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Lunes , 15.10.2018 / 04:46 Hoy

Corramos por nuestras vidas
Estaba en San Diego visitando a una amiga cuando entró una llamada a mi celular, contesté por si se trataba de algo urgente de México y resultó ser un hombre que decía haber visto la exposición que en ese momento tenía montada en un museo en Guadalajara; que estaba por abrir una galería en Ciudad de México y le interesaba mucho platicar conmigo para invitarme al proyecto.Hablamos brevemente. Lo llamé al regresar, hablamos de mi trabajo, de la posibilidad de que adquiriera obra mía y de que fuera a conocer su espacio. Finalmente fui. Estaba impactada: un edificio de tres pisos con salas amplias de techos altísimos, luz increíble y todo lo necesario para llevar a cabo un megaproyecto.Atravesaba una difícil situación económica y un rompimiento amoroso, y estaba muy cansada de vivir en Guadalajara. Me pareció buena idea ofrecer mi experiencia como artista, pero también necesitaba trabajo y le propuse colaborar con él para echar a andar la galería. Sería una gran oportunidad, por lo menos en lo que me adaptaba a la Ciudad de México. Aceptó mi oferta con la condición de que trabajara de planta, asistiéndolo en la coordinación de todo. Acordamos los detalles: un tiempo de prueba de seis meses y la primera misión: inaugurar la galería.Este hombre tiene una personalidad explosiva. No es nada agraciado físicamente pero tiene una fuerte autoestima o necesidad de hacerse notar: vestía mascadas y zapatos de colores brillantes y tenía una plática interesante, pero casi siempre su tono era déspota y burlón.Empezamos a trabajar. Desde un principio tuvimos problemas, que en ese momento no me parecieron graves. Lo que parecía ser una relación amistosa, amable y de mucha alegría por empezar un nuevo proyecto, poco a poco empezó a mostrar señales de que yo estaba en una situación vulnerable. Comenzó diciéndome cosas como: "Te ves muy bien"; "Ese vestido te va perfecto"; "Deberías vestirte más seguido así: ¿con ese cuerpo que tienes cómo es que no lo muestras más?"... Después lo fue aderezando con miradas lascivas. Incluso empezaba a sacar la lengua y hacer gestos que la primera vez me dieron risa pensando que era broma. Pero a la segunda vez dejé de reír. Estaba en problemas, me atreví a decírselo a la cara y entonces su actitud fue de una falsa distancia. Me hablaba como patrón, demandante y altanero; con cualquier pretexto me llamaba para regañarme a gritos; yo le explicaba que no podíamos trabajar así, que debíamos ser respetuosos, entonces cambiaba su actitud y era amable, más bien prudente; llegué a pensar que podríamos ser amigos, pero luego volvían los comentarios sexosos, cada vez más explícitos. Siempre le decía que no era chistoso y que no me hacía sentir cómoda. Volvía entonces el mismo ciclo: él con el piropo, albur, lascivia-cara seria mía-gritos, enojo, actitud demandante de él-conversación seria mía-trato amable y tono regulado en el trabajo hasta de nuevo las llamadas a todas horas, y así otra vez vuelta a empezar.Pensé que lo mejor era terminar con lo que había empezado y que inaugurando la galería yo debía dedicarme como siempre a mi carrera; que ya estaba lista para enfrentar mi nueva vida en la Ciudad de México, que sólo faltaba un mes, que necesitaba paciencia. Siempre preocupada por el humor con que iba a amanecer el señor, qué cosa me iba a decir, cómo debía evitar sus comentarios lascivos, qué ropa no ponerme para que no me dijera de cosas, y por cómo explicarle a mi novio y a mi familia que no podía soportar más ese trabajo. En el fondo, también me agobiaba pensar que tal vez yo provocaba su falta de respeto, que seguramente mi trabajo en la galería era tan malo que por eso me gritaba así, que no servía para eso.La galería era fría. Su oficina era la parte más fría de todo el edificio y la mía la más cálida, y siempre llevaba un suéter para salir de mi oficina y andar por la edificio. Un par de semanas antes de la inauguración me llamó muy serio y me pidió que subiera inmediatamente a su oficina para ver los pendientes. Hacía calor y olvidé mi chamarra. Cuando abrí la puerta de su oficina, sentí el fresco. Al entrar me dijo: "Si te vuelvo a ver los pezones así, nadie me podrá acusar de violación, porque eso va a pasar". Me quedé helada, no podía moverme ni decir nada. En mi cerebro las palabras "pezones" y "violación" trataban de encontrar una respuesta. Nada, me quedé ahí parada y aunque sentía que debía correr, mis piernas temblaban; sentí ganas de gritar, pero no me salía la voz. Él empezó a reírse a carcajadas: "Deberías ver tu cara, Cecilia, estás verde... No te preocupes, tú tampoco podrás decir que fue violación, hasta te va a