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La otra utopía
Algo en la utopía me llena de temores: su inevitable necesidad de ponerse por encima de aquello que impide su culminación, la facilidad con la que cualquiera de nosotros puede abrazar un ideal por encima de la razón.No habrá utopía, religiosa o política –que son iguales–, que no sea hija de las causas sociales y defienda lo que considera correcto. En ocasiones será mera decencia, pero siempre se opondrá a alguien. Quizá a nosotros. Es la historia de una especie que ha perdido la vergüenza. Pero el terrorismo es la versión violenta de la utopía, que vive con la condición de alienada. Se considera oprimida y ante la imposibilidad y desesperación por sobreponerse al elemento que la impide, su manifestación será el acto criminal. Ahí está el Daesh: la utopía es su interpretación del Islam.En la exacerbación de lo políticamente correcto –otra utopía–, si el día sigue como vamos, antes de que anochezca nos habremos quedado sin nada de qué hablar. Todo será injuria y nos volcaremos al eufemismo con tal de no mencionar la ofensa: sin catolicismo no habríamos tenido cruzadas, sin Corán el terrorismo islámico parecería un cojo que no da tropiezos.Todo empezó por un problema de lenguaje. Se necesitaba unificar a las tribus que no compartían dialectos. Mahoma impuso el que tenía a mano. Y los árabes nos hicimos árabes a partir del llamado divino. Por eso, sin importar la doctrina e incluso sin ser musulmanes, el individuo árabe tiene una relación directa con el Islam. Conformamos un proyecto de sociedad en el siglo VII y a la muerte del profeta, vino la sucesión de cuatro califas que dio inicio a nuestros pesares. El primero fue Abu Bakr –el líder del Daesh tomó su nombre–. Luego Omar, Osmán y después Ali. Instigador del asesinato de su predecesor. Sujeto de culto de los chiitas para quienes todos los califas siguientes serán usurpadores. Y nos enfrentamos a nuestra ambigüedad: un deseo de unión y separación constantes. El mismo que ahora, desde el extremismo sunita, es bandera del Daesh.Para el siglo XX la ambigüedad se mantuvo, se dibujaron países tras las colonizaciones y dos eventos marcaron el regreso del islamismo moderno, ese que se parece tanto al del primer milenio. El panarabismo que intentó unir a Siria y a Egipto, junto al baathismo sirio-iraquí de Hussein y Assad, dejó ver la imposibilidad del progresismo árabe, pero encontró cobijo en el modelo soviético para disipar el fervor religioso. A su caída, más allá de las intervenciones de las potencias y alimentado por el conflicto entre Palestina e Israel, sólo quedó un camino para terminar de debatir la identidad regional: el regreso al Islam.Este resurgimiento de la doctrina encontró alojo, fuera del arabismo, en Irán, territorio persa. La llegada de los ayatolas tras la revolución de 1979 nos regresó al pensamiento medieval. Siria, Egipto e Iraq lograron mantener cierta secularidad impuesta por la fuerza de las dictaduras, no de la negociación. Los países árabes nunca conocimos la democracia.Las primaveras árabes nos dejaron creer un atisbo de lo que no somos y ante el fracaso, las divisiones étnicas, luego religiosas, encontraron su tiempo de cosecha. 14 siglos sembrando odios. La guerra civil siria ya se había encargado de fracturar el secularismo cuando la aparición del Daesh terminó por eliminar cualquier esperanza. ¿Cómo se vive sin ella? Hace un par de años temía por mis amigos alauitas, que suponía iban a ser perseguidos por su simple pertenencia, sin tener alguna relación con el régimen. Hoy, la serie de atentados que han rodeado el 13 parisino no sólo anuncian la búsqueda de erradicación de los valores republicanos: también reafirman la vocación asesina de los fundamentalistas que tachan de hereje a quien no sea como ellos. Y la creencia castiga al infiel. En Oriente Medio, entre occidentales, entre musulmanes europeos. Cuando el otro no es como yo, ya no es un otro, es una pieza prescindible por ser obstáculo del sueño de que todos sean como ellos.@_Maruan
DEBATEN
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Algo en la utopía me llena de temores: su inevitable necesidad de ponerse por encima de aquello que impide su culminación, la facilidad con la que cualquiera de nosotros puede abrazar un ideal por encima de la razón.

