Con equipo de cine, artistas buscaron vida en escombros

En entrevista con Milenio Digital, sonidistas de cine y productores de audio hablan de su labor en los rescates y la búsqueda de vida tras el sismo del 19 de septiembre.
Armados con micrófonos y audífonos, sonidistas colaboraron en rescates.
Armados con micrófonos y audífonos, sonidistas colaboraron en rescates. (Especial)

Ciudad de México

Tras el sismo del 19 de septiembre de 2017, miles de personas de la CdMx y otras entidades del país salieron a las calles y, muchas veces arriesgando sus vidas, ayudaron de un modo u otro a las labores de rescate y búsqueda de vida. Y de entre los profesionistas que aportaron su experiencia y pericia a esta labor —además de ingenieros, albañiles, médicos, enfermeras y otros— están los sonidistas de cine y los productores de audio, quienes armados con micrófonos, grabadoras y sus oídos experimentados brindaron apoyo en la búsqueda de señales de vida entre los escombros de los edificios caídos.

Milenio Digital conversó con Juanjo Rodríguez, Julia Zenteno y Jennifer Soots acerca de su labor como sonidistas voluntarios en las labores de rescate en la Ciudad de México y cómo fue su experiencia en los recientes acontecimientos.

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La conversación se desarrolló en un pequeño café próximo a la glorieta de Etiopía —aunque nadie pidió café, como si no hicieran falta mayores estímulos al sistema nervioso. A la vista estaba el edificio del Sistema Nacional de Empleo, que resultó con daños severos tras el movimiento telúrico.

A la pregunta de cómo fue que se involucraron con las labores de rescate, Jennifer Soots —quien es productora musical, diseñadora de audio y practica la musicoterapia— respondió que poco después del sismo salió a las calles, sin saber exactamente a dónde ir o qué hacer, pero con la convicción de ayudar.

En algún momento, recordó un artículo periodístico acerca de la labor que, tras el terremoto de 1985, sonidistas llevaron a cabo para localizar señales de vida entre los escombros, y se le ocurrió que quizá su profesión y experiencia podrían ayudar 32 años después.

"No había protocolos: en algunos lados te miraban con cara de extrañeza, pero en otros aceptaban tu ayuda; era cuestión de insistir".

"No había protocolo alguno: se trataba de llegar a los lugares afectados y preguntar; en algunos lados te miraban con cara de extrañeza, pero en otros aceptaban tu ayuda, era cuestión de insistir", recuerda Jennifer Soots, quien tras la primera experiencia exitosa realizó una convocatoria en Facebook, principalmente a través de un grupo de profesionales en audio llamado Oídos de Oro, fundado por el ingeniero Juan Switalski, un décano del gremio.

Así fue cómo contactó a Juanjo y a Julia, y a otros sonidistas como Bruno Gutiérrez, Pamela Casasa y Mick Nava, quienes empezaron a acudir a los sitios de rescate con sus equipos: micrófonos para filmación —conocidos como booms—, cañas para alcanzar lugares recónditos, cables, grabadoras y, poco después, computadoras para analizar los audios obtenidos, filtrar los ruidos y hallar auténticas señales de vida.

"La particularidad de los micrófonos que llevábamos es que son hipercardioides y unidireccionales; esto quiere decir que los puedes apuntar a un sitio específico y obtener una gran calidad de sonido, minimizando los ruidos del entorno", recuerda Juanjo Rodríguez, quien tiene 25 años de experiencia como sonidista de cine y lucía una férula en el meñique derecho, fruto de sus labores de remoción de escombros.

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La labor consistía en llegar al lugar, muchas veces subir a las losas de los edificios colapsados y en parejas, "uno localizaba el eje de las X y otro, el de las Y"; es decir que uno señalaba a qué altura se encontraba la señal y otro, desde qué dirección había provenido.

Julia Zenteno —quien es compositora, productora de audio y da terapia musical a grupos vulnerables—, por su parte, trabajó en el Multifamiliar Tlalpan, y aún recuerda el estremecimiento que sintió al ver los inmuebles colapsados y lo difícil de su tarea: "a un lado de nosotros estaba la Calzada de Tlalpan, se oían muchos ruidos y voces, y aunque se les pedía silencio, era imposible lograr que fuera absoluto".

Una vez establecido un método de trabajo, los sonidistas grababan los sonidos que obtenían, en una computadora con softwares especializados eliminaban el ruido de fondo —"ahí es donde los años de experiencia rendían frutos", señala Juanjo— y otra persona analizaba frecuencias de vida, para que su evaluación fuera objetiva; al final, si todos coincidían en que había una señal, se les indicaba a los Topos su dictamen.

"Yo oí un golpe cuando entré a una de las edificaciones y grité '¿Hay alguien ahí?'; para confirmar, volví a dirigirme a él o ella: 'Te oí, golpea de nuevo', y el sonido volvió a producirse", recuerda emocionado Juanjo Rodríguez, quien trabajó una larga jornada en el sitio, pero fue relevado e ignora si lo que oyó en efecto se convirtió en una vida salvada.

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Otro aspecto que llamó su atención fue el equipo que trajeron los rescatistas japoneses e israelitas. Estos últimos, por ejemplo, contaban con un micrófono capaz de captar los latidos de un corazón humano y de usar las estructuras metálicas de los edificios como transductores del sonido.

"Investigué y se trata de una tecnología de guerra; pero en este caso, se usó para localizar señales de vida. Sería maravilloso contar con un aparato de esas características, pero cuesta alrededor de 300 mil pesos", señala Rodríguez, aún asombrado.

"El movimiento fue demasiado democrático: había cientos de personas que no sabían qué hacer y gente sin experiencia que entorpecía el trabajo de los profesionales".

Al final, los tres coincideron que, aunque la respuesta de la sociedad civil fue loable, inmediata y desinteresada, "el movimiento fue demasiado democrático", pues en algunos lugares con derrumbes había, literalmente, cientos de voluntarios que deambulaban sin saber qué hacer, además de que hubo gente sin preparación, equipo ni experiencia entorpeciendo la labor de sonidistas profesionales.

Por otro lado, los tres reconocieron la necesidad de crear distintos planes de acción en caso de emergencias como la del pasado 19 de septiembre. "No había protocolo alguno y, en algunos lugares, llegamos demasiado tarde para poder hacer algo", señaló Juanjo Rodríguez.

Los tres profesionales del sonido hablaron de las secuelas de su experiencia: la fuerte impresión, las imágenes, los olores, el dolor de cuerpo, el cansancio profundo. Por ello, cada uno señaló la necesidad de, en un momento dado, apagar el teléfono, aislarse de los hechos y noticias, y reunirse con amigos y familiares en actividades recreativas sin hablar del sismo.

"Podría ser algo demasiado banal, pero era necesario", finaliza Rodríguez antes de dar el último sorbo a la taza de té.


FM