gustar". Siguió con sus carcajadas y yo, como una niña pequeña que no había entendido sus comentarios, sólo dije: "¿Podríamos terminar de revisar los pendientes?"Esa noche salí con mi novio. Después de un buen rato me armé de valor y le platiqué lo que había pasado. Sentía muchísima vergüenza. Le expliqué que no podía más, que no sabía si este tipo sería capaz de hacerme daño, pero que sus palabras me atormentaban; que me había acostumbrado a usar una coraza ante los comentarios por ser mujer, por mi cuerpo; que desde niña me han tocado experiencias muy desagradables de tipos en la calle; que no conocía a ninguna mujer que no le pasara lo mismo, que ya me habían acosado otras veces. Como con el director de una revista muy conocida en los 90 que quería publicar fotos mías. Yo tenía 20 años y era muy ingenua, así que cuando me citó en su cuarto de hotel porque le dolía la cabeza no lo vi mal. En realidad estaba borracho, y ante mi negativa de acostarme con él no me dejaba salir, hasta que lo empujé y salí. Estaba tan tomado que se quedó ahí tirado como cucaracha. O como con los tipos persiguiéndome en la calle, o como los viejos en bicicleta que te agarran desprevenida... Pero esto, una frase así, jamás. Mi novio, que es un hombre muy ecuánime, sólo me dijo: "No tienes por qué soportar esto. Toma la decisión que mejor te convenga. No estás sola".Llegó el día de la inauguración. Todo salió más o menos normal. Llegado el plazo de prueba, un par de semanas después, tuvimos la conversación que yo sabía iba a ser la despedida. No me dejó hablar. Con su actitud de patrón condescendiente me dijo que no debía seguir trabajando para él, que lo ponía muy nervioso y que no funcionábamos; que yo era una artista y debía seguir mi camino, con lo cual yo estuve totalmente de acuerdo. No dije más. Nos despedimos cordialmente. Por fin había terminado la pesadilla.Casi dos años después, un amigo pintor me invitó a una de sus famosas comidas. Cuando llegué su esposa me presentó a una chica joven, también de Guadalajara, egresada de artes e historia, que con una expresión muy seria me dijo: "Trabajo ahora en un lugar donde tú trabajabas: en MYL arte contemporáneo, con Manuel". No supe qué decir. Sólo atinaba a decirle que era una persona difícil, pero que se podía aprender. Sin embargo, ella me veía insistentemente y dijo: "Es muy raro, pero me siento muy incómoda, no sé qué hacer. Me dice cosas muy desagradables, no puedo concentrarme". Estaba escuchando y viendo mi reflejo de tiempo atrás. Reaccioné después de un escalofrío y sólo le respondí: "Corre por tu vida, ningún sueldo ni proyecto vale tu integridad y tranquilidad". Mi nueva amiga me hizo caso, pero además me presentó a la chica que había entrado después de mí. Era joven, de la Ciudad de México, con maestría en historia del arte. También a ella la había acosado. Nos juntamos las tres para conocernos y hablar del problema. Al escucharlas sentí culpa por no haber hecho algo más, porque después de mí otras mujeres pasaron lo mismo. Su modus operandi era exactamente igual, el ciclo enfermizo: el señor con un proyecto increíble que se vuelve un acosador. Investigamos qué podíamos hacer, de qué manera denunciarlo; hablamos con conocidos de asociaciones y nos dijeron que sólo la última chica que trabajó en la galería podía presentar una denuncia formal, pero que igual no teníamos pruebas ni testigos. Al final, no pudimos hacer la denuncia. Sólo nos consolaríamos con no quedarnos calladas y decir lo que nos había pasado a quien nos preguntara por qué habíamos salido de la galería.Hace un par de meses alguien me preguntó qué hice cuando llegué a la Ciudad de México y al contarle mi experiencia de la galería me sorprendió que por un momento no me acordaba ni del nombre de la galería, ni del dueño, ni de su esposa, ni de su negocio, ni de nadie que conocí en ese lugar. Parecía que había pasado mucho tiempo, que era una historia de otra persona. Pero no es así, debo acordarme. Debo decirlo, debo tomar conciencia de que a otras les puede pasar y de que ni es normal ni es culpa de las mujeres; de que no debemos voltear para el otro lado, que hay que informarse y hacer frente común, porque todas de una u otra manera hemos sufrido lo mismo y no se vale andar con miedo. Ya basta...¡Corramos por nuestras vidas!
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Estaba en San Diego visitando a una amiga cuando entró una llamada a mi celular, contesté por si se trataba de algo urgente de México y resultó ser un hombre que decía haber visto la exposición que en ese momento tenía montada en un museo en Guadalajara; que estaba por abrir una galería en Ciudad de México y le interesaba mucho platicar conmigo para invitarme al proyecto.

