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Jueves , 18.10.2018 / 09:24 Hoy

Agua es destino
"México en una laguna" es una frase que decimos y hasta cantamos sin detenernos a pensar en su rareza y hasta en su extravagancia. Pero cada temporada de lluvias la realidad se encarga de recordarnos que esta ciudad se fundó sobre un gran charco, hacemos agua por todos lados y nos comportamos como si fuera la primera vez en nuestra historia en que se nos tapan los desagües. Y no: acontece cada verano desde hace cientos de años, puntualmente, desde que aquellos tlatoanis, nuestros abuelos, decidieran ubicar la estabilidad de su imperio en una parcela de lodo. Ay, si tan sólo se hubieran esperado a que el águila dejara la nopalera y se posara en un terrenito más firme...Con toda esa experiencia acuática, uno supondría que ya estamos preparados para las temporadas pluviales, con sistemas de calzadas y canales como los que diseñaron nuestros ancestros, y con esas hermosas góndolas mexicas que son las chinampas, además de complejas y abundantes redes de desagüe... La realidad, me temo, es otra: en lugar de abrazar el agua, de adaptarnos a ella, la rechazamos, la taponeamos, entubamos los ríos, sofocamos su natural fluir y hacemos como los niños, que al taparse los ojos se piensan invisibles: creemos que cerrándole la puerta al agua y volteando hacia otro lado, ésta desaparecerá. Pero ahí está, por todos lados aunque no la veamos, respirando en silencio y a la espera del llamado de las tormentas, que la alborotan toda y la hacen salir a la superficie en remolinos de fiesta y confusión.En el siglo XVII esta ciudad, entonces capital de la Nueva España, permaneció cinco años inundada... ¿Cómo le hicimos para olvidar tan colosal dato? Nuestra memoria selectiva prefiere pasar por alto aquellos días que debieron ser tan terribles como fascinantes. Venecia improvisada, sus calles convertidas en canales, infestada por la enfermedad y semivacía, nuestra urbe debió parecerse mucho a una pesadilla de García Márquez combinada con "Mad Max" al revés, con toda esa arena transformada en popó. Si nos cuesta rememorar aquellos años, que lindaron con la distopía, es porque tendríamos que reconocer que las causas de la histórica anegación no han sido atacadas 400 años después. Y nos seguimos inundando estacionalmente, como una puntual tradición y un homenaje a nuestra propia ineficacia.Esta actitud tan chilanga que consiste en dejar que las contingencias dicten nuestros actos, en lugar de anticiparlas, se resume y concentra en nuestra incapacidad de salir con un paraguas en días de agua. Incluso nos hemos inventado una ley de portentosa e impar fatalidad: "Si salgo con paraguas, no llueve; si salgo sin paraguas, llueve". La mentalidad que nos ha llevado a inventar esa fórmula nos retrata de cuerpo entero y nos ha llevado a creer en esa tara que adoran los extranjeros: el pensamiento mágico. Juro que he visto a no pocas personas, amigos incluidos, salir con un paraguas a la calle con el único propósito de que se asome el sol. Yo lo lamento mucho, pues una sociedad con paraguas es una sociedad elegante, aunque a ésta la atraviese como una lanza el Trópico de Cáncer.¿Debemos resignarnos a que nuestros bomberos batallen más contra el agua que contra el fuego? ¿De veras vamos a dejar de asombrarnos ante escenas como la del ataúd flotando en plena delegación Álvaro Obregón? Si sí, al menos deberíamos reconocer ese trágico destino y aventarnos de clavado a sus aguas, formando invencibles equipos de remo para las próximas Olimpiadas y una que otra estrella individual de natación.
DEBATEN
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"México en una laguna" es una frase que decimos y hasta cantamos sin detenernos a pensar en su rareza y hasta en su extravagancia. Pero cada temporada de lluvias la realidad se encarga de recordarnos que esta ciudad se fundó sobre un gran charco, hacemos agua por todos lados y nos comportamos como si fuera la primera vez en nuestra historia en que se nos tapan los desagües. Y no: acontece cada verano desde hace cientos de años, puntualmente, desde que aquellos tlatoanis, nuestros abuelos, decidieran ubicar la estabilidad de su imperio en una parcela de lodo. Ay, si tan sólo se hubieran esperado a que el águila dejara la nopalera y se posara en un terrenito más firme...

Con toda esa experiencia acuática, uno supondría que ya estamos preparados para las temporadas pluviales, con sistemas de calzadas y canales como los que diseñaron nuestros ancestros, y con esas hermosas góndolas mexicas que son las chinampas, además de complejas y abundantes redes de desagüe... La realidad, me temo, es otra: en lugar de abrazar el agua, de adaptarnos a ella, la rechazamos, la taponeamos, entubamos los ríos, sofocamos su natural fluir y hacemos como los niños, que al taparse los ojos se piensan invisibles: creemos que cerrándole la puerta al agua y volteando hacia otro lado, ésta desaparecerá. Pero ahí está, por todos lados aunque no la veamos, respirando en silencio y a la espera del llamado de las tormentas, que la alborotan toda y la hacen salir a la superficie en remolinos de fiesta y confusión.

En el siglo XVII esta ciudad, entonces capital de la Nueva España, permaneció cinco años inundada... ¿Cómo le hicimos para olvidar tan colosal dato? Nuestra memoria selectiva prefiere pasar por alto aquellos días que debieron ser tan terribles como fascinantes. Venecia improvisada, sus calles convertidas en canales, infestada por la enfermedad y semivacía, nuestra urbe debió parecerse mucho a una pesadilla de García Márquez combinada con "Mad Max" al revés, con toda esa arena transformada en popó. Si nos cuesta rememorar aquellos años, que lindaron con la distopía, es porque tendríamos que reconocer que las causas de la histórica anegación no han sido atacadas 400 años después. Y nos seguimos inundando estacionalmente, como una puntual tradición y un homenaje a nuestra propia ineficacia.

Esta actitud tan chilanga que consiste en dejar que las contingencias dicten nuestros actos, en lugar de anticiparlas, se resume y concentra en nuestra incapacidad de salir con un paraguas en días de agua. Incluso nos hemos inventado una ley de portentosa e impar fatalidad: "Si salgo con paraguas, no llueve; si salgo sin paraguas, llueve". La mentalidad que nos ha llevado a inventar esa fórmula nos retrata de cuerpo entero y nos ha llevado a creer en esa tara que adoran los extranjeros: el pensamiento mágico. Juro que he visto a no pocas personas, amigos incluidos, salir con un paraguas a la calle con el único propósito de que se asome el sol. Yo lo lamento mucho, pues una sociedad con paraguas es una sociedad elegante, aunque a ésta la atraviese como una lanza el Trópico de Cáncer.

¿Debemos resignarnos a que nuestros bomberos batallen más contra el agua que contra el fuego? ¿De veras vamos a dejar de asombrarnos ante escenas como la del ataúd flotando en plena delegación Álvaro Obregón? Si sí, al menos deberíamos reconocer ese trágico destino y aventarnos de clavado a sus aguas, formando invencibles equipos de remo para las próximas Olimpiadas y una que otra estrella individual de natación.

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