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Jueves , 20.09.2018 / 03:34 Hoy

Un millennial suelto en la milpa

Jonathan Sesma Organista

Con solo 27 años (y un título de ingeniero químico colgado en su oficina) produce desde Veracruz 280 toneladas de maíz.
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En el sureste de Veracruz, entre una vegetación tupida se abren claros de sembradíos de maíz. Son cerca de 40 hectáreas las que trabaja Jonathan Sesma Organista de sol a sol.

Para Sesma, ir a la universidad fue una experiencia que definió su profesión en el campo, a pesar de haber estudiado ingeniería química. “Estar fuera de casa poco más de cuatro años te enseña a valorar esos momentos en familia, esos momentos que solo se dan en un pueblo.

Cuando regresé de estudiar, me di cuenta de que es gracias a los campesinos que las personas de la ciudad pueden comer un mango, un elote, una sandía, etcétera. Es ahí donde nace mi pasión por el campo, y mi compromiso de producir más y más para un mejor país lleno de alimentos cien por ciento mexicanos”. A veces uno tiene que distanciarse para reconocer lo que tiene.

“Lo más importante es ser feliz. Y para eso hay que hacer las cosas con amor. Tener un trabajo es una bendición, sin importar si es de muchas o pocas horas,” dice Jonathan.

Perfil. Jonathan Sesma.

Lugar

José Azueta, Veracruz

Cultivo

Maíz

Producción

280 toneladas
“El proceso del maíz es lo que más me gusta, es muy rápido y bonito”


Tiene apenas 27 años y está convencido de que en la milpa y en los cañaverales está su vocación y quiere seguir sembrando por mucho tiempo, e incluso duplicar sus cultivos.

“El proceso es lo que más me gusta, es muy rápido y bonito,” dice Sesma quien hace un lista “de ingeniero” del proceso completo: se prepara el terreno, se siembra la semilla, a los ocho días se asoman 4 cm de la planta, a los 40 días la vara ya mide 60 cm, a los tres meses aparece el maíz y dos meses más tarde comienza la cosecha.

En su campo veracruzano produce en promedio, unas 280 toneladas al año.
“La gente no se imagina el proceso que hay para que una tortilla llegue a su mesa, que sí es muy largo. Desde inicio a fin pasan entre nueve y 10 meses para que alguien se pueda comer una tortilla, de ese tiempo, míos son seis meses,” dice Sesma.
Jonathan Sesma se levanta a las cinco de la mañana, se sube al tractor y conduce una hora para llegar a sus parcelas.

Solo tiene una persona que lo apoya permanentemente; cuando comienzan a crecer las milpas se integra otro empleado más y a la hora de aplicar los agroquímicos suman otros seis ayudantes.

La ayuda adecuada 

En medio de las parcelas se ven volar mariposas, abejas y otros insectos. Suenan chicharras y cantan muchos pájaros.

“Yo soy una persona alegre, nunca estoy de malas. Pero eso no quita que uno pueda ser estricto con sus trabajadores cuando se trata de procurar su seguridad, como cuando aplican los fertilizantes y agroquímicos, soy estricto en que se pongan máscara, guantes, lentes y gorra,” explica.

En su campo se realizan tres aplicaciones de estos productos químicos por ciclo de siembra: a los 12, a los 24 y por último a los 40 días.

La elección del producto no es un tema menor. Veracruz es una zona naturalmente húmeda y selvática donde proliferan muchos insectos y plagas, pero también donde hay una enorme colonia de abejas. “Ellas son lo más importante, porque se encargan de polinizar el cultivo para que tenga mejor calidad. Por eso no podemos aplicar cualquier insecticida. Tenemos que usar los productos que no las ahuyenten ni las maten”, afirma Sesma.

Desde niño Jonathan vive con su abuela. Ella lo crió, le enseñó el valor del esfuerzo y a “ser mejor persona y tratar a todos por igual,” dice con una madurez que tal vez no coincide con la edad de este millennial del campo.

Después de su boda, la familia se ha completado con su esposa y su hijo de solo cuatro meses, que es “el evento que más feliz me ha hecho” dice emocionado.

“He aprendido mucho de las personas que trabajan en el campo, cómo trabajar y tener el deseo de superarse”

Jonathan Sesma

Ingeniero químico

​A Jonathan todo el campo le parece hermoso, disfruta tener aire fresco todos los días del año y tener una profunda vista verde de sus maizales cada mañana.

Pero como en toda geografía, el paisaje se refuerza con la gente. “Yo he aprendido mucho de las personas que trabajan en el campo, cómo trabajar y tener el deseo de superarse y de convivir. Hay que valorar el trabajo y la humildad con la que trabajan, esa chispa y felicidad,” afirma desde uno de los refugios más verdes y diversos del país.

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