes murales de esa mitad de siglo y en los grandes –y nada chabacanos– grandes poemas épicos de entonces.La tercera razón más socorrida para la tal Secretaría de Cultura la han ofrecido también los propios funcionarios del Conaculta. A decir, una Secretaría permitirá integrar los cientos de instituciones de cultura dispersas por el país en una decena.Una concentración deseable, pues significaría un ahorro notable en esfuerzos y recursos. Pero puesto que el Conaculta fue fundado en 1988 expresamente para simplificar y ordenar esa selva de oficinas culturales, uno se pregunta por qué una secretaría es decisiva para lograrlo por fin ahora.Así que de vuelta al misterio inicial. ¿Existe una mejor razón que las antes dichas para crear una Secretaría de Cultura?Sin duda la hay, y esa circula entre los artistas y otros que de la cultura han hecho una prioridad de vida. Los galeristas, los coleccionistas, los editores y los consumidores adictivos de libros e imágenes y música.Vaya, aquellos que leemos el periódico al revés –primero la sección de cultura y luego la horrenda sección de política–, igual que leemos el país al revés –primero como una máquina de belleza y luego como una fábrica que produce otras cosas inferiores.Esos que hemos observado el fenómeno inesperado de una democracia que al llegar ha empobrecido la vida cultural, en lugar de democratizar a la cultura: de hacerla accesible a los muchos.Desde ese punto de vista, una Secretaría de Cultura tendría que servir para replantear por completo el proyecto de apoyo del Estado a la cultura. Para empezar, tendría que proponerse rebasar por mucho los intereses de la burocracia cultural, es decir, si quiere ser relevante.Tendría que fijar su meta incluso más allá de los apoyos a los artistas y sus distribuidores. Tendría que fijarla en los ciudadanos y preguntarse cómo ensanchar su vínculo con las artes.Mucho arte para muchos, fue el lema de Vasconcelos, y los gobiernos de la democracia no debieran aspirar a menos.Otra vez, y por última vez: ¿para qué una Secretaría de Cultura?Esa interrogante es el centro del asunto y la respuesta determinará si la tal secretaría será un mero cambio burocrático o un cambio que enriquezca la vida de muchos.La moneda o bien está girando en el aire o bien el nuevo secretario de la educación pública la tiene en la mano. Adelantar la iniciativa de una Secretaría de Cultura ha sido el primer acto de gobierno de Aurelio Nuño, y esperemos que lo haya ejecutado con toda premeditación.Tiempo al tiempo.
DEBATEN
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¿Es o no una buena noticia la Secretaría de Cultura?

La respuesta es que depende. ¿Depende de qué? De para qué sirva la tal Secretaría de Cultura.

Tan sencillo y a la vez tan nebuloso, porque la verdad es que la noticia llega en un vacío de información. Nadie sabe con precisión para qué recién el gobierno decidió llevar al Congreso la iniciativa de su creación, excepto, es de suponerse, quienes lo decidieron y aún no lo han informado.

Pero eso no impide que hayan empezado a fluir los juicios de valor. Una ley de la comunicación: la información no tolera el vacío, siempre hay algo que lo llena.

Así Elena Poniatwska, con el saludable escepticismo que estila, adelantó que la tal secretaría servirá para que toda la jerarquía del Conaculta suba un peldaño en la honorabilidad de los títulos de sus puestos y en el monto de sus salarios, y nada más.

Y de acertar doña Elena en su pronóstico, la creación de la tal secretaría es una mala noticia, en especial en vista de los recortes presupuestarios que se avecinan. ¿A qué disminuir el gasto en salud y aumentar el de la burocracia cultural? ¿A qué dejar de construir escuelas para que los funcionarios de cultura vacacionen en mejores hoteles?

Otra razón podría ser la que han esgrimido durante tres sexenios los propios funcionarios del sector, cuando han solicitado su creación. Una Secretaría de Cultura servirá para que ellos no tengan que pedir (o a veces, como ha sucedido, rogar) al Secretario de Educación por un presupuesto suficiente y por la autorización de programas específicos.

Pero la verdad es que esta independencia administrativa de la SEP, que en lo práctico parece juiciosa, en lo filosófico representa una claudicación a los ideales que originaron las políticas culturales del país. José Vasconcelos, fundador tanto de la SEP como del INBA, y todavía nuestro teórico más ambicioso en cuanto a políticas culturales, consideró que la educación se prolongaba en las artes, y por tanto debían ser atendidas por organismos entrelazados.

Los niños se educan en el abecedario y los adultos educan sus sentidos y su moral en la cultura. Los niños se vuelven racionales en la escuela y los adultos se vuelven ricos en experiencia vital en los teatros y los libros y los museos. Todavía más: es en la cultura donde un país se mira al espejo y se reconoce, y puede luego imaginarse distinto.

Desvincular a la cultura de la educación parece desconocer ese proyecto vasconceliano, un proyecto que a lo largo de medio siglo de la centuria pasada fue una realidad cotidiana, a la que por cierto le debemos el relato que aún empleamos de lo que es México y de lo que podría ser.

Un relato de identidad plasmado en los grandes murales de esa mitad de siglo y en los grandes –y nada chabacanos– grandes poemas épicos de entonces.

La tercera razón más socorrida para la tal Secretaría de Cultura la han ofrecido también los propios funcionarios del Conaculta. A decir, una Secretaría permitirá integrar los cientos de instituciones de cultura dispersas por el país en una decena.

Una concentración deseable, pues significaría un ahorro notable en esfuerzos y recursos. Pero puesto que el Conaculta fue fundado en 1988 expresamente para simplificar y ordenar esa selva de oficinas culturales, uno se pregunta por qué una secretaría es decisiva para lograrlo por fin ahora.

Así que de vuelta al misterio inicial. ¿Existe una mejor razón que las antes dichas para crear una Secretaría de Cultura?

Sin duda la hay, y esa circula entre los artistas y otros que de la cultura han hecho una prioridad de vida. Los galeristas, los coleccionistas, los editores y los consumidores adictivos de libros e imágenes y música.

Vaya, aquellos que leemos el periódico al revés –primero la sección de cultura y luego la horrenda sección de política–, igual que leemos el país al revés –primero como una máquina de belleza y luego como una fábrica que produce otras cosas inferiores.

Esos que hemos observado el fenómeno inesperado de una democracia que al llegar ha empobrecido la vida cultural, en lugar de democratizar a la cultura: de hacerla accesible a los muchos.

Desde ese punto de vista, una Secretaría de Cultura tendría que servir para replantear por completo el proyecto de apoyo del Estado a la cultura. Para empezar, tendría que proponerse rebasar por mucho los intereses de la burocracia cultural, es decir, si quiere ser relevante.

Tendría que fijar su meta incluso más allá de los apoyos a los artistas y sus distribuidores. Tendría que fijarla en los ciudadanos y preguntarse cómo ensanchar su vínculo con las artes.

Mucho arte para muchos, fue el lema de Vasconcelos, y los gobiernos de la democracia no debieran aspirar a menos.

Otra vez, y por última vez: ¿para qué una Secretaría de Cultura?

Esa interrogante es el centro del asunto y la respuesta determinará si la tal secretaría será un mero cambio burocrático o un cambio que enriquezca la vida de muchos.

La moneda o bien está girando en el aire o bien el nuevo secretario de la educación pública la tiene en la mano. Adelantar la iniciativa de una Secretaría de Cultura ha sido el primer acto de gobierno de Aurelio Nuño, y esperemos que lo haya ejecutado con toda premeditación.

Tiempo al tiempo.

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