En donde los leones caminan libres

Kenia, un campamento de safari propiedad de la comunidad trabaja para proteger tanto a los animales salvajes como la forma de vida Masái.
El campamento permite financiar programas para conservar la vida salvaje en Kenia
El campamento permite financiar programas para desalentar la caza de leones en Kenia (Foto: Shutterstock)

Pashiet Lakina era un joven guerrero de 22 años cuando atravesó con una lanza a una leona. Aunque eso ocurrió hace un cuarto de siglo, todavía puede sentir el temor y el júbilo. Levanta su lanza para actuar de nuevo la escena. “El león estaba así de cerca”, dice, mientras arremete a unos cuantos metros de un depredador imaginario en los pastizales. “La lanza atravesó el hombro, después el vientre”.

Con sus brazos musculosos y su torso que parece un tronco, Pashiet, ahora de 47 años, todavía tiene una figura impresionante. Incluso ahora lleva una lanza, que choca contra la tierra con un sonido sordo cada vez que paramos para disfrutar de las vistas de la gran sabana, con el Kilimanjaro, una imponente pared de la montaña que se alza hasta el sur. Más cerca están las más gentiles colinas de Chyulu, que se moldearon por una erupción volcánica hace unos cuantos cientos de años y ahora son un refugio para los elefantes.

25 años antes, la leona herida se tambaleó en estos mismos pastizales. “La seguí con mi hermano y después la encontramos muerta, sangrando”, dice Pashiet. “La gente celebró. Le cortamos la cola y fuimos a cada aldea para que todos pudieran ver que era un hombre fuerte y valiente”.

"¿Por qué mató al león?", le pregunto al hombre que ahora pasa gran parte de su tiempo convenciendo a sus compañeros Masái a renunciar a esa prueba definitiva de hombría. “El león trató de atacar mis vacas”, dice. “Para un Masái es una vergüenza si pierdes una vaca. Estaba enojado”.

Para los Masái, el ganado es todo. Un saludo en el idioma maa de donde toma su nombre Masái, es, “espero que tus vacas estén bien”. Tradicionalmente, tenían la creencia de que todo el ganado del mundo les pertenecía, una creencia que inevitablemente llevó a conflictos con las tribus vecinas.

Pashiet trabaja para el Maasai Wilderness Conservation Trust, que fundó Luca Belpietro, un italiano que dejó su carrera en la consultoría financiera para mudarse aquí, y quien, al igual que Pashiet, es un cazador que se convirtió en guarda de caza. Creció en Lombardía, desde los 10 años Luca acompañó a su padre a las expediciones de cacería en África. Todavía conserva una foto enmarcada de Belpietro padre, rifle en mano, sentado a horcajadas sobre un elefante con colmillos majestuosos y definitivamente muerto.

Luca y Pashiet se conocieron hace 20 años cuando el italiano, ahora naturalizado keniano, se embarcó en un proyecto para construir un campamento de safari de lujo en medio del Kuku Group Ranch, un área de tierra de 113,312 hectáreas propiedad de los Masái que viven allí desde la independencia de Kenia. Pashiet era uno de los jóvenes guerreros que empleó para cavar los cimientos.

Después de dos años de acampar en el sitio sin instalaciones más allá de una letrina, Luca y su socia, Antonella Bonomi, abrieron Campi Ya Kanzi, un hermoso ecolodge (cabañas y alojamiento para el turismo ecológico) donde viven ahora y donde los turistas pueden hospedarse en una de ocho cabañas exquisitamente decorada. Cuando levantas las persianas en la mañana es para ver a los animales en el ojo de agua cercano y el Kilimanjaro que surge magníficamente por detrás. Los únicos sonidos durante la noche son el parloteo de los pájaros y los gruñidos ocasionales de los leones.

Hay tantos campamentos de safari de lujo en África, y la mayoría hace un tipo de contribución de beneficencia y guiños para ayudar al medio ambiente. Las credenciales éticas de Campi Ya Kanzi van más allá de eso. Se maneja completamente con agua de lluvia que se recolecta y con energía solar, y aunque Luca fundó su construcción, la tierra y las cabañas son propiedad de la comunidad Masái. Luca maneja su operación comercial, pero paga 101 dólares por huésped por noche al MWCT, un organismo sin fines de lucro cuyo diverso consejo va desde Titus Naikuni, un Masái que es el anterior director ejecutivo de Kenya Airways, y el actor estadounidense Edward Norton.

El fideicomiso emplea a 265 personas para manejar programas de educación, salud y conservación, pero la contribución de 101 dólares del campamento financia específicamente un programa llamado Wildlife Pays, que se diseñó para desalentar la caza de leones.

Se emplea a docenas de Masáis como guardabosques, conocidos como “Simba Scouts”, quienes advierten a los compañeros Masái cuando hay leones en la cercanía para que su ganado vaya a pastar a otra parte. Si muere el ganado, se compensa totalmente a los dueños. Es un ejemplo de lo que la industria ambiental llama Pago por Servicios de Ecosistema: otra creación del fideicomiso es un programa de crédito de carbono, bajo el cual, a los Masái se les paga para dejar intactos los bosques de las colinas de Chyulu.

El fideicomiso también ayudó a crear los “Juegos Olímpicos Masái”, como una alternativa a matar leones. Para los ganadores -en carreras, lanzamiento de lanza y salto- hay premios: la oportunidad de correr en el Maratón de Nueva York, por ejemplo, y por supuesto, ganado de regalo.

Otra práctica del fideicomiso es buscar el final de la mutilación genital femenina, proscrita por el gobierno de Kenia en 2011. Samson Parashina, el presidente Masái del fideicomiso y gerente de Campi Ya Kansi, se opone rotundamente, pero dice que muchas madres se mantienen firmes en que sus hijas pasen por el procedimiento antes del matrimonio.

Preparamos un safari a pie y Pashiet va adelante, señala cada característica del paisaje, desde las pequeñas semillas de hierba hasta los encapotados acantilados de granito. Cada colina, montaña y afloramiento tiene un nombre. “A esa lo llamamos ‘roca para afilar las lanzas’”, dice, y señala a la distancia.

Un día incursionamos en el bosque de las colinas de Chyulu. Al día siguiente trepamos por la lava ennegrecida que surgió por la erupción Shaitani en 1856 (la palabra viene del árabe y significa “diablo”) o escalamos a un mirador rocoso para observar los relámpagos en todo el valle.

Hay mucha vida silvestre, aunque la conservación tiene menos animales que, digamos, los Maasai Mara. Eso hace que cada avistamiento sea un momento para disfrutar. Una tarde vimos una manada de jirafas, saltaban como si estuvieran en cámara lenta a través del ocaso. Otra vez, nos cruzamos con una manada de búfalos. Observamos cómo se mueven lentamente de manera tan imperceptible para acercarse y se preparan para atacar.

Una tarde, cuando llegaba la oscuridad, el radio de Pashiet se encendió. Los Simba Scout vieron leones. Nos apresuramos en un vehículo sin capota en la noche. Antílopes nerviosos saltaban en los arbustos. Sabían que había leones. Después de media hora de chocar con todo en los pastizales en la total oscuridad, finalmente los vimos. Siete leones, desgarraban un cadáver de jabalí africano. Los iluminamos, pero estaban demasiado ocupados con su cena para darse cuenta. Además de los gruñidos, el único sonido era el choque de los dientes contra los huesos.

Los vimos con asombro. Todo el tiempo, la lanza de Pashiet sigue apoyada en el asiento delantero del vehículo. Nunca trató de tomarla.