Hablamos brevemente. Lo llamé al regresar, hablamos de mi trabajo, de la posibilidad de que adquiriera obra mía y de que fuera a conocer su espacio. Finalmente fui. Estaba impactada: un edificio de tres pisos con salas amplias de techos altísimos, luz increíble y todo lo necesario para llevar a cabo un megaproyecto.

Atravesaba una difícil situación económica y un rompimiento amoroso, y estaba muy cansada de vivir en Guadalajara. Me pareció buena idea ofrecer mi experiencia como artista, pero también necesitaba trabajo y le propuse colaborar con él para echar a andar la galería. Sería una gran oportunidad, por lo menos en lo que me adaptaba a la Ciudad de México. Aceptó mi oferta con la condición de que trabajara de planta, asistiéndolo en la coordinación de todo. Acordamos los detalles: un tiempo de prueba de seis meses y la primera misión: inaugurar la galería.

Este hombre tiene una personalidad explosiva. No es nada agraciado físicamente pero tiene una fuerte autoestima o necesidad de hacerse notar: vestía mascadas y zapatos de colores brillantes y tenía una plática interesante, pero casi siempre su tono era déspota y burlón.

Empezamos a trabajar. Desde un principio tuvimos problemas, que en ese momento no me parecieron graves. Lo que parecía ser una relación amistosa, amable y de mucha alegría por empezar un nuevo proyecto, poco a poco empezó a mostrar señales de que yo estaba en una situación vulnerable. Comenzó diciéndome cosas como: "Te ves muy bien"; "Ese vestido te va perfecto"; "Deberías vestirte más seguido así: ¿con ese cuerpo que tienes cómo es que no lo muestras más?"... Después lo fue aderezando con miradas lascivas. Incluso empezaba a sacar la lengua y hacer gestos que la primera vez me dieron risa pensando que era broma. Pero a la segunda vez dejé de reír. Estaba en problemas, me atreví a decírselo a la cara y entonces su actitud fue de una falsa distancia. Me hablaba como patrón, demandante y altanero; con cualquier pretexto me llamaba para regañarme a gritos; yo le explicaba que no podíamos trabajar así, que debíamos ser respetuosos, entonces cambiaba su actitud y era amable, más bien prudente; llegué a pensar que podríamos ser amigos, pero luego volvían los comentarios sexosos, cada vez más explícitos. Siempre le decía que no era chistoso y que no me hacía sentir cómoda. Volvía entonces el mismo ciclo: él con el piropo, albur, lascivia-cara seria mía-gritos, enojo, actitud demandante de él-conversación seria mía-trato amable y tono regulado en el trabajo hasta de nuevo las llamadas a todas horas, y así otra vez vuelta a empezar.

Pensé que lo mejor era terminar con lo que había empezado y que inaugurando la galería yo debía dedicarme como siempre a mi carrera; que ya estaba lista para enfrentar mi nueva vida en la Ciudad de México, que sólo faltaba un mes, que necesitaba paciencia. Siempre preocupada por el humor con que iba a amanecer el señor, qué cosa me iba a decir, cómo debía evitar sus comentarios lascivos, qué ropa no ponerme para que no me dijera de cosas, y por cómo explicarle a mi novio y a mi familia que no podía soportar más ese trabajo. En el fondo, también me agobiaba pensar que tal vez yo provocaba su falta de respeto, que seguramente mi trabajo en la galería era tan malo que por eso me gritaba así, que no servía para eso.

La galería era fría. Su oficina era la parte más fría de todo el edificio y la mía la más cálida, y siempre llevaba un suéter para salir de mi oficina y andar por la edificio. Un par de semanas antes de la inauguración me llamó muy serio y me pidió que subiera inmediatamente a su oficina para ver los pendientes. Hacía calor y olvidé mi chamarra. Cuando abrí la puerta de su oficina, sentí el fresco. Al entrar me dijo: "Si te vuelvo a ver los pezones así, nadie me podrá acusar de violación, porque eso va a pasar". Me quedé helada, no podía moverme ni decir nada. En mi cerebro las palabras "pezones" y "violación" trataban de encontrar una respuesta. Nada, me quedé ahí parada y aunque sentía que debía correr, mis piernas temblaban; sentí ganas de gritar, pero no me salía la voz. Él empezó a reírse a carcajadas: "Deberías ver tu cara, Cecilia, estás verde... No te preocupes, tú tampoco podrás decir que fue violación, hasta te va a gustar". Siguió con sus carcajadas y yo, como una niña pequeña que no había entendido sus comentarios, sólo dije: "¿Podríamos terminar de revisar los pendientes?"

Esa noche salí con mi novio. Después de un buen rato me armé de valor y le platiqué lo que había pasado. Sentía muchísima vergüenza. Le expliqué que no podía más, que no sabía si este tipo sería capaz de hacerme daño, pero que sus palabras me atormentaban; que me había acostumbrado a usar una coraza ante los comentarios por ser mujer, por mi cuerpo; que desde niña me han tocado experiencias muy desagradables de tipos en la calle; que no conocía a ninguna mujer que no le pasara lo mismo, que ya me habían acosado otras veces. Como con el director de una revista muy conocida en los 90 que quería publicar fotos mías. Yo tenía 20 años y era muy ingenua, así que cuando me citó en su cuarto de hotel porque le dolía la cabeza no lo vi mal. En realidad estaba borracho, y ante mi negativa de acostarme con él no me dejaba salir, hasta que lo empujé y salí. Estaba tan tomado que se quedó ahí tirado como cucaracha. O como con los tipos persiguiéndome en la calle, o como los viejos en bicicleta que te agarran desprevenida... Pero esto, una frase así, jamás. Mi novio, que es un hombre muy ecuánime, sólo me dijo: "No tienes por qué soportar esto. Toma la decisión que mejor te convenga. No estás sola".

Llegó el día de la inauguración. Todo salió más o menos normal. Llegado el plazo de prueba, un par de semanas después, tuvimos la conversación que yo sabía iba a ser la despedida. No me dejó hablar. Con su actitud de patrón condescendiente me dijo que no debía seguir trabajando para él, que lo ponía muy nervioso y que no funcionábamos; que yo era una artista y debía seguir mi camino, con lo cual yo estuve totalmente de acuerdo. No dije más. Nos despedimos cordialmente. Por fin había terminado la pesadilla.

Casi dos años después, un amigo pintor me invitó a una de sus famosas comidas. Cuando llegué su esposa me presentó a una chica joven, también de Guadalajara, egresada de artes e historia, que con una expresión muy seria me dijo: "Trabajo ahora en un lugar donde tú trabajabas: en MYL arte contemporáneo, con Manuel". No supe qué decir. Sólo atinaba a decirle que era una persona difícil, pero que se podía aprender. Sin embargo, ella me veía insistentemente y dijo: "Es muy raro, pero me siento muy incómoda, no sé qué hacer. Me dice cosas muy desagradables, no puedo concentrarme". Estaba escuchando y viendo mi reflejo de tiempo atrás. Reaccioné después de un escalofrío y sólo le respondí: "Corre por tu vida, ningún sueldo ni proyecto vale tu integridad y tranquilidad". Mi nueva amiga me hizo caso, pero además me presentó a la chica que había entrado después de mí. Era joven, de la Ciudad de México, con maestría en historia del arte. También a ella la había acosado. Nos juntamos las tres para conocernos y hablar del problema. Al escucharlas sentí culpa por no haber hecho algo más, porque después de mí otras mujeres pasaron lo mismo. Su modus operandi era exactamente igual, el ciclo enfermizo: el señor con un proyecto increíble que se vuelve un acosador. Investigamos qué podíamos hacer, de qué manera denunciarlo; hablamos con conocidos de asociaciones y nos dijeron que sólo la última chica que trabajó en la galería podía presentar una denuncia formal, pero que igual no teníamos pruebas ni testigos. Al final, no pudimos hacer la denuncia. Sólo nos consolaríamos con no quedarnos calladas y decir lo que nos había pasado a quien nos preguntara por qué habíamos salido de la galería.

Hace un par de meses alguien me preguntó qué hice cuando llegué a la Ciudad de México y al contarle mi experiencia de la galería me sorprendió que por un momento no me acordaba ni del nombre de la galería, ni del dueño, ni de su esposa, ni de su negocio, ni de nadie que conocí en ese lugar. Parecía que había pasado mucho tiempo, que era una historia de otra persona. Pero no es así, debo acordarme. Debo decirlo, debo tomar conciencia de que a otras les puede pasar y de que ni es normal ni es culpa de las mujeres; de que no debemos voltear para el otro lado, que hay que informarse y hacer frente común, porque todas de una u otra manera hemos sufrido lo mismo y no se vale andar con miedo. Ya basta...¡Corramos por nuestras vidas!

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