No habrá utopía, religiosa o política –que son iguales–, que no sea hija de las causas sociales y defienda lo que considera correcto. En ocasiones será mera decencia, pero siempre se opondrá a alguien. Quizá a nosotros. Es la historia de una especie que ha perdido la vergüenza. Pero el terrorismo es la versión violenta de la utopía, que vive con la condición de alienada. Se considera oprimida y ante la imposibilidad y desesperación por sobreponerse al elemento que la impide, su manifestación será el acto criminal. Ahí está el Daesh: la utopía es su interpretación del Islam.

En la exacerbación de lo políticamente correcto –otra utopía–, si el día sigue como vamos, antes de que anochezca nos habremos quedado sin nada de qué hablar. Todo será injuria y nos volcaremos al eufemismo con tal de no mencionar la ofensa: sin catolicismo no habríamos tenido cruzadas, sin Corán el terrorismo islámico parecería un cojo que no da tropiezos.

Todo empezó por un problema de lenguaje. Se necesitaba unificar a las tribus que no compartían dialectos. Mahoma impuso el que tenía a mano. Y los árabes nos hicimos árabes a partir del llamado divino. Por eso, sin importar la doctrina e incluso sin ser musulmanes, el individuo árabe tiene una relación directa con el Islam. Conformamos un proyecto de sociedad en el siglo VII y a la muerte del profeta, vino la sucesión de cuatro califas que dio inicio a nuestros pesares. El primero fue Abu Bakr –el líder del Daesh tomó su nombre–. Luego Omar, Osmán y después Ali. Instigador del asesinato de su predecesor. Sujeto de culto de los chiitas para quienes todos los califas siguientes serán usurpadores. Y nos enfrentamos a nuestra ambigüedad: un deseo de unión y separación constantes. El mismo que ahora, desde el extremismo sunita, es bandera del Daesh.

Para el siglo XX la ambigüedad se mantuvo, se dibujaron países tras las colonizaciones y dos eventos marcaron el regreso del islamismo moderno, ese que se parece tanto al del primer milenio. El panarabismo que intentó unir a Siria y a Egipto, junto al baathismo sirio-iraquí de Hussein y Assad, dejó ver la imposibilidad del progresismo árabe, pero encontró cobijo en el modelo soviético para disipar el fervor religioso. A su caída, más allá de las intervenciones de las potencias y alimentado por el conflicto entre Palestina e Israel, sólo quedó un camino para terminar de debatir la identidad regional: el regreso al Islam.

Este resurgimiento de la doctrina encontró alojo, fuera del arabismo, en Irán, territorio persa. La llegada de los ayatolas tras la revolución de 1979 nos regresó al pensamiento medieval. Siria, Egipto e Iraq lograron mantener cierta secularidad impuesta por la fuerza de las dictaduras, no de la negociación. Los países árabes nunca conocimos la democracia.

Las primaveras árabes nos dejaron creer un atisbo de lo que no somos y ante el fracaso, las divisiones étnicas, luego religiosas, encontraron su tiempo de cosecha. 14 siglos sembrando odios. La guerra civil siria ya se había encargado de fracturar el secularismo cuando la aparición del Daesh terminó por eliminar cualquier esperanza. ¿Cómo se vive sin ella? Hace un par de años temía por mis amigos alauitas, que suponía iban a ser perseguidos por su simple pertenencia, sin tener alguna relación con el régimen. Hoy, la serie de atentados que han rodeado el 13 parisino no sólo anuncian la búsqueda de erradicación de los valores republicanos: también reafirman la vocación asesina de los fundamentalistas que tachan de hereje a quien no sea como ellos. Y la creencia castiga al infiel. En Oriente Medio, entre occidentales, entre musulmanes europeos. Cuando el otro no es como yo, ya no es un otro, es una pieza prescindible por ser obstáculo del sueño de que todos sean como ellos.

@_Maruan

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