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Domingo , 21.10.2018 / 01:20 Hoy

No hay stalker chiquito
Me subí al metro en hora pico. Entre el gentío, frente a mí, del otro lado del tubo del que me sostenía, vi su cara. "Hola", me dijo en español aunque estábamos en Nueva York. "Estás en mi clase de Derechos Humanos". No me acordaba de su cara, pero sí del gorro tejido con el que lo había visto en clase. "Eres mexicana, ¿verdad? Viví en México". Su español no era malo, pero tampoco excelente. Aún así insistía en hablarlo, lo que en sí mismo me parecía algo condescendiente.Me dijo que estudiaba el doctorado en otra universidad, pero por un acuerdo interuniversidades podía tomar esa clase en mi escuela. Entre los zangoloteos del metro lleno, me pidió mi correo para enviarme algo relacionado con la clase. Se lo di.Me arrepentí.Al día siguiente llenó mi correo con archivos pesadísimos. Nunca supe bien de qué se trataba, quizá textos escritos por él o lecturas recomendadas. Tuve que pedir ayuda a servicios escolares porque mi correo había tronado. "Deberías bloquear a este tipo", me dijo el ingeniero que fue a mi auxilio.No lo escuché.Unos días después lo vi en la clase que tomábamos juntos. Me preguntó si había leído los 701 correos que había enviado. Dije que no, pero no me atreví a pedirle que no me mandara uno más –porque de niña mi mamá me dijo que lo cortés no quita lo valiente, claro. Me dijo que si iba al metro; dije que no, que iba a casa; se ofreció a acompañarme; dije que me había acordado que tenía algo que hacer en la escuela. Mentía.No sé si en aquel encuentro en el metro le di mi teléfono o si él lo consiguió de alguna forma. Empezó llamándome para invitarme un café y hablar "de México". Muy educadamente puse uno y mil pretextos absurdos: tenía mucha tarea, tenía examen, tenía mucha tarea otra vez, era cumpleaños de mi 'roommate' o de mi abuelita (que vivía en otro país), o tenía que acompañar a mi hermano (que no tengo) al hospital. Tengo casi una tara para decir mentiras. Era imposible que no se diera cuenta, pero no parecía importarle.Una semana después del encuentro en el metro ya me llamaba tres veces al día, luego cinco, luego siete. Primero llamaba durante el día, luego a cualquier hora. Una noche marcó 17 veces.Empecé a tener miedo, pero no dije nada. Se lo contaba a mis amigos casi como un chiste. Nos reíamos. Alguien lo bautizó como The Stalker. Fui directo al diccionario a buscar el significado: una persona que sigue y observa a otra, generalmente una mujer, de manera ilegal, por un periodo de tiempo. Un acosador.The Stalker pasó de las llamadas a los mensajes de voz y de texto: ¿Quieres ir a Ben and Jerry's? No gracias. ¿Quieres que te ayude a estudiar para tus exámenes? No, gracias. ¿Quieres ir al cine? No, gracias. ¿Quieres ir a la biblioteca? No, gracias. Estoy afuera de tu escuela. Estoy afuera de tu casa. Estoy en la fiesta de tu amiga.Para entonces ya le temía, pero no ponía un alto –porque en mi casa me dijeron que es mejor decir y no que digan, claro. Al salir de la escuela mi mejor amigo me acompañaba al menos a la esquina, asegurándonos de que The Stalker no estuviera por ahí. Antes de salir de casa me asomaba por la ventana esperando que The Stalker no estuviera en la puerta del edificio o en la tienda de la esquina. Caminaba rápido, a veces corría. Creía ver a The Stalker en el puesto de café, en el metro, en los altos.Di de baja la materia de Derechos Humanos, principalmente porque prefería inscribirme a otra que me interesaba más, pero algo pesó que así ya no tendría que encontrarme con The Stalker.Pasaron semanas. The Stalker no se cansaba. "Voy a tu escuela", "voy a tu casa". Un día apareció en una fiesta de mi escuela a la que no podría haber estado invitado. Mi amigo me sacó de ahí y me llevó a casa.Un día, una amiga sin las falsas pretensiones de prudencia y "buena educación" que me acompañaban en esa época me dijo que debía poner una denuncia al menos en la universidad, que esas cosas se tomaban en serio. Que se llamaba acoso.No me atreví. Solo me atreví a decirle a The Stalker con lo que yo creía que era una voz fuerte y dura –aunque seguramente me temblaba la voz tanto como las piernas– que si no dejaba de acosarme levantaría una queja en la escuela. No pensé que funcionara –como muy probablemente no hubiera funcionado en mi país. Pero él tuvo miedo: cuando menos podría perder el derecho a tomar clases en mi universidad. "No pensé que te molestara", me dijo, como si fuera un halago recibir 17 llamadas de un cuasidesconocido en una noche.Me dejó de buscar. Mi mejor amigo bromeaba con que empezaba yo a extrañar a The Stalker. Me reía con él. Nunca confesé que había llegado a tener mucho miedo. Que las llamadas que le hacía mientras caminaba a casa eran para sentirme acompañada, porque temía encontrarme a The Stalker. Que tenía planeado en mi cabeza qué hacer si aparecía a la vuelta de una esquina: gritaría al teléfono la dirección donde me encontraba y si alcanzaba a decir algo más diría Stalker, para que mi amigo entendiera, llamara a la policía y si todo salía bien llegarían por mí antes de que The Stalker me hubiera hecho daño. Nunca le dije tampoco que cada vez que pensaba eso me sentía ridícula y paranoica por tener miedo de un joven estudiante de doctorado con mochila y pulserita guatemalteca que tal vez sólo quería salir conmigo, que tal vez tenía problemas de sociabilidad, que tal vez no entendía que yo-no-quería-salir-con-él.Unos meses después mi amigo y yo caminábamos por el campus cuando muy cerca de nosotros vi a The Stalker. Tomé la mano de mi amigo no para simular que éramos pareja, sino tal vez para tratar de decirle algo con apretones de mano, o para sentirme protegida. The Stalker saludó, se presentó con mi amigo, dijo un par de cosas en español, hizo alguna broma sobre no acercarse mucho a mí. Cuando se fue yo estaba blanca.–¿Qué te pasa? –me dijo mi amigo.–The Stalker, era The Stalker.Mi amigo soltó una carcajada.–¿Cómo? Tengo meses caminando contigo a casa, sacándote de bares y fiestas por la puerta de atrás ¿para protegerte de este tipo? Es chiquito, inofensivo. Es un 'ministalker'.–No hay stalker chiquito, le dije. Y yo soy talla 2.Mi miedo no era chiquito.
DEBATEN
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Me subí al metro en hora pico. Entre el gentío, frente a mí, del otro lado del tubo del que me sostenía, vi su cara. "Hola", me dijo en español aunque estábamos en Nueva York. "Estás en mi clase de Derechos Humanos". No me acordaba de su cara, pero sí del gorro tejido con el que lo había visto en clase. "Eres mexicana, ¿verdad? Viví en México". Su español no era malo, pero tampoco excelente. Aún así insistía en hablarlo, lo que en sí mismo me parecía algo condescendiente.

Me dijo que estudiaba el doctorado en otra universidad, pero por un acuerdo interuniversidades podía tomar esa clase en mi escuela. Entre los zangoloteos del metro lleno, me pidió mi correo para enviarme algo relacionado con la clase. Se lo di.

Me arrepentí.

Al día siguiente llenó mi correo con archivos pesadísimos. Nunca supe bien de qué se trataba, quizá textos escritos por él o lecturas recomendadas. Tuve que pedir ayuda a servicios escolares porque mi correo había tronado. "Deberías bloquear a este tipo", me dijo el ingeniero que fue a mi auxilio.

No lo escuché.

Unos días después lo vi en la clase que tomábamos juntos. Me preguntó si había leído los 701 correos que había enviado. Dije que no, pero no me atreví a pedirle que no me mandara uno más –porque de niña mi mamá me dijo que lo cortés no quita lo valiente, claro. Me dijo que si iba al metro; dije que no, que iba a casa; se ofreció a acompañarme; dije que me había acordado que tenía algo que hacer en la escuela. Mentía.

No sé si en aquel encuentro en el metro le di mi teléfono o si él lo consiguió de alguna forma. Empezó llamándome para invitarme un café y hablar "de México". Muy educadamente puse uno y mil pretextos absurdos: tenía mucha tarea, tenía examen, tenía mucha tarea otra vez, era cumpleaños de mi 'roommate' o de mi abuelita (que vivía en otro país), o tenía que acompañar a mi hermano (que no tengo) al hospital. Tengo casi una tara para decir mentiras. Era imposible que no se diera cuenta, pero no parecía importarle.

Una semana después del encuentro en el metro ya me llamaba tres veces al día, luego cinco, luego siete. Primero llamaba durante el día, luego a cualquier hora. Una noche marcó 17 veces.

Empecé a tener miedo, pero no dije nada. Se lo contaba a mis amigos casi como un chiste. Nos reíamos. Alguien lo bautizó como The Stalker. Fui directo al diccionario a buscar el significado: una persona que sigue y observa a otra, generalmente una mujer, de manera ilegal, por un periodo de tiempo. Un acosador.

The Stalker pasó de las llamadas a los mensajes de voz y de texto: ¿Quieres ir a Ben and Jerry's? No gracias. ¿Quieres que te ayude a estudiar para tus exámenes? No, gracias. ¿Quieres ir al cine? No, gracias. ¿Quieres ir a la biblioteca? No, gracias. Estoy afuera de tu escuela. Estoy afuera de tu casa. Estoy en la fiesta de tu amiga.

Para entonces ya le temía, pero no ponía un alto –porque en mi casa me dijeron que es mejor decir y no que digan, claro. Al salir de la escuela mi mejor amigo me acompañaba al menos a la esquina, asegurándonos de que The Stalker no estuviera por ahí. Antes de salir de casa me asomaba por la ventana esperando que The Stalker no estuviera en la puerta del edificio o en la tienda de la esquina. Caminaba rápido, a veces corría. Creía ver a The Stalker en el puesto de café, en el metro, en los altos.

Di de baja la materia de Derechos Humanos, principalmente porque prefería inscribirme a otra que me interesaba más, pero algo pesó que así ya no tendría que encontrarme con The Stalker.

Pasaron semanas. The Stalker no se cansaba. "Voy a tu escuela", "voy a tu casa". Un día apareció en una fiesta de mi escuela a la que no podría haber estado invitado. Mi amigo me sacó de ahí y me llevó a casa.

Un día, una amiga sin las falsas pretensiones de prudencia y "buena educación" que me acompañaban en esa época me dijo que debía poner una denuncia al menos en la universidad, que esas cosas se tomaban en serio. Que se llamaba acoso.

No me atreví. Solo me atreví a decirle a The Stalker con lo que yo creía que era una voz fuerte y dura –aunque seguramente me temblaba la voz tanto como las piernas– que si no dejaba de acosarme levantaría una queja en la escuela. No pensé que funcionara –como muy probablemente no hubiera funcionado en mi país. Pero él tuvo miedo: cuando menos podría perder el derecho a tomar clases en mi universidad. "No pensé que te molestara", me dijo, como si fuera un halago recibir 17 llamadas de un cuasidesconocido en una noche.

Me dejó de buscar. Mi mejor amigo bromeaba con que empezaba yo a extrañar a The Stalker. Me reía con él. Nunca confesé que había llegado a tener mucho miedo. Que las llamadas que le hacía mientras caminaba a casa eran para sentirme acompañada, porque temía encontrarme a The Stalker. Que tenía planeado en mi cabeza qué hacer si aparecía a la vuelta de una esquina: gritaría al teléfono la dirección donde me encontraba y si alcanzaba a decir algo más diría Stalker, para que mi amigo entendiera, llamara a la policía y si todo salía bien llegarían por mí antes de que The Stalker me hubiera hecho daño. Nunca le dije tampoco que cada vez que pensaba eso me sentía ridícula y paranoica por tener miedo de un joven estudiante de doctorado con mochila y pulserita guatemalteca que tal vez sólo quería salir conmigo, que tal vez tenía problemas de sociabilidad, que tal vez no entendía que yo-no-quería-salir-con-él.

Unos meses después mi amigo y yo caminábamos por el campus cuando muy cerca de nosotros vi a The Stalker. Tomé la mano de mi amigo no para simular que éramos pareja, sino tal vez para tratar de decirle algo con apretones de mano, o para sentirme protegida. The Stalker saludó, se presentó con mi amigo, dijo un par de cosas en español, hizo alguna broma sobre no acercarse mucho a mí. Cuando se fue yo estaba blanca.

–¿Qué te pasa? –me dijo mi amigo.

–The Stalker, era The Stalker.

Mi amigo soltó una carcajada.

–¿Cómo? Tengo meses caminando contigo a casa, sacándote de bares y fiestas por la puerta de atrás ¿para protegerte de este tipo? Es chiquito, inofensivo. Es un 'ministalker'.

–No hay stalker chiquito, le dije. Y yo soy talla 2.

Mi miedo no era chiquito